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Quien a juez mata, a juez muere

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Quien a juez mata, a juez muere

25/11/2019
Actualización 25/11/2019 - 4:05

La palabra imposible ha sido borrada de nuestro diccionario. Vivir hoy es poder convivir con una civilización en la que la fuerza de lo que va pasando a nuestro alrededor con la caída de los imperios, el movimiento de las placas tectónicas del poder y la estructura en la que vivimos y crecimos en su lucha y cambios, van sepultando uno a uno todos los conceptos bajo los cuales fuimos formados.

Espero, deseo y supongo que ya haya historiadores que estén recopilando todos los datos no de la caída de un imperio, sino de la caída del imperio de los conceptos que gobernaron al mundo por más de un siglo. Empezando por el fin de la Primera Guerra Mundial y llegando hasta el momento en el que la naturaleza humana pudo disfrutar del mayor triunfo de su historia, que es la comunicación total y holística en casi todas las partes del universo. También espero que estos historiadores estén recopilando la afectación que ha tenido esta era de la comunicación en los regímenes, en la estructura y, en definitiva, en el ordenamiento social de los pueblos.

Hemos visto cómo todo se ha movido a nuestro alrededor y este también es el momento de rescatar lo que parecía la última frontera y esperanza del rescate de los sistemas democráticos, el papel de la justicia en la situación actual. Hasta este momento, la justicia era la última esperanza de los sistemas democráticos. Vivimos en una época en la que los líderes son tan aplastantes, tan dominantes y llenan tanto la vida de los países que –con o sin mayoría– lo primero que hacen es acabar con el sistema legislativo. Donde hay un líder que se aprecia a sí mismo, hay un parlamento que desaparece. En todas partes lo que importa no es la lógica, la historia ni lo que se prometió en las campañas electorales, sino lo que importa es la voluntad del líder, dure lo que dure este.

En este sentido Adolf Hitler debería, aunque esté prohibido, de cobrar los derechos de autor, ya que fue el primer líder que consiguió que las leyes se aplicaran bajo la voluntad de un Führer. Adolf Hitler no solamente pudo gobernar su tercer Reich con el código penal de la República de Weimar, sino que para que nadie olvidara que la maldad no tiene límites, escogió como ministro de Justicia a Ernst Janning. Sabido es que la fuerza purificadora y terrible de los conversos es superior a cualquiera de los que participan en el origen de los regímenes o de las conversiones, ya sea religiosas o civiles. No hay mejor perseguidor de una colectividad que quien hasta hace poco formó parte de ella como uno de sus defensores.

En cierto sentido, todos los líderes modernos se parecen al Führer. El poder legislativo ya ha desaparecido y se ha convertido en una simbiosis perfecta en el poder ejecutivo. Un poder ejecutivo que, nunca lo olvide, siempre tiene una cara, un gesto, un discurso y a veces un dedo flamígero que dice lo que está bien y lo que está mal, y que marca lo que más le conviene a los países. Este poder también da sentido a la palabra Aluf, que es guía o jefe en antiguo hebreo, marcada desde la época de Josué.

Sin embargo, los sistemas jurídicos siempre eran la última reserva. Mientras la justicia, la esperanza y la ilusión se mantuvieran, seguía siendo posible salvar el concepto de justicia social y se mantenía la esperanza de que la fuerza de esta justicia salvara los sistemas democráticos. Y en eso, un día en un confidencial se demuestra que jueces y fiscales de Brasil se pusieron de acuerdo para tender celadas a las víctimas, mostrando que no eran tan buenos como parecían. Porque el principio de las leyes es hacer lo que haya que hacer, pero siempre defendiendo la pureza de los sistemas. Por eso Lula fue diecinueve meses a la cárcel, pero lo más importante no es que fuera encarcelado. Lo más importante es que –eliminado con malas artes por el entonces juez federal y ahora ministro de Justicia, Sérgio Moro, y por los fiscales del caso Lava Jato– Lula fue despejado de la carrera presidencial y Jair Bolsonaro fue instalado en plan alto para poder ser histérico y llamar sinvergüenzas a las cadenas de televisión.

La justicia muere el día que sacrifica su forma y su fondo para construir un mundo mejor, traicionando la esencia de lo que significa hacer bien las cosas. La gran esperanza democrática es que las cosas están bien o mal cuando se ponen a prueba y es para eso que existe la garantía del mundo jurídico. Cuando la justicia se convierte en la quinta columna de la política, destruye el sistema democrático y, lo que es peor, se destruye a sí misma. Todos los gobernantes del mundo deberían ver esa imagen. Pero también deberían ser conscientes de que, a pesar de que hacer leyes contra los demás es fácil, nunca deberían olvidar que quien a juez mata, a juez muere.

En la actualidad, la justicia se ha convertido en un arma de destrucción masiva de las democracias. Y esta es la explicación de por qué está sucediendo el proceso de impeachment en Estados Unidos, de la libertad de Lula o de la articulación de la preparación de leyes ad hoc para que sean las leyes las que cumplan no la libertad del pueblo que elige a un gobernante, sino las técnicas para imponer a unos sobre otros. Las consecuencias de los cambios políticos hacen y ponen a los sistemas jurídicos como la Guardia de Corps de los cambios de régimen sin solidificar.

Durante mucho tiempo, hablar o expresar sobre lo que se pensaba era un pasaporte directo al sufrimiento dentro de los regímenes que no permitían más que el pensamiento único. En un mundo dominado por las redes sociales, no se puede tener límites de expresión. Hoy, las persecuciones no se producen desde el punto de vista ideológico, mucho menos desde el punto de vista de la expresión política. Actualmente, la depuración y la lucha contra los enemigos se instalan en el recuento del cumplimiento fiscal de los ciudadanos. Los distintos cuerpos destinados a recaudar los impuestos para el Estado son la versión moderna del KGB o de la policía política de los países. En la actualidad es mucho más fácil convertir en un delincuente altamente impopular a alguien que se encuentra bajo la amenaza de no pagar impuestos, que a una persona acusada por haber cometido cualquier otro delito.

Dentro de la legislación estadounidense, el único supuesto en el que no rige la supremacía de la inocencia hasta que se demuestre lo contrario es en la aplicación del sistema fiscal. Si eso pasa en Estados Unidos, que es un país con un entramado de defensas legales fuertemente establecidas, imagínese usted lo que puede pasar en nuestros países, donde ni siquiera hace falta ser un defraudador fiscal. En nuestros países, simplemente basta el invento de un expediente fiscal ad hoc para acabar con su vida y para terminar de manera legal y popular en una cárcel.

El caso de Lula es uno más de tantos, pero sobre todo es el caso más claro que hasta el momento tenemos sobre lo que significa la conspiración entre jueces y fiscales, quienes en definitiva son los garantes del triunfo de la ley. Los fiscales y los jueces, repito, son la última esperanza del sistema, pero también pueden convertirse en testigos de lo que puede llegar a pasar cuando las leyes se convierten no en un instrumento de justicia, sino en un instrumento de acción política.

Si usted es fiscal o juez, piense en lo que le espera. Piense que usted se ha convertido en un torturador del sistema democrático. Pero si usted es político, nunca olvide que quien a juez mata, a juez muere.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.