Esperando al gobierno
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Esperando al gobierno

15/04/2019

Mes a mes, promesa con promesa y mañanera con mañanera, la historia del país se va construyendo. Qué bueno sería que las ilusiones y las buenas intenciones se vieran reflejadas en mejores cifras de desarrollo. Mejor aún, si fuese posible vivir en un mundo donde sólo una persona, como ya sucedió antes, asuma los pecados de todos sobre la base de una regeneración moral.

La vitalidad del presidente es admirable. Así como declaró que él sólo le pertenece al pueblo de México, también hay que decir que ha venido venciendo la edad. Cualquier otra persona no podría resistir el nivel de esfuerzo físico que supone hacer lo que hace. Para comprobar esto, observe cómo cada mañana el presidente puede estar más de una hora de pie sin descanso, mas que el recargarse ocasionalmente sobre el podio. Y esto lo hace sentando al gobierno, sin importar la edad, porque la función, misión y la autoperfección van más allá del tiempo, lugar, historia y resistencia. Dicho lo anterior y frente al festival de las buenas intenciones, él es el primero que tiene la obligación de pedir resultados y eficiencia.

Ser secretario de este presidente es un regalo. Los demás presidentes usaban a los secretarios como escudos que se iban quemando y desprendiendo por fases como si de un cohete se tratase, hasta que al final sólo quedaba la cápsula de la ilusión presidencial. Aquí el escudo del gobierno es el presidente y los secretarios circulan casi sin existir. Puesto que nadie le impone esta manera de funcionar, supongo que cuando el presidente –en privado– pide resultados, estos se le entregan. Pero la verdad es que este sentido de perfección no solamente puede estar sujeto a errores, sino que además me parece injusto para todo el país.

Me gustaría saber, más allá de los recortes fantásticos del secretario de Hacienda y su feliz reencuentro con su maestro Jaime Serra Puche, qué es lo que piensa hacer por la estabilización económica. También quiero saber quién, cuándo y cómo está apostándole a la forma en la que generaremos el dinero suficiente para soportar los programas de la cuarta transformación. Es momento de que el gobierno gobierne. No puede ser que, desde el precio de la gasolina hasta la reforma educativa o los uniformes de la Guardia Nacional, todo sea función presidencial. Porque si es así, y siguiendo con la austeridad republicana y el gasto franciscano, ¿por qué no echamos a todo el gobierno?

Pobre de aquel que pensó que el país dejaría de ser corrupto al minuto siguiente de atravesar el Jordán de las puertas de Palacio Nacional. Pobre también quien imaginó que bastaría con levantarse a las 4:30 de la madrugada y reunir a los secretarios afectados por la seguridad una hora después, suponiendo que eso rebajaría per se los actos criminales.

Por todas partes se está creando una bipolaridad. Los mensajes lanzados mañana tras mañana son la agenda política del país. Estos mensajes no sólo colocan en un callejón sin salida a la inexistente oposición, sino que dejan sin voz –y ojalá no sin votos– al propio gobierno. En algún sitio las cifras avanzan sin dar tregua y ha llegado el momento de, más allá de grandes declaraciones, explicar cómo, cuándo y dónde va a ser la guerra contra los criminales, si es que la va a haber. Me parece que los ciudadanos tenemos derecho a esperar que matar sea por lo menos tan grave como usar una factura falsa. Los ciudadanos tenemos derecho a saber que se acabó con la corrupción, mas no sobre la base de mirar a otro lado o interrumpiendo todas las acciones. Pero al no fiarnos de los círculos de poder heredados, que se saben todas las mañas y son capaces de engañar a la mejor de las intenciones, adjudicamos de manera indirecta. Llegó el momento de practicar la claridad, la transparencia y la responsabilidad, y no solamente desde un lado, sino de todos.

No me gusta el juego de saber quiénes son los culpables y no tener la certeza de si los perdonaremos o no, ya que creo que es malo para el país. Si sabemos que son culpables, más allá de creerlo y lo podemos probar, podríamos también organizar un proceso de acuerdo con nuestra coherencia legal, es más, debemos hacerlo. De lo contrario, deberíamos extender una propuesta decidida sobre el punto final y decir que no se piensa tocar a nadie. Hasta aquí las facturas falsas pasadas no se pagarán, mientras que las futuras valdrán lo mismo que un crimen. Lo que se debe evitar es la disfunción entre la violencia de las calles y la búsqueda y la persecución por las oficinas del fraude fiscal. Es violencia, violencia fiscal y violencia asesina, pero la obligación del Estado es luchar en todos los campos y no sólo en uno.

Por último, quien piense que estoy criticando al gobierno, está en lo cierto. Pero también es verdad que quiero hacerlo en nombre de quien tiene la obligación de pedirles, criticarles y exigirles resultados, el presidente de la República. El gobierno no puede nombrar, no puede despedir y la única legitimidad para los que fueron nombrados se basa en la medida que sean eficientes al cumplir su programa y defiendan los intereses nacionales. Aunque comprobar eso actualmente resulta imposible.

Estoy dispuesto a dar un voto de confianza, pero cada vez que veo en los noticieros fifís, neoliberales o de la cuarta transformación las cifras de asesinatos, muertos y del estallido de la violencia, se me erizan los cabellos. Y es que ante las cifras de terror presentadas cada lunes, merecemos saber a quién le tenemos que pedir las cuentas. ¿Se las pedimos al secretario de la Defensa o al secretario de Seguridad? Porque no es posible, eso ya pasó una vez hace más de dos mil años, que un solo hombre cargue con todos los pecados del mundo y de su gobierno y sea crucificado, sólo que esta vez pasa diariamente de 7 a 9 de la mañana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.