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Tan cerca pero tan lejos

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Tan cerca pero tan lejos

12/10/2020
Actualización 12/10/2020 - 9:31

La historia nos ha enseñado que cuando el mundo no te mira y estás en tu casa libre de hacer lo que se te dé la gana o, dicho de otra manera, cuando no hay fuerza ni poder que pueda enfrentarte, puedes hacer las mayores barbaridades del mundo. Hay muchos resúmenes que se pueden aplicar a este momento. Pero, sobre todo, hay una realidad estremecedora que debería servir para unificar a todos los pueblos –los oprimidos y los que oprimen– que es que la comunidad internacional ha perdido su poder ejemplificador y coercitivo. Cada gobernante puede exterminar a su pueblo como mejor desee, pero además en este momento cuentan con un ayudante de lujo que les permite enclaustrar a sus gobernados, no permitirles salir a la calle y –con un poco de suerte– matarlos por falta de atención médica. A este fenómeno lo conocemos como la pandemia por Covid-19.

Antes la casa de uno era una especie de refugio, hoy –y ante la falta de presencia de un poder coercitivo– se ha convertido en una necesidad. Los modelos democráticos y la democracia en sí siempre habían sido una garantía de claridad, supervisión y capacidad de que, primero los medios y después el exterior, pudieran fijarse y ser testigos de lo que le estabas haciendo a tu pueblo en el ejercicio del poder. Somos líderes, sin embargo, todos estamos bajo la voluntad del gobernante más fuerte. Y es que en la actualidad han desaparecido los controles internacionales y ya no hay dónde reclamar ni dónde refugiarnos para llorar.

El siglo XXI. El de las paradojas. El de las contradicciones. El siglo de mayor transparencia en la historia de la humanidad –teóricamente hablando– es también el siglo en el que podemos conocerlo todo y en cualquier momento. Este siglo está produciendo un fenómeno en lo político que empieza a trascender en lo económico con unas consecuencias que son completamente contradictorias. Y es que en la actualidad hay países como Estados Unidos que –pese a que un gran porcentaje de sus beneficios provienen del exterior– han decidido retirarse del juego internacional.

En un ejercicio de introspección, Estados Unidos tomó la postura y el pensamiento de que una cosa era contar con inversiones internacionales, controlar el dólar y tener cientos de destacamentos militares alrededor del mundo, y otra cosa muy diferente era jugar en las Naciones Unidas, en la Organización Internacional del Comercio o en la Organización Mundial de la Salud. Lo que quiero decir es que no es que el aislamiento estadounidense sea una novedad, ya que desde el Motín del Té siempre ha sido una constante histórica, sino que lo que sucedió fue un completo abandono del liderazgo en los mecanismos y organismos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial.

Organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la ONU y la OEA buscaban establecer dos cosas principales: primero, crear una red de conocimiento e intercambio que garantizara la paz y evitara el surgimiento de personajes como Adolf Hitler, Iósif Stalin o como el emperador Hirohito. Y segundo, estos organismos buscaban ordenar el mundo sobre la base de pertenecer a organismos internacionales en los que los financieros, los militares, los políticos y sobre todo los países pudiesen sentarse a hablar y discutir con el objetivo de evitar futuras tragedias colectivas.

En la era del Gran Hermano' y en la era del internet es posible que ahora los gobernantes se vayan no solamente achicando y haciéndose cada vez más locales, sino que lo que es más importante es que ahora pueden escupir sobre las normas comúnmente aceptadas o sobre los elementos que antes daban la credibilidad o la falta de esta para, por ejemplo, determinar la confiabilidad y rentabilidad de inversión en los países. Al paso que van las cosas, y dependiendo de lo que pase el próximo 3 de noviembre en Estados Unidos, pronto la organización que reside en el edificio en forma de ficha de dominó ubicado a un costado de la Segunda Avenida de la ciudad de Nueva York, las Naciones Unidas, pronto puede acabar convirtiéndose en el mayor museo de cera del mundo. Un museo que sirva para exponer las figuras de los grandes gobernantes que han pasado por el mundo desde 1945 y que no tenga mayor función que ser el recuerdo de cómo en algún punto el mundo se quiso organizar o de cómo estuvo organizado en el pasado.

Fotoarte de Esmeralda Ordaz.

Hoy los gobernantes se pueden sentir libres, ya que la presión internacional es cada vez menor. Si usted quita lo que queda de la Unión Europea, ya casi nadie se tiene que comunicar con sus contrapartes. Boris Johnson tiene que hablar con Estados Unidos, con Rusia y con la Unión Europea, sin embargo, la política inglesa es autónoma. La política estadounidense siempre ha sido dominante y ahora, además de también ser autónoma, ha creado un cortafuegos para dejar de dar explicaciones. En los demás países observe usted las reacciones. Existe un Jair Bolsonaro que perfectamente puede decretar el fin de la Amazonia y presentar un Brasil que ni siquiera en las mejores épocas de la dictadura militar parecía existir, pero que, sin embargo, con él existe. En cuanto a los demás gobernantes, algunos gozan de un manto protector que no sólo evita que se contagien de Covid-19 o de la influenza, sino que además este manto les permite pedirle a medios como el Financial Times que pida perdón al pueblo de México por atreverse a sugerir que puede haber otras políticas y que las tendencias que lleva lo colocan en un peligro potencial de convertirse en lo que hasta ahora era su principal enemigo: un poder, si no dictatorial, sí extremo y sin ningún contrapeso.

Virtualmente nunca habíamos estado tan acompañados. El Zoom es como el universo de nuestras vidas, es la representación de las nuevas Naciones Unidas y en algún momento todos pasamos o pasaremos por él. Sin embargo, a pesar de toda esta interconexión nunca hemos estado más solos ni ha sido tan imposible convertir en papel mojado el espíritu de las leyes. En algunos lugares hoy no es necesario empatar las políticas económicas con la credibilidad internacional. Es más, si por algunos fuera suspenderíamos las divisas y volveríamos a la práctica del trueque.

En la actualidad lo único que de verdad importa es el ejercicio inmoderado e inclemente del poder absoluto. Y eso puede ser por dos razones: primero, porque todos andamos demasiado ocupados en nuestro patio como para mirar al de al lado. Una vez más los seres humanos hemos decidido ignorar la lección que, por ejemplo, el Covid-19 está tratando de darnos, al ver cómo lo que le pase a un chino en Wuhan puede acabar destruyendo las ciudades más importantes del mundo. Cerrando París, aterrorizando Londres o provocando una oleada de muertes sin precedente en México o Brasil, este bicho insolente nos trata de decir que todo ha cambiado. Y, en segundo lugar, no estamos queriendo entender que la construcción del nuevo mundo y la salida de esta crisis radica en incrementar las relaciones multinacionales, no en eliminarlas.

En el pasado ya sucedió algo similar cuando Stalin preguntó sobre cuántas divisiones tiene el Papa de Roma y cuando otros defendían que podían aguantar, vivir, superar y sobre todo no tener ninguna dependencia externa que terminara hipotecando su soberanía. Y como la vida tiene un sentido del humor negro, esta situación se hace más evidente que nunca justo cuando estamos a días de celebrar el setenta y cinco aniversario del nacimiento de la Organización de las Naciones Unidas. Ahora estamos en una situación en la que ni organización, ni naciones ni unidas. Somos parte de un mundo de un solo hombre. Hoy la realidad es que estamos globalmente expuestos e individualmente completamente aislados. Nadie nos escucha ni nadie acudirá en nuestro socorro.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.