La plaga bíblica
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La plaga bíblica

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La plaga bíblica

17/02/2020

China nunca podrá olvidar lo que en su historia supusieron las Guerras del Opio y todo lo que este conflicto significó. Porque más allá de las pérdidas políticas, geográficas y militares que vinieron con las guerras que se dieron entre 1839 y 1842, y que tuvieron un segundo conflicto a partir de 1856 y 1860, lo que en realidad estas guerras provocaron en el país chino fue una tremenda y terrible lacra. China es un país que cuando pierde la autoestima tarda años en recuperarla. Hoy los chinos se enfrentan frente a un nuevo reto, el coronavirus.

Tengo la impresión de que el coronavirus o se trata de una venganza bíblica y definitivamente Dios es occidental o en algún lugar alguien se puso a jugar con cosas que no debía y esto se ha salido completamente de control. Lo que más asusta es la conciencia de que el país que todo lo controla y que tiene la capacidad de poder hacer con cien millones de ciudadanos lo que quiera y sin dar muchas explicaciones, aparece como un país agitado por las olas gigantescas de una tormenta y de un tsunami llamado Covid-19, algo que hasta ahora ni ellos ni nadie conoce su capacidad de destrucción, alcance ni siquiera su situación actual. Pobre de aquel que piense que un virus metido en las vías respiratorias de los seres humanos devolverá las cosas al lugar en el que se encontraban hasta antes del brote. Es imposible que eso suceda.

En este momento por el que atraviesa el mundo, nadie puede negar que la viabilidad económica mundial depende de qué pase con las economías occidentales, así como lo que pase con las economías orientales, especialmente la economía china. La economía de China no solo es la segunda economía más importante del mundo, sino que sobre todo es un motor en el sector de la investigación, en la creación de empleos y en la dinamización financiera.

Hace apenas cuarenta años los chinos aportaban alrededor del cinco por ciento al PIB mundial, en la actualidad -además de ser la segunda potencia económica– su aportación al PIB mundial está por encima del quince por ciento. En este lapso mientras los chinos trabajaban e invertían, los occidentales nos dedicamos a ser cada día más especulativos, influyendo y especulando sobre nuestra industria de muerte al tiempo que dejamos de trabajar.

El problema de una crisis en China es el definir quién trabajará en su lugar. También en medio de este desequilibrio mundial en el que vivimos, la cuestión de la destrucción en China es determinar qué tipo de equilibrio sustituirá la ya frágil inestabilidad. Pero lo peor de toda esta situación es que no hay ningún país –ni Estados Unidos ni Rusia– que se atreva a hacer la pregunta que verdaderamente importa, ¿fueron los pangolines quienes en realidad transmitieron el coronavirus o fue algún juego que se salió de control?

Wuhan es la sede del Instituto Tecnológico de China, la Wuhan University of Technology, la cual dicho en palabras diferentes e internacionales de nuestro mundo es lo que sería el MIT chino. Salvo lo que ellos le quieren enseñar al mundo, es muy poco lo que verdaderamente se sabe de China. Pero lo que es evidente es que en la industria científica los chinos no sólo se dedican a desarrollar softwares, misiles de alta generación o herramientas tecnológicas, sino que dadas sus capacidades también deberán tener sus juguetes y armas biológicas, por si en algún momento las llegaran a necesitar.

Lo anterior no es una especulación ya que no corresponde más que al cálculo de probabilidades sobre la situación actual y en la posición en la que el mundo se encuentra. Porque lo que más me aterra de la crisis del coronavirus es que a pesar de la reacción de los gobiernos, de la Organización Mundial de la Salud y de las personas, todavía ni siquiera hemos empezado a alcanzar a entender la gravedad de la situación a la que nos estamos enfrentando.

Es verdad que el índice de mortalidad sigue siendo bajo pero, ¿con relación a qué? Pero además, ¿dónde han quedado todas las personas que han muerto fuera del registro oficial del coronavirus? Esa gente, ¿habrá muerto por causa del virus, por muerte natural, accidente o por un balazo? Y hago estas preguntas porque soy consciente de que China es un país que controla. Me aterra ser testigo de que a estas instancias el gobierno chino ha dejado de saber qué es lo que tiene que controlar. Y mientras los demás países estamos en una situación tan ridícula en la que la principal potencia tecnológica del mundo, aquella que es capaz de computar mejor que nadie lo que pasa y lo que va a pasar, es incapaz de mandar a sus ejecutivos al Mobile World Congress en Barcelona por miedo al estallido de la crisis.

Ha llegado el momento de determinar si la crisis es sólo en China o si en realidad, como declaró la OMS, ya se trata de una crisis de carácter mundial. También ya es hora de determinar cuál es el verdadero alcance y el peligro para todos del coronavirus. Y es que con los instrumentos científicos que se tienen en la actualidad, los países ya se están demorando mucho en descubrir –una vez aislado el genoma del virus– la posible vacuna. ¿Será por su capacidad de mutación, porque no existe vacuna o porque es un compuesto de varios virus que se hace cada vez más resistente?

Ojalá todo esto se quede en una alarma, pero en cualquier caso es necesario que aprendamos la lección. La realidad es que ha llegado el momento de darnos cuenta de que en cualquier lugar y en cualquier momento, nuestro mundo tiene una fragilidad de tal grado que aterroriza.

En cuanto a los chinos confieso que durante mucho tiempo estuve viendo y pensando en que eran un país que solo los podía destruir su sensación de soberbia y prepotencia. El éxito chino se basa en el trabajo y la humildad, sin embargo, ahora mismo es un país prepotente. Tal vez el coronavirus es un correctivo a lo que de una manera u otra podría haber terminado con China. El problema es cuántas víctimas tendrán que haber antes de acabar con los demás. Ha llegado el momento de hacer la verdadera pregunta, sin medias tintas, en realidad ¿qué es el coronavirus?

Precisamente debido a la extensión, la variedad cultural, turística e incluso étnica que compone China, el control es el elemento de unificación máximo del país y del Estado. El Covid-19, como se le llama a partir de la reunión de la Organización Mundial de la Salud –está cuestionando el elemento más importante de gobierno de China, que es la capacidad de controlar no solamente a los virus ni a los enemigos, sino que sobre todo está cuestionando la capacidad de controlar los sentimientos de su propio pueblo. El costo económico de esta crisis para China es enorme, pero es mayor el costo político.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.