Año Cero

Vientos de guerra

Con todos los cambios estructurales creados por la plaga bíblica de la pandemia, nos encontramos en medio de un huracán dialéctico que sólo tiene vientos de guerra.

Visto el mundo en su conjunto y habida cuenta del enemigo que más pronto que tarde terminará por matarnos ya sea en forma de pandemias, de inundaciones, de tsunamis o por la misma incapacidad de manejar el medio ambiente, se podría considerar que el desafío al que nos enfrentamos es mayor de lo que pensábamos. La crisis climática es una problemática de la misma dimensión que en su momento supuso el desafío nazi. Los nazis de nuestra época es el cambio climático, ya que al final del día, poco a poco, el mundo se está dividiendo en dos partes: entre los que buscan retrasar lo que parece inevitable como consecuencia de los daños acumulados por tantos años y que ahora se ha vuelto incontrolable y entre aquéllos que están dispuestos –como es el caso de Estados Unidos, Canadá y algunos otros países– a luchar, como en su época se combatió contra los nazis, para que el deterioro climático no termine matándonos a todos.

Hemos llegado a un punto en el que es necesario recordar los discursos proclamados en la década de los años 30 para encontrar y entender la dialéctica que actualmente inunda la política nacional e internacional en gran parte del mundo. Aquellos discursos agresivos y agresores pronunciados por Adolf Hitler, Iósif Stalin, Benito Mussolini y por sus correspondientes enemigos o adversarios políticos fueron esculpiendo, palabra a palabra, desafío a desafío y recuerdo a recuerdo, la situación actual. Si bien esos discursos fueron producto del vinagre y la frustración desencadenada tras el fin de la Primera Guerra Mundial y, más adelante, de la crisis económica de 1929, fueron los pasos inevitables que terminaron conduciendo al mundo a una guerra de proporciones y magnitudes desconocidas hasta la actualidad y que pensábamos que no volvería a suceder. Sin embargo, la evolución de las armas, de los ejércitos y del mismo deterioro que le hemos causado al planeta, nuevamente nos ha vuelto a posicionar en una situación alarmante. Una situación que se está dando en diversos frentes y que exige toda nuestra atención y esfuerzos para hacerle frente.

Después de la historia de Donald Trump. Después de su elección en el año 2016. Después de la manipulación permanente. Después de los envenenamientos tan sofisticados y su manera sutil pero eficiente de realizarlos, la pregunta que nunca fue capaz de ser contestada por el antiguo presidente estadounidense, pero que constantemente flotaba en el aire, finalmente fue contestada. Joe Biden afirmó que Vladimir Putin era un asesino, situando la relación bilateral en un punto crítico. El problema es que Rusia no está sola. Sus intereses y sus actuaciones afectan en el hemisferio occidental, pero, sobre todo, afectan de manera decisiva en el área de influencia y en el mundo de los intereses de Estados Unidos de América, incluido, por ejemplo, Venezuela.

El hecho de que un presidente de Estados Unidos –quien además circula como un hombre moderado y prudente– llame asesino al presidente de la federación rusa, es un salto cualitativo que conviene no menospreciar. Lo es porque en medio de todas las leyendas que a Vladimir Putin le encantan sobre su historia –que van desde ser un agente secreto hasta cómo consiguió posicionarse como presidente y el líder más eficaz y eficiente al momento de desestabilizar países– esté llamar a las cosas por su nombre o por el simple hecho de que un presidente pueda expresar libremente lo que piensa, representa un salto cualitativo que a su vez muestra una visión alarmante sobre en qué condiciones se busca desarrollar el entendimiento y la paz mundial.

El presidente al que se le cataloga como asesino por su contraparte estadounidense, lidera un país cuyo principal problema es el desgaste demográfico, mismo que se complementa con una economía frágil e incapaz de sostener el territorio más extenso del planeta. Pero el verdadero problema de toda esta situación es el hecho de que Putin también es líder de un país que es la segunda potencia militar del mundo y que el líder ruso es un hombre que en reiteradas ocasiones ha demostrado su enorme capacidad de influencia, de cambio y de gestión y desarrollo de guerras –sucias, limpias, inteligentes y no tan inteligentes– con tal de alterar el territorio o posición de sus adversarios.

Por si lo anterior no hubiera sido suficiente –y a pesar de que en realidad lo fue– la primera reunión diplomática de la administración del presidente Biden con su equivalente chino, celebrada en Anchorage el pasado 18 de marzo, también ofreció un repaso sobre cómo verdaderamente se encuentran las relaciones. El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken –en un intento de recuperar los que fueron los signos de identidad del líder del mundo moderno– dijo que los asuntos internos de China afectan y ponen en peligro la estabilidad mundial. Sin embargo, pareciera que Blinken olvidó que ese liderazgo fue tirado y pisoteado por el antiguo presidente estadounidense, Donald Trump, a quien no sólo no le interesó ser líder del mundo libre, sino que su mundo y sus intereses empezaban por poner a América primero y terminaban por conformar un mundo de relaciones en función de lo que le convenía a su bolsillo. Y no sólo eso, parece que Trump siempre buscó mantener un nivel de crisis interna para mantener la cohesión interna en un estado de guerra, contraponiendo los verdaderos intereses internos de Estados Unidos.

Considerando esto y ante la postura expuesta por el secretario Blinken, el canciller chino contestó al desafío con la misma contundencia. Le recordó al secretario Blinken que Estados Unidos ha dejado de ser el líder del mundo y que Estados Unidos –que además es una nación profundamente dividida por sus propias contradicciones internas y por sus conflictos domésticos– ya no puede hablar en el nombre del mundo, ya que sencillamente lo ha dejado de representar. Estados Unidos se representa a sí mismo y poco más. No contentos con esa toma de postura sobre cómo serán las relaciones, China se dirigió y se enfrentó directamente también a la Unión Europea. Y básicamente lo hizo porque la corriente de penalizaciones económicas y criminalizaciones políticas sobre los asuntos internos chinos han atravesado un umbral en el que –sin implementar métodos tan violentos ni rocambolescos como los rusos– sí auguran que paulatinamente nos vamos dirigiendo a un mundo guiado por los vientos de las guerras propagandistas.

Con toda esta situación es necesario darse cuenta de que las polarizaciones internas, las descalificaciones, las guerras domésticas y civiles de cada país tienen la importancia que tienen en el panorama general. Y es que para bien y para mal, así como durante mucho tiempo el control y las elecciones se ganaban desde la conquista del centro político, hoy lo que está de moda y lo que marca este momento de la era y la civilización de la pandemia, es la polarización. Una polarización acompañada por diferentes tipos de guerras civiles que se están forjando y desencadenando silenciosamente en un diverso número de países.

Por lo tanto, deje de asustarse frente a los exabruptos y como pasa en las relaciones privadas y personales sepa que, de la escalada de las palabras, se pasa a otro tipo de escaladas que van más allá de lo verbal. Ahora mismo es necesario determinar en qué punto habrá una inflexión para poder construir un nuevo entendimiento de respeto entre las potencias y que, en todo caso, no sirva para ser utilizado por aquellos que han hecho de la polarización, del enfrentamiento y de la lucha interna de los países una manera de gobernar. Ante esto, la gran pregunta a contestar es: ¿cuándo podremos establecer un sistema donde las guerras –aunque sean dialécticas– sean tan caras y sus consecuencias tan altas que no compense desencadenarlas? Y es que en medio de todo lo que ha pasado, con todas las ilusiones muertas, con todos los problemas vivos y con todos los cambios estructurales creados por la plaga bíblica de la pandemia, nos encontramos –por si no se había dado cuenta– en medio de un huracán dialéctico que sólo tiene vientos de guerra.

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