Carta desde Washington

Flancos 3-Ambición 0

Nunca antes en la relación bilateral entre México y EU una carta tan potente en manos de la diplomacia mexicana, como lo es la migración, había sido tan desaprovechada.

El tercer y último debate presidencial del domingo abordó un trío de temas que exhiben algunos de los principales flancos de vulnerabilidad supurante del mandatario mexicano y de la calamitosa gestión de política pública lopezobradorista. Dos de ellos -la política exterior y la política migratoria- ciertamente no pesan en la contienda presidencial e importan menos aún al electorado, aunque debieran. Pocas veces en nuestros comicios lo que sucede más allá de nuestras fronteras había sido tan relevante para el futuro del país y el bienestar y la prosperidad y seguridad de los mexicanos como ahora.

Con un contexto geopolítico de enorme volatilidad y fluidez que no nos pasará de largo y que tampoco nos eximirá de sus secuelas, y con la amenaza que encarna un potencial retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, lo que nos jugamos en estos temas es de enorme trascendencia. Junto con el otro de ellos, la seguridad pública, los tres están además inextricablemente entreverados con nuestra relación diplomática más importante en el mundo. Y la semana pasada tuvimos muestras palpables de lo que está en juego con Estados Unidos y este nudo gordiano de tanta relevancia y, a la par, de flaqueza y fracaso presidencial.

La primera fue la publicación por parte de CBP, la agencia del Departamento de Seguridad Doméstica (DHS) encargada de aduanas y seguridad fronteriza, de los datos de detenciones migratorias en la frontera con México correspondientes a abril, las cuales cayeron más de 6 por ciento, el cuarto mes más bajo hasta el momento durante la administración Biden. Esta cifra va a contracorriente de lo que sucede habitualmente cada primavera con los flujos migratorios en y a través de territorio mexicano, con el incremento cíclico y anual que invariablemente se registra en los meses de estiaje antes de que inicien las lluvias. CBP atribuye ese descenso en los intentos de cruce indocumentado en gran medida a las acciones que el gobierno mexicano ha tomado para detener los flujos migratorios, particularmente en carreteras y a lo largo de la red ferroviaria mexicana.

A este dato relevante siguió un artículo en el New York Times sobre las acciones de control migratorio mexicanas, en el cual el periódico subrayaba que a pesar del discurso del gobierno de López Obrador que pregona una política migratoria ‘humanista’, lo que México ha instrumentado es una política de control y de virtual ‘cajuelazo’ para repatriar, en violación de las obligaciones de nuestro país de los acuerdos y tratados internacionales de los que forma parte en materia de asilo y refugio, a incontables migrantes. Y la tercera, la cual no hay manera de manipular a pesar de los reiterados esfuerzos desde el atril presidencial en Palacio Nacional, es el rosario continuo de declaraciones de una plétora de funcionarios estadounidenses en audiencias en el Congreso (ahora fue la administradora de la DEA, pero en semanas previas el desfile incluyó al procurador general y a los directores de Inteligencia Nacional, la CIA y el FBI) subrayando que la cooperación mexicana en la lucha contra el crimen organizado es insuficiente y, en el mejor de los casos, esporádica e ineficaz.

Más allá de las profundas carencias sustantivas en la concepción e instrumentación de estos tres rubros -políticas exterior, migratoria y de seguridad- de gestión pública, lo que lo anterior pone en evidencia por encima de todo es la total falta de apetito estratégico de López Obrador en la relación con Estados Unidos y su inopia al no buscar obtener un quid pro quo -claro está, más allá de usar la colaboración migratoria como palanqueo para que Washington “no se entrometa” en los “asuntos internos” mexicanos- y desaprovechar esta situación para cerrar asimetrías en la relación con nuestro socio y vecino, elevar el perfil de temas relevantes para México y presionar a Biden para que dedique verdadera agencia y banda-ancha estratégicas y con visión de futuro a la agenda y relación bilaterales, en lugar del cortoplacismo y el carácter transaccional que lastimosamente caracterizan hoy el diseño y ejecución de la agenda por parte de ambas capitales.

Me explico. No cabe duda que el paradigma de responsabilidad compartida, premisa central de la relación con Estados Unidos desde que la colocamos en el corazón de la agenda en 2007, es de ida y vuelta. México debe actuar en consecuencia para que ese paradigma, que inyecta más simetría a una relación de poder asimétrica, opere. Y qué duda cabe que si en este momento la cooperación migratoria ayuda a Biden en la búsqueda de su reelección, qué mejor. Pero nunca antes en los anales modernos de la relación bilateral una carta tan potente en manos de la diplomacia mexicana había sido tan brutalmente desaprovechada. La imperiosa necesidad de Biden de contar con la colaboración mexicana para reducir los flujos históricos de migrantes -mexicanos, latinoamericanos, caribeños y de fuera del continente- y que tanto ha coartado el apetito en Washington por presionar al gobierno mexicano en toda un serie de frentes bilaterales (quizá con la contada excepción del fentanilo) y de política interna mexicana podría haber sido aprovechada para exigir a Estados Unidos acciones en una serie de frentes sensibles para México, como son el trasiego de armas; la elaboración de un diagnóstico común y compartido acerca de los flujos de fentanilo y precursores esenciales; la regularización y protección de los jóvenes que llegaron al país como indocumentados conocidos como dreamers (el 81 por ciento -o 468 mil- de ellos mexicanos); la modernización a fondo de la infraestructura fronteriza y la facilitación comercial; un programa de movilidad laboral circular, sobre todo para trabajadores agrícolas y del sector servicios; garantizar en Washington que Canadá y México seamos parte integral del recalibraje comercial y tecnológico en curso con China; o pugnar porque nuestro país sea concebido en Casa Blanca y Departamento de Estado como el verdadero socio estratégico de Estados Unidos en el continente.

Y ya si la imaginación en Palacio Nacional no da siquiera para nada de esto, por lo menos entonces habría que haber obtenido dinero a cambio de la colaboración migratoria -como lo hizo en su momento el presidente turco con la Unión Europea (al son de 6 mil millones de euros) en plena crisis de refugiados sirios en 2016- para mejorar las capacidades de control fronterizo mexicano en el sur, dotar de recursos y personal al INM y a la Comar, eviscerados por López Obrador al arranque de su gobierno, y erradicar o por lo menos disminuir la deplorable y vergonzosa rapiña y depredación de las que son objeto los migrantes en tránsito por territorio nacional.

Pero nos hemos quedado, como nación, con un palmo de narices y con las virutas de lo que podría haber sido. Al demonio con los objetivos estratégicos y de largo plazo de nuestro país con relación a Estados Unidos; para López Obrador, lo único que importa es usar este palanqueo de manera miope y cortoplacista, para abonar a su visión rancia y chovinista-nacionalista de las relaciones internacionales y de nuestra compleja e interdependiente dinámica con Estados Unidos.

Y al demonio con la oportunidad que el contexto internacional -la dinámica y resortes globales de los flujos migratorios- y la agenda bilateral -un Ejecutivo estadounidense, generalmente promexicano, urgido de la cooperación mexicana- nos brindaron estos últimos cuatro años para nivelar un poco más la agenda. Y para rematar, con todo y la cooperación otorgada, las percepciones sobre las acciones mexicanas en estos rubros están por los suelos, con demócratas y republicanos por igual. ¡Qué habríamos dado algunos por estar en la posición de capitalizar esta oportunidad y coyuntura únicas y quizá irrepetibles para los intereses nacionales de México!

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