Haciendo historia
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Haciendo historia

01/04/2019
Actualización 01/04/2019 - 8:28

Sin duda alguna, el presidente López Obrador está inventando o intentando inventar una nueva manera de explicar la comunicación política. La velocidad, la diversidad y la profundidad con la que acomete cada mañana provocan que no exista cerebro humano que pueda seguirle sobre lo que significa la trascendencia de un hecho con otro. Lo importante y lo anecdótico se confunde y los análisis, dada la velocidad de los tiempos, resultan casi imposibles.

Se trata de una nueva interpretación de Big Brother pero a la inversa, Big Brother repetía tanto un mensaje que creaba un pensamiento unidireccional en las personas. López Obrador multiplica tanto los mensajes que resulta imposible no tener más que un pensamiento claro, él está en el centro absoluto de la historia del país.

La carta mandada al rey de España es una carta que es necesario entenderla bajo dos supuestos. El primero es que no he logrado entender la reacción de la Corona ni del Gobierno español, ya que ninguno de ellos estaba cuando sucedió la Conquista. Es más, ni siquiera la dinastía Borbónica gobernaba España cuando Castilla llevo a cabo la ocupación del territorio mexicano. El segundo supuesto es que España no puede olvidar que está tratando con un país que en términos absolutos representa aproximadamente el 20 por ciento de sus beneficios.

Además de que a los políticos se les debe exigir que hagan política y de que encuentren caminos, es necesario recordar que más allá de los ecos y del aluvión de las palabras, lo más importante es la transcendencia de los hechos. Hasta el momento no he leído ningún comentario que diga que la Conquista fue hecha por otros, aunque es necesario realizar una reflexión en conjunto sobre la relación económica actual entre México y España.

Es evidente que lo hizo tarde pero cuando Pedro Sánchez visitó México tenía mucha preocupación, como se lo expresó al presidente mexicano, en salvaguardar los intereses y las reglas del juego españolas. Con independencia de la carta y de la respuesta pintoresca, exagerada y poco política producida por la Corona española al mensaje de López Obrador, la respuesta a las preocupaciones del presidente español en relación con los intereses españoles en México fue clara, que se comporten de acuerdo al código ético. En su respuesta no estaban englobadas las razones económicas, ni estaba sacando cuentas, tampoco estaba estableciendo ni mucho menos extendió una amnistía general del país a las empresas españolas. Estaba recordando que sus negocios en el pasado podían fácilmente tener problemas en el presente, en función de su comportamiento ético.

Pero la verdad va más allá de la carta. Más allá –repito, de mi opinión– de la falta de inteligencia política a la respuesta que está teniendo España es que los números son muy claros. El sistema financiero español no podría sobrevivir sin México. En los últimos diez años BBVA ha sacado de nuestro país, a través de Bancomer, más de 400 mil millones de pesos, cantidad que representa más del 37 por ciento de sus beneficios globales en el periodo mencionado.

Una cosa es comer y llevarse bien con la presidenta del Banco Santander, Ana Patricia Botín y otra es garantizar que no habría sangre inmediata sobre el tema tan relevante de las comisiones bancarias. Otra cosa también es no darse cuenta de que actualmente la dependencia del beneficio español ante México es tan grande que con independencia de encontrar una respuesta matizada y con sentido a la petición política, lo que es importante es sacar los números sobre en qué radica una relación equilibrada entre ambos países.

Todavía nadie está escribiendo sobre hasta qué punto es legítimo que solamente una mínima parte proporcional de los beneficios adquiridos en nuestro país sean reinvertidos. Mismos que sirvan para conjurar pérdidas o para señalar las ganancias de una institución financiera extranjera con el dinero que gana en México. Es evidente que, como reiteró en Acapulco, el tema de las comisiones bancarias más pronto que tarde volverá a aparecer con absoluta rotundidad.

Por otro lado, está el juego tan extraño y tan incompetente que se está desarrollando en relación con las empresas energéticas y sus desarrollos en nuestro país. Ignoro qué cantidad de basura pudo haber acompañado a los acuerdos iniciales, pero soy consciente de que la participación de las empresas en la modernización del sistema energético ha sido y sigue siendo muy importante.

No sé cuánto tiempo se podrá mantener la broma de que la generación eléctrica la haremos con carbón y combustóleo. Tampoco sé durante cuánto tiempo podremos seguir sin ver los costos medioambientales de nuestras decisiones energéticas. Pero mientras tanto, sí sé que el país corre serios riesgos de comenzar una serie de apagones. Porque con independencia de los tratamientos financieros y de la recuperación de la inversión de lo que las empresas energéticas –fundamentalmente españolas– han hecho en el sector eléctrico en nuestro país, se están tomando medidas que afectan tanto la calidad de la generación y el suministro como la propia garantía jurídica y económica de la inversión.

No hay que olvidar que una de las operaciones más inteligentes, más morales y que le dio a México un perfil completamente distinto, fue la que inició Lázaro Cárdenas cuando abrió las puertas al exilio español tras la sangrienta guerra civil española de 1936 a 1939. Después de eso, las puertas siguieron abiertas y los gachupines chiflados desaparecieron la noche del 15 de septiembre en el Zócalo. Pero lo verdaderamente importante es, primero, no alimentar un nuevo espíritu nacionalista excluyente. Y segundo, sacar realmente las cuentas que no consisten sólo en el perdón sino en el reparto equitativo de cuánto se queda en México de lo que generan las inversiones extranjeras –especialmente las españolas– y que todo termina saliendo de nuestro país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.