La guerra de los aranceles
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La guerra de los aranceles

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La guerra de los aranceles

10/06/2019
Actualización 10/06/2019 - 9:44

De norte a sur, de este a oeste, desde la OTAN hasta Crimea, desde el Salto del Ángel, en Venezuela, hasta el Amazonas, en todo el mundo se deja sentir el arma de destrucción masiva que supone hacer negocios con los líderes del mundo económico moderno.

Una de las primeras cosas que le enseñan a un militar es que las armas se tiene que procurar usarlas para destruir al enemigo, aunque se olvida que los efectos colaterales de éstas pueden hacer más daño a tu pueblo que al adversario. Ejemplo: es legítimo querer matar con gas sarín a la mitad de una población, pero no se puede olvidar un elemento tan esencial como la dirección del aire, ya que éste, si no va en la orientación que uno quiere, puede acabar matando a la mitad de la población propia. Pero lo que también los expertos en armas enseñan es que toda arma aprobada pierde al cincuenta por ciento su eficacia, porque le permite a los demás darse cuenta de que al final, como en Chernobyl, siempre alguien sobrevive.

A estas alturas, ¿ustedes se acuerdan de esa cuna, cátedra y capital del mundo económico llamada Wall Street? Wall Street ya no tiene maneras ni logaritmos para sumar lo que significan los dos años de la guerra mundial de aranceles de la que han sido víctimas China, México y ahora Europa. Está bien tener y ser un guerrero. Pero los guerreros están para ganar las guerras, no para perderlas. Además, ¿cuántos miles de millones de dólares tendremos que articular para que los granjeros, por lo menos hasta que vuelvan a votar por su líder, se aguanten y se coman la soya que le podrían vender a los chinos?

China era una cosa hasta cierto punto razonable. Otra cosa es abrir fuego indiscriminado contra todos los intereses y que al pobre John Smith el aguacate le cueste más caro. No hay derecho, hemos hecho del guacamole y del aguacate un componente parecido al peanut butter para la cultura estadounidense. Ahora, de paso, se le impone un arancel que hará que el aguacate sea más caro.

Y mientras tanto los gobiernos del mundo deben de entender algo, hay un ejemplo reciente, comprendo que barato y pido perdón, pero uno es siempre esclavo de sus limitaciones, de lo que dan de sí las políticas del apaciguamiento. ¿Se acuerdan ustedes de Neville Chamberlain? ¿Se acuerdan de lo que significaba ir a Múnich a firmar tratados con Adolf Hitler? ¿Se acuerdan de aquella fantástica declaración de paz mostrada en Londres por Chamberlain, justo un año antes de la invasión de Polonia?

Se puede morir de muchas cosas, pero hay que procurar no morir de indignidad. Entonces hay que saber que no hay nada que negociar, que la guerra del arancel es universal y que tiene que ver con una manera de entender la vida y de hacer la política. También es necesario saber que China tiene que encontrar el equilibrio y plantearse si en verdad está dispuesta a mantenerse como primera potencia económica del mundo y con ello sostener una guerra frontal con Estados Unidos. Me extraña, el horizonte de vida y toda la capacidad de Donald Trump son cinco años. La medición de los chinos es de más de mil años.

Siempre dije que me encanta ser mexicano y me hice mexicano porque México es el último país de occidente y el primero de oriente, o viceversa. ¿Por qué digo esto? Lo digo porque estando en el punto que estamos deberíamos no olvidar que somos milenarios. No deberíamos ignorar que los mexicanos hemos sido invadidos, ignorados e incluso en muchas ocasiones violados. Deberíamos de recordar que esto es un ataque de acné, que al final la verdadera defensa del país no es que imponga o no –estando de rodillas– los aranceles. La verdadera defensa del país es poder vivir sin ellos.

El hecho de que las conversaciones del miércoles pasado en Washington no hubieran salido bien, era normal. Estamos en el siglo XXI, una época caracterizada por el internet, la globalización y por ser testigo de la mayor explosión de libertades jamás conocidas. En esta época el capricho de los hombres se parece más al de los antiguos emperadores romanos que a los de presidentes regidos por leyes e instituciones fuertes.

Trump es así, México es así. El problema es pensar que es posible hacer razonar a Trump, él no razona, él suma. Y suma lo que él cree que le conviene, aunque ya hasta sus seguidores involuntarios como lo son sus no compañeros del Partido Republicano, saben que su política arancelaria es un suicidio colectivo. ¿Qué podemos hacer? No podemos perder la cabeza –en eso estoy de acuerdo con el Presidente– pero tampoco debemos perder la dignidad. Tenemos que empezar a sacar las cuentas, aunque lo que nos va a costar en la cotización del peso frente al dólar por causa de los aranceles, compensa inicialmente el costo de la ofensiva del presidente estadounidense. ¿Tenemos que acostumbrarnos a vivir siendo el “punching bag” de Trump? Sí, tenemos que hacerlo.

¿Qué haremos con los demás? Primero, no convertirnos en verdugos por delegación ya que eso sería un gravísimo error. Nosotros tenemos la culpa de nuestras injusticias, más no de las injusticias del mundo. Centroamérica y todas las Américas están en un proceso de reconfiguración, no podemos equivocarnos en qué sentido va la historia. Tampoco podemos acabar siendo las víctimas, convertidas ahora en verdugos, simplemente porque alguien durante ocho años, como máximo, decidió cambiar las agujas del reloj del tiempo.

Tenemos que proteger nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestros compromisos. Eso significa que nuestra política migratoria no puede ser marcada por lo que dicte Washington. También significa que la defensa de nuestros valores tiene que estar en consonancia con lo que representa ser parte importante del bloque económico de América del Norte. El arancel que nos pretende imponer Trump es, definitivamente, un arancel contra sí mismo. Y es también el principio del fin de la guerra del aguacatazo y de esa manera constante de vivir bajo el “si no haces lo que digo, como lo digo y cuando lo digo”, simplemente te pego un arancelazo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.