La Torre de Babel y el virus vengador
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La Torre de Babel y el virus vengador

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La Torre de Babel y el virus vengador

23/03/2020
Actualización 23/03/2020 - 10:11

A pesar de que la humanidad ya ha visto de todo –desde catástrofes naturales hasta incontables muestras de crueldad sin límites y diferentes formas de dolor, miedo y pánico–, lo que actualmente está sucediendo con la situación del coronavirus son escenas que nunca pensamos que veríamos. En la era de las comunicaciones, donde todo es unidireccional, de prisa y donde nuestra mirada está limitada a lo que sucede en nuestra rutina diaria y a los mensajes que enviamos haciendo uso de nuestros pulgares, lo que nunca pensamos es que llegaríamos a ser testigos de algo que todavía carece de una explicación certera.

Todo empezó en China, en el año 1978, cuando Deng Xiaoping dictó las normas para crear las zonas de actuación especial económicas instaurando dos sistemas distintos en un mismo país. Fue en la provincia de Hubei, una de esas zonas beneficiadas gracias al desarrollo impulsado por el exmandatario chino, donde nació el máximo vengador de nuestro tiempo y el culpable del mayor cambio que hemos visto hasta el momento.

Gracias a las experiencias de soberbia y de infatuación del mundo, es fácil encontrar paralelismos bíblicos antes de lo que está sucediendo con el Covid-19. Un ejemplo es el ataque de engreimiento que les dio a los humanos contra Jehová cuando con un solo idioma quisieron construir una torre. En este caso, una vez más, como ya había pasado con Adán y Eva en el Jardín del Edén, el ser humano desafió el mandato y el poder de Dios, buscando hacer las cosas a su manera. La venganza de la desobediencia en la construcción de la Torre de Babel fue clara, el edificio –que inicialmente fue concebido como un homenaje a Dios– se convirtió en una muestra de la capacidad del hombre para desafiar a Dios. Y el castigo divino no fue otro que la falta de entendimiento total entre los constructores, haciendo imposible la conclusión del proyecto.

Ninguna generación, ni los millennials ni los baby boomers ni los distintos grupos que vivimos en esta época, jamás pensamos que seríamos testigos del espectáculo que supone el ver las calles desiertas a lo largo del mundo. Nadie nunca se imaginó que en esta época –tan absolutamente autista, sentimentalmente hablando– cada uno estaría forjando y esculpiendo su paso por este mundo a través de mensajes y publicaciones en las que todavía no sé si llamarlas benditas o malditas redes sociales. Ninguno de nosotros pensó que al final estaríamos recluidos, viéndonos a nosotros mismos sin saber muy bien cómo reaccionar, sin tener conocimiento de cómo empezó esto y, lo que es mucho peor, sin tener una idea de cómo es que va a terminar.

Pero en cualquier caso, acabe como acabe el espectáculo inédito que significa ver el fracaso en línea de todas y cada una de las instituciones en las que en mayor o menor medida teníamos la esperanza de que nos pudieran proteger, sin duda alguna esto significa que ante nosotros tenemos la posibilidad de reconstruirnos desde otras bases. Y es que las bases que teníamos están siendo liquidadas entre la improvisación, el pánico y la incapacidad.

Los satélites de Google y los demás satélites de alto alcance del mundo pueden dar un espectáculo inédito que supone el ver vacías las calles de las principales ciudades del mundo. Esas ciudades que demuestran el éxito y por donde transita la mayor concentración de seres humanos que con su paso demuestran pertenecer a una generación y a una cultura exitosa, están desiertas. Los seres humanos, recluidos en sus despachos, colocados cada uno en sus casas, sean grandes o pequeñas. Aquellos que tengan la suerte de contar con el suficiente espacio estarán mejor, mientras que la que temo es la mayor parte de la población con poco espacio, serán parte de un espectáculo y un infierno para el que no estaban preparados.

Si uno observa bien, se dará cuenta que el Covid-19 es un virus caprichoso y que al parecer le gusta desarrollarse en determinadas zonas de desarrollo económico. Wuhan, el lugar donde inició todo, no pertenece a la zona deprimida china, sino que más bien forma parte de la exitosa e industrializada de China. Wuhan además es la sede del instituto tecnológico chino, el Wuhan Institute of Technology, que es el equivalente oriental al MIT occidental.

La ruta del Covid-19 –hasta el momento y por lo que sabemos– no va por África ni afortunadamente va de manera significativa por India. En ambas condiciones o situaciones puede suceder que no es que no esté pasando o que en realidad ya haya una propagación del virus mayor, sino que sencillamente los gobiernos –como pasa en otros países– hayan decidido no enterarse. Y digo que afortunadamente la ruta del virus no transite por estas zonas, porque debido a sus condiciones de agrupamiento y falta de condiciones generales de higiene, bastaría de un solo mes con el virus para terminar fácilmente con la vida de millones de personas.

El coronavirus discurre por las calles y las avenidas del mundo desarrollado; de China a Corea; de Corea a Japón; de Japón –en un salto que algún día entenderemos y podremos ver la verdadera dimensión– hasta Italia, donde da la impresión de que más que contaminarse se tomaron la pócima del virus. Y esto lo digo porque resulta difícil entender la agresividad del ataque del virus en Italia, aunque también es cierto que la propagación no se ha dado en todo el país, sino que se ha centrado en la zona más desarrollada, que es el Véneto y Lombardía.

Ilustración de Esmeralda Ordaz

De Italia el virus dio el salto meteórico a España. La España que una vez asombró al mundo, que llegó a ser el modelo a seguir de la Unión Europea y el país que, en medio de una de las mayores crisis de Europa el año pasado, tuvo un crecimiento mayor al de la media europea, se ha convertido en el segundo país europeo más afectado por el Covid-19. Además, como ya le pasó al gobierno italiano, el gobierno español ya ha tenido que sacar a su propio ejército a las calles para controlar la propagación entre sus ciudadanos. Esta situación no es como se dio el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces; en esta ocasión la protagonista principal es la muerte que va transitando por las calles y que va marcando, una y otra vez, el fracaso de los Estados.

En el comportamiento incomprensible hasta el momento de este caprichoso virus, es necesario prestar especial atención al efecto que el Covid-19 está provocando en Irán. Un país caracterizado por su cierre de fronteras, con no muchas relaciones diplomáticas y comerciales, con pocas libertades y un país con una apertura limitada en el sentido de que sus habitantes no disponen de muchos medios para viajar, salvo que sea por razones políticas o militares. Hasta este momento Irán es el país más afectado de todos los países árabes, con una situación que agudiza de manera significante las ya existentes y graves crisis que atormentan a Teherán.

Inglaterra, siendo un ejemplo de que las islas siempre se protegen de mejor manera, está en mejores condiciones que el resto de Europa para afrontar esta crisis. Mientras que el resto de Europa, la pobre Europa y las cenizas que quedaban de este continente, están ardiendo en este incendio global llamado el apocalipsis del Covid-19. ¿Qué pasará a partir de aquí? Mientras los países que conforman el Espacio Schengen están en crisis, hay países como Francia que se da el lujo de pagar las cuentas del gas, la luz y las hipotecas de sus ciudadanos, quienes no viven más que en su temor y en su soledad.

En estos momentos países como Francia buscan ser una especie de figura paterna para evitar que a la ya lamentable situación no se le tenga que sumar la preocupación sobre lo que sucederá con el patrimonio de cada uno de sus ciudadanos. Al final, entre las calles vacías y en los enfrentamientos a solas con el espejo y el reflejo de nosotros mismos, nos damos cuenta de lo que ahora ya es imposible callar. Este virus es tan caprichoso que sólo se desarrolla en determinadas condiciones socioeconómicas y ataca a determinados grupos de la sociedad, sobre todo a los que somos parte de la tercera edad.

Es necesario analizar cómo es que en países como India, el virus no prolifera. Además, también se debe observar lo que está sucediendo en México y definir cuál es el factor determinante para la propagación y multiplicación del virus. Hay una serie de preguntas que necesitan ser contestadas. Por ejemplo, en realidad, más allá de Dios, ¿hay alguien que verdaderamente sepa lo que es el Covid-19? Después de esta crisis, ¿qué pasará con la idiosincrasia solidaria de los pueblos? De los que sobrevivan, ¿cuántos de ellos podrán ser solidarios y sobre qué lo serán? También se necesita definir quiénes son los perdedores y los ganadores de esta crisis. Finalmente, mientras redacto este artículo, sale a la luz una noticia que, a falta de confirmación, marcará un nuevo rumbo. Y es que al parecer China ha encontrado la vacuna para revertir esta situación.

El siglo XX, que fue el que nos alumbró a todos y el que dio lugar a la revolución de las ideas y de las comunicaciones, en ese siglo, además de tener no una sino dos guerras mundiales, existió la llamada gripe española, que no era española sino estadounidense, y que causó la muerte de cincuenta millones de personas. Ahora, las grandes preguntas que hay que hacer son: ¿quiénes son los nuevos jugadores? ¿Dónde estarán los quiebres generacionales? Por último: ¿qué quedará de los Estados que son testigos de esta crisis y que además pagan los servicios de unos fantasmas que si enferman y si tienen más de sesenta años cuando lleguen a los hospitales, no serán atendidos, dejando que la naturaleza siga su curso?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.