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Quo Vadis América

10/02/2020

Como no existen testimonios de la época, resulta muy difícil saber cómo era el mármol del Senado romano o cómo eran los gritos de delirio por parte de los emperadores, quienes cuantas más barbaridades hacían, mejor. Tampoco existe constancia sobre en qué recodos del camino se preparaban los complots que los dictadores falsamente, en nombre de la democracia, buscaban llevar a cabo, con el objetivo de acabar con ella. La historia es cruel y lo es porque es la crónica de nosotros, seres que, por naturaleza, somos crueles.

Si Julio César no hubiera sido asesinado, el Cesarismo nunca hubiera existido. Mataron a uno de los líderes más importantes de la historia romana, buscando borrarlo del recuerdo y lo único que consiguieron con su muerte fue reinstaurarlo. Porque, al final, la tentación autocrática, el estar por encima de la ley, el ser no solamente el primero de todos nosotros, sino además el superior, es una tentación que rara vez se puede dominar.

Washington, D.C. es una ciudad que fue construida para ser la muestra palpable de todos los equilibrios que buscaban los Padres Fundadores, de ahí la razón que se haya construido a lado de un pantano llamado Potomac. Después del discurso del Estado de la Unión y de la votación del impeachment, es necesario reconocer que hoy la capital estadounidense –sitio que conozco bien, puesto que viví una parte de mi vida allí– es una ciudad solitaria y desamparada frente a su propia historia. Y lo digo porque tanto las piedras, como las estatuas y los mármoles han dejado de ser el testimonio de lo que fuimos, de lo que quisimos ser y de lo que amparó el desarrollo de lo que fue, a pesar de todo, la democracia más perfecta de la historia.

El discurso del Estado de la Unión, como sucede con su equivalente en los demás países, marca el momento para hacer corte de caja de la administración en curso. En este año todo era raro y todo era diferente, y lo era porque el cuadragésimo quinto Presidente de Estados Unidos, Donald John Trump, veinticuatro horas después de su discurso, tendría que ser condenado o liberado. Naturalmente no hace falta ser un genio para saber cuál sería la decisión que tomaría el Senado estadounidense. Esta era la primera vez en la historia en la que un impeachment se celebraba en año electoral, siendo parte de una época de la que –no sólo de lo hecho por Trump, sino también por todos los que vivimos en ella– no hay precedente alguno.

El martes 4 de febrero, Donald Trump entró al Capitolio, como en su tiempo debieron de haber entrado los emperadores romanos al Senado, justo antes de caer, en medio de aplausos. Ese día Trump –a quien no le importa mucho la historia, ya sea para conocerla o para no repetirla– proclamó algo que fue más que un informe de su gobierno. El Estado de la Unión fue una propaganda electoral y un discurso contra todos sus enemigos, que son más o menos la mitad del país. Con un acto que duró poco más de una hora y con independencia del resultado de las elecciones que se llevarán a cabo en noviembre, ya sabemos qué será lo que nos espera.

Como a Trump no le importa más historia que la propia, tampoco tiene cuidado en hacer gestos como el elevamiento de mentón a lo Mussolini, que hizo en reiteradas ocasiones en su discurso. Ese gesto era utilizado desde el balcón de la Piazza del Popolo por el Duce italiano después de proclamar sus discursos, y representaba un gesto de afirmación y de reencuentro con lo peor de la tradición Cesárea de la gran República romana.

Trump, convertido en este momento en su mejor versión, seguirá haciendo lo mismo que ha hecho hasta este momento. Es decir, no dejará intimidarse ni por la historia ni por el peso del mármol romano, ni tampoco por lo que significa la cúpula que está sobre su cabeza cada vez que se encuentra en el Capitolio de Estados Unidos. Una cúpula que fue testigo del juramento que hizo Thomas Jefferson, al convertirse en el primer Presidente estadounidense, de llevar a cabo su toma de posesión en dicho lugar, que a su vez ha sido el escenario de lo mejor y lo peor de Estados Unidos de América.

El Estado de la Unión de este año marca un punto y aparte. Naturalmente y suponiendo que no se produzca ningún altercado de mayores consecuencias, nadie puede hacer un pronóstico sobre qué es lo que pasará. Los enemigos políticos de Trump sí saben qué es lo que les espera, el exterminio. En este caso, aunque hasta el momento las cosas no llegan a lo físico, las consecuencias sí tendrán un impacto político y social.

Con Trump al frente, Estados Unidos se ha transformado en un país que no busca, no quiere y no le importa la unidad. También se ha convertido en un país en el que los equilibrios de poder se han roto. Un país en el que a partir de Trump, y si es que finalmente llega a ganar la reelección, se tiene que reencontrar con una situación en la que no se termine eliminando el espíritu instaurado por los Padres Fundadores.

En el nuevo mundo en el que vivimos existe una mayoría –aunque parecía minoría y además derrotada durante el discurso del Estado de la Unión– con la razón moral y la razón numérica no para echar a Trump de la Casa Blanca, pero sí para determinar cuáles son las consecuencias que se pueden tener a raíz de la falta de respeto legal en Estados Unidos. Esta mayoría casi se convirtió en el fantasma donde, pese a la razón y a lo que intentaron, no solamente fueron derrotados por el número de los senadores afines a Trump, sino que también fueron vencidos por su propia separación interna.

Duros tiempos los que nos tocan vivir. Según lo que se vio en el discurso del Estado de la Unión, Trump ganará y tanto Estados Unidos como el mundo terminarán de perder el faro democrático que hasta este momento ha sido ese país. Pero la historia nos enseña que si hay algo constante, es que siempre sobrevivimos. Qué difícil y qué duro debe de ser para los que necesitan creer en Trump, mirarse todos los días al espejo y convencerse de que forman parte de esta corriente histórica. Una fracción que sin duda alguna hoy es la que más grita y que más cristales puede romper en un sentido metafórico. Pero también un grupo que a su vez es la parte dominante del mayor poder organizado y democrático existente en el mundo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.