España: el retorno de los brujos
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España: el retorno de los brujos

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España: el retorno de los brujos

20/01/2020
Actualización 20/01/2020 - 12:38

Negar la realidad. Tener dificultades para aceptar lo que pasa. Confundir lo que uno cree y lo que uno necesita con lo que en realidad la vida le ofrece. Seguir amparado en lo bien que le fue a un país hace cuarenta años, querer encarnar y saber el espíritu de lo que es mejor para todos pese a que la realidad demuestre lo contrario. Todo esto es el resultado de la crisis sin salida en la que actualmente se encuentra España.

Pedro Sánchez nuevamente ha logrado convertirse en presidente de España, aunque en esta ocasión lo ha conseguido con la mínima diferencia de dos votos. Realmente, Sánchez es la historia de un accidente casi biológico de la democracia española; ganó dos elecciones sin poder consolidar en ninguna de ellas la mayoría suficiente para gobernar. Llegó al poder porque –pese a que él no creía que fuera a pasar– se atrevió a plantear una moción de censura contra Mariano Rajoy, la cual, debido a las condiciones, todo el mundo aprobó y dio paso al primer gobierno de Pedro Sánchez.

El gran problema que la realidad plantea actualmente en el mundo es el hecho de no saber diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. Todos aquellos que defienden con su sangre, pero sobre todo con la ajena, la Constitución española de 1978 dicen –y tienen razón– que nunca ha habido una época de mayor desarrollo económico y político como el que hubo durante esa época. Pero lo que no dicen es cómo hemos llegado a este punto en el que España estalla por los cuatro costados. Sobre todo alcanzar una situación que con la elección de su presidente la semana pasada, no hace más que demostrar que precisamente la Constitución de 1978 ya no es suficiente.

¿Quién tiene la razón, los que defienden lo que sirvió en un momento o los que quieren quemar lo que hoy ya no sirve? Me temo que la verdadera razón está, como pasa en tantos otros países, en no tener el valor de vivir con lo que se tiene y seguir refugiado en lo que alguna vez se fue. Es tal como éramos, sólo que nosotros ya no somos lo de antes. A los que les pertenece este momento es a nuestros hijos, quienes piensan, viven, quieren y se mueven de una manera diferente.

Todas las palabras tienen su límite y si algo sabemos en la política actual es que decir la verdad carece de importancia. En medio del gran caudal político del milagro español y de la democracia española, el mejor negocio que los españoles han hecho fue haber contado con la habilidad de Adolfo Suárez, secundado por Juan Carlos I, en este orden, de hacer un cambio político saltando de ley a ley. Para destruir el franquismo nunca se vulneró una ley, al contrario, se usaron las mismas leyes de este movimiento para pedirles el voto contra sí mismos –cosa que se consiguió– y después legalizarlo mediante un referéndum.

Dentro del caudal que tengo de recuerdos y de haber participado en la aventura que fue la elaboración de la Constitución de 1978, sólo hay una cuestión de estilo que considero necesaria hacerle al actual presidente español. Y es que si él realmente lo que está haciendo es abrir un proceso constituyente, ¿por qué no le da todo el valor y dice que lo que está intentando implementar es eso?

Grave error de Pedro Sánchez, no llamar a las cosas por su nombre y no convocar este momento como un proceso constituyente. Un momento donde naturalmente, aparte de marear la perdiz y seguir tomándole el pelo a la gente con el referéndum de Catalunya, ha llegado la hora –como hicieron los ingleses con Escocia– de hacer el referéndum, se pierda o se gane. No lo ha hecho, por lo tanto se acabó la patente de corso que significó hacer las cosas de ley a ley. Estamos en la ilegalidad de los hechos y a partir de aquí cualquier cosa que pase estará explicada en toda la lógica instalada.

Nunca me han simpatizado los que creen que todo se arregla simplemente por el hecho de que algo ya funcionó en el pasado. No respeto a quienes no entienden que hay que blindar moralmente los grandes saltos de la sociedad porque de lo contrario estos siempre serían saltos hacia el vacío. España vuelve a recorrer terrenos trágicamente conocidos por sí mismos, siendo el más importante el de la separación y el del instinto fratricida. Esperemos que en la era del Twitter y de Instagram, todo se quede en batallas mediáticas de las redes sociales. Pero mientras tanto, los hoteles de Barcelona siguen vacíos, los restaurantes no tienen clientela y los boletos de avión continúan sin comprarse.

Ante lo anterior, existe un problema grave que es que no se podía seguir dejando a España sin alrededor del veinte por ciento más productivo de su territorio sin decidir qué son: catalanes, españoles, enemigos o amigos. En ese sentido este gobierno, al igual que todos los gobiernos, tiene la obligación política de prever una solución. Pero al mismo tiempo este gobierno tiene el compromiso –aunque en la era de la desinformación y de la mentira esto no importe– de decirle al pueblo dónde lo está metiendo. Ya que donde lo está metiendo es en una situación en la que no se enterrará la Constitución de 1978, sino que se rectificará sobre aquellas cosas que han dejado de tener vigencia.

Por otra parte, América conocerá al nuevo gen internacional podemita español que naturalmente se va a aliar al gran cambio que se está produciendo en el continente americano. Y será verdad o será mentira, pero prepárense para ver cómo las leyendas urbanas y populares le darán mucho poder a los provenezolanos, proiraníes y a quienes están a favor de Podemos, ahora vicepresidentes de un nuevo y distinto gobierno español.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.