Miedo
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Miedo

11/02/2019

La verdad pura y dura, esa que rige al país y que nos da nuestra lección moral, nuestro evangelio y la corrupción nuestra de cada día, se comparte diariamente a las siete de la mañana en el Salón de la Tesorería. En su pasado fue testigo mudo de innumerables banquetes del Estado mexicano, actualmente es el escenario de un espectáculo absolutamente inusual en cualquier parte del mundo: un presidente afronta todos los días ser él el principio y el fin de la administración de un país.

La incorporación de dichos populares mexicanos en sus discursos como “me canso ganso” o pronunciando frases como “el pueblo se cansa de tanta pinche transa” es, sin duda alguna, una manera muy especial que tiene el presidente López Obrador de transmitir y conectar con lo que más le importa, que es su base. Tenemos claro quién manda, aunque seguimos sin saber quién gobierna.

Por las mañanas es la seguridad, el agua y supongo que todo lo que es estratégico para el país. A medio día normalmente se inicia con la lluvia de beneficios sociales otorgados por el gobierno de la cuarta transformación, y en medio, la descripción reiterada –unas veces con palabras más populares y otras menos– de lo que se encontró o al menos lo que él define como ello.

Cada día tenemos una corrupción nueva. No nos sorprende, durante muchos años todos hemos vivido con esa certeza. Todos los días hemos vivido como una oración o confesión íntima con la losa de saber que los corruptos no pagan. Pero al mismo tiempo, seguimos añorando que eso cambie.

Cambia ahora que es el propio presidente quien señala con su dedo, ese dedo que ha hecho la política, o la ha intentado hacer, desde el año 2006 en nuestro país. Aunque, no sé qué consecuencias legales tendrá porque también, tal y como vamos, los jueces son buenos, malos o regulares en función de cuánto comparten o no el evangelio oficial.

Siempre pensé que López Obrador es el líder espiritual del país y que el gobierno es algo demasiado mortal y aburrido para alguien que tiene aspiraciones tan altas. Pero, mientras tanto, cada día, por una u otra razón, vamos consiguiendo respuestas de una manera muy singular y estamos obteniendo una visión de la realidad que nos permite ver un país uniforme, sobre todo en un principio y un final, que es cómo da juego y cómo el presidente permite que sus colaboradores se expresen.

En cuanto a los demás, las instituciones y la oposición, aquí cada uno debe de aguantar su vela. Todos hemos sido cómplices del sostenimiento del régimen que se cayó, pero eso no quiere decir que un régimen que se hundió por corrupto, por impune y sobre todo por un instinto suicida, por no haber cuidado su lugar ni su coherencia ni las formas, ni haber velado por los de abajo, pueda ser sustituido sólo a base de amenazas, ocurrencias o denuncias.

Los Estados se destruyen con cosas concretas y se construyen con cosas concretas. Estamos en la fase de controlar el poder que nuestra Carta Magna le confiere al presidente de la República. Pero el problema es el desfase terrible entre lo dicho y lo hecho, entre lo anunciado y lo ejecutado. Ante la ausencia de respuestas, este año daremos 325 mil millones de pesos de ayuda a los más necesitados, pero el año que viene, ¿quién pagará?

La cuarta transformación y el sexenio del presidente López Obrador necesitan un modelo de Estado. También, más allá de las denuncias y las municiones, necesitan una estructura de cómo se quieren organizar.

Con su fuerza parlamentaria no tiene ninguna necesidad de hacer mal las cosas, puede cambiar cualquier ley para cambiar la Constitución; tiene los acuerdos en el Senado y el camino para hacerlo. Nada explica luchar fuego contra fuego. Pero sí tiene que entender que su pueblo –que también entiende lo que le dice– también necesita comprender por qué ahora los malos ya no son malos. Me explico. López Obrador necesita explicar por qué los jefes del narco, los sicarios, los que han aterrorizado, matado y siguen matando son culpables, pero en menor medida, ya que fueron las condiciones socioeconómicas las que los empujaron por el camino del mal.

Estoy de acuerdo con terminar con el huachicol, así como coincido que la corrupción del Estado se refleja ahí con más claridad que en ninguna otra cosa. Es la corrupción de los militares, los policías, los gobernadores y toda esa incontable e incansable nómina de corrupción y destrucción moral que significan las relaciones del narco con este Estado, el mismo que va desapareciendo, y sólo esperemos que no surja ninguna con el Estado que va apareciendo.

La gran pregunta es, ¿estamos en el punto cero para todo? Para la construcción, los asesinatos, las drogas, ¿para todo? O sea que El Chapo debe lamentar por dos razones estar en la situación que está. La primera porque si estuviera aquí podría acogerse fácilmente a estas medidas por la vía de hecho que estamos dando. Y segundo porque hasta incluso podrían inventar él y su socio El Mayo Zambada una asociación o fundación para prevenir las adicciones.

Entonces, ¿quién es el enemigo? Yo entiendo bien que el enemigo es el insensible social. Pero la sensibilidad social, ¿cómo la promovemos, a golpes o con juicios creíbles que den verdaderamente la dimensión del cambio?

Hace falta saber quién, cómo y dónde va a producir la riqueza que el país necesita para cubrir el desfase que tiene en su enorme brecha y deuda social. También es necesario saber cuál es su modelo de crecimiento; entiendo el papel de un amenizador moral y hasta incluso monetario de acabar con la corrupción, ¿pero además de eso?

Se necesita definir cuánto es el equivalente del costo de un punto de la deuda de Pemex –por el tema de las calificadoras– dentro del conjunto de la regeneración moral de la cuarta transformación. Todo el combate contra la corrupción, todos los ahorros y todo lo que se está haciendo, ¿es el equivalente a lo que cuesta un solo mal gesto de una calificadora? También es necesario responder lo siguiente, ¿es México posible sin Pemex? Y, de no llevarse a cabo una restructura general de la empresa, ¿existe un futuro para Pemex?

Todo eso lleva a lo mismo, no dudo de las buenas intenciones y estoy convencido de ellas. Además, soy un seguidor de las conferencias mañaneras de nuestro presidente no solamente por una deformación profesional, sino porque realmente me interesa ver cuál es el estado de ánimo de la cuarta transformación y eso lo da el presidente. Pero al mismo tiempo, pensando en los próximos tres meses y sabiendo que su capacidad de comunicación con los suyos es infinita, mi pregunta es, ¿quién empezará a gobernar?

En definitiva, si el presidente López Obrador es Gandhi, la pregunta que hay que hacerse es, ¿quién es su Pandit Nehru?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.