Irán: los ayatolás occidentales
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Irán: los ayatolás occidentales

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Irán: los ayatolás occidentales

13/01/2020

Irán es una cultura que excede a su actual líder supremo, Alí Jamenei, y a los chiitas. Hace cinco mil años Persépolis, junto con el faro de Alejandría, era uno de los puntos por donde pasaba la cultura y el conocimiento humano. El farsi es uno de los idiomas por medio de los cuales personajes como Darío el Grande o Jerjes conformaron la cultura del mundo moderno al ser vencidos por Alejandro Magno. Además, lo que hoy conocemos como Irán fue el sitio donde nació un fenómeno divino, más adelante repetido por otras religiones, que fue Zoroastro y el fuego sagrado.

Ali Ibn Abi Tálib, yerno del profeta Mahoma y primer imán de los chiitas, fue el que tuvo la desvergüenza de pretender hacerse con el control del islam utilizando a la hija del profeta. Alí lo hizo, representando solamente el diez por ciento del mundo árabe, ganándose el rechazo, el odio y la eliminación física del otro noventa por ciento.

Hoy, Irán arde, aunque la realidad es que el país arde desde 1979. Porque, contra todo pronóstico, con la caída del shah iraní, del desarrollo y con la ausencia de valores que lograran identificar al mundo persa con su origen, surgió una revolución teocrática y el renacimiento de la revolución islámica impulsada por el ayatolá Jomeini. En 1964, Jomeini fue exiliado a París y fue hasta el 1 de febrero de 1979 que consiguió regresar a Teherán gracias a la cortesía de Valéry Giscard d’Estaing, quien ayudó al líder iraní para poder conseguir que las empresas francesas fueran competitivas contra el monopolio estadounidense en la zona. Y, a partir de ahí, nos encontramos con un país que nadie sabía que existía, un país que ante todo buscaba decencia, coherencia y una forma de vida basada en la fe.

Irán, para bien o para mal, ha consolidado su situación particular. Son minoritarios y son mártires entre ellos y sus enemigos por igual, tanto cristianos como sunitas. No se sabe quién odia más a un iraní, si un pastor anglicano o un jefe religioso de Arabia Saudita. Por otra parte, los iraníes viven con un sentimiento de ser puros dentro de un jardín de corrupción. No han tenido consigo todos los excesos ni ninguno de los defectos del crecimiento, así como tampoco han tenido una falta de personalidad dentro del mundo árabe. Su terrorismo siempre ha estado dirigido y su sangre ha sido derramada con una intención específica. Hubiera sido imposible que a ellos les pasara lo que le pasó a los saudíes, quienes, a fuerza de que sus niños rebeldes se consolaran y se criaran fuera de su país, alimentaron el monstruo que estalló con lo sucedido el 11 de septiembre de 2001.

Irán vive con constante sentimiento de acoso y bajo el hecho de estar rodeado de enemigos. También vive con la condición de ser una minoría elegida, con el mismo sentimiento de pureza que tienen los otros teócratas de la región. El pueblo chiita es, en cierto sentido, el otro pueblo elegido, y como le pasa al pueblo de Moisés, Israel, vive rodeado de cientos de enemigos con los que nunca será posible el pacto, ya que no todo se resume en la eliminación total.

Cada día que pasa, Irán lucha por su derecho a existir y de lucha desde la oposición y la confrontación. Para los occidentales es difícil entender que lo que subyace en el fondo de los guardianes de la Revolución islámica y de los ayatolás, es la convicción de que en algún punto Occidente tal vez pudiera convivir con ellos, pero también es la seguridad de que sus vecinos árabes nunca podrán coexistir con ellos. Por lo tanto, como le pasa a Israel, los iraníes viven cada día que pasa en medio del asedio de un enemigo para el que no existe ni el perdón ni la baja de guardia.

Los únicos dos ejércitos confiables en Medio Oriente es el Hezbollah chiita y el ejército de Israel. En el fondo, si alguna vez existiera un escenario de orden, lo ideal sería una coalición entre esas dos fuerzas, la cual sería capaz de meter a todos los demás en cintura. Mientras tanto, lo que le espera a un israelí es dar gracias cada día por no ser destruido por un misil de cualquiera. Y lo que le espera a un iraní es dar gracias cada día por no ser destruido por la cimitarra o el sable de su hermano de Arabia Saudita. Esa sensación de ser países diferentes, aislados y de ser los depositarios de la verdad teocrática, es lo que hace la diferencia. Y es esta también la razón que hace que sus acciones sean tan peligrosas, sus muertos tan llorados y sus reacciones tan temibles.

Una de las cosas por las que valdría la pena tener una máquina del tiempo, sería para ver reflejada en la piel, en los ojos y en la expresión de la gente lo que significa el miedo y el terror que causa la posibilidad de la destrucción total. ¿Cómo se debió de haber sentido Leónidas en Esparta cuando se enfrentó al imponente ejército persa? Además del hecho de ser trescientos enfrentando a un ejército significativamente mayor, estoy seguro que en ese momento Leónidas debió de haber tenido miedo.

En medio de la década de los años sesenta con la crisis de los misiles en Cuba, pudimos ser testigos del miedo que llegaron a tener personajes como John F. Kennedy o Nikita Jrushchov, contrastado con la despreocupación y falta de miedo de Fidel Castro. Y ahora, para iniciar el año 2020, el miedo aparece de nuevo. ¿Ahora sí se desencadenará la tercera guerra mundial? Estados Unidos está lidiando con Irán como si se tratara de un duelo de O.K. Corral, con la diferencia de que los grandes pistoleros del Viejo Oeste siempre tenían las de ganar. Y mientras Estados Unidos juega a la ruleta rusa con la cabeza del mundo, el miedo vuelve a aparecer.

En este nuevo juego en el que el mundo volvió a temblar, hay que saber que ya no podemos seguir siendo ignorantes ni frente a la bomba nuclear, que lo más seguro es que Irán sí la tenga, ni esperando que los problemas seguirán aplazándose. Cada vez más los problemas ponen en evidencia que esto no será posible solucionarse mediante el uso de la dialéctica y que en la actualidad el mundo se encuentra bajo un modelo de suma cero.

¿Se atacarán Estados Unidos e Irán? No ahora y no de esta manera. Hay que reconocer que de momento la crisis parece controlada, pero no hay que olvidar que, a diferencia de Mahoma, Trump pasará. También es necesario tener presente que el mundo –y tal vez esa es una de las explicaciones de la crisis general que estamos viviendo– lleva demasiado tiempo sin tener una guerra o un conflicto que cause una depuración de la población como en su tiempo lo provocaron las guerras mundiales y los grandes conflictos armados.

Nunca nadie nos explicó si Nerón realmente quería quemar Roma, pero lo que sí sabemos es que un día inició un incendio en la también llamada Ciudad Eterna y Roma ardió. No sé cuándo o si en realidad llegará el momento en que Donald Trump nos explicará qué es lo que estaba pensando al tomar la decisión de matar al militar más brillante de Irán. Pero lo que es claro es que con sus acciones ha logrado enfrentar al mundo contra sí mismo y contra todos en un punto sin retorno. Hemos llegado a una situación en la que si Estados Unidos no rectifica –como parece estar haciendo– y si el Nerón de nuestros tiempos consigue cremar nuevamente Roma, la paz del mundo solamente estará en manos de los pistoleros más terribles del salón, es decir, Vladimir Putin, Tayyip Erdogan y los chinos. Si no fuera por ellos, el mundo ya estaría ardiendo.

Vladimir Putin, convertido ahora en un filósofo de la violencia, lo explicaba muy bien cuando recientemente dijo: “debemos contenernos a la hora de llevar a cabo acciones extremas o peligrosas en las relaciones internacionales. El miedo al exterminio mutuo siempre ha contenido a los actores internacionales, ha frenado a las principales potencias militares a la hora de llevar a cabo movimientos peligrosos”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.