Érase una vez México
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Érase una vez México

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Érase una vez México

18/02/2019
Actualización 18/02/2019 - 9:06

No hay persona adulta que no tenga presente a los personajes que le acompañaron durante lo que para algunos es la verdadera patria del hombre: su niñez. En casi todas partes y entre ricos, pobres e indígenas se sabe quién es Peter Pan y se sabe qué es Neverland, la tierra de Nunca Jamás y que es el sitio en el que habitan los que no quieren crecer. Muchas veces confieso que en este espectáculo en el que se ha convertido esta revolución pacífica y tersa –hasta el momento y sin llamarla de otra manera ni equivocarse–, pero revolución a fin de cuentas, que es la cuarta transformación, los personajes de Peter Pan acuden a la inminencia.

¿Es posible congelar el bien de la historia? Hay mucha gente que cree que sí, entre ellos Donald Trump. En los últimos cincuenta años del siglo XX la historia de Estados Unidos fue el libre comercio, a Trump le bastaron unos meses en la Casa Blanca para acabar con eso y volver a imponer aranceles. Por lo tanto, la visión de nuestro presidente en relación con cómo siente y ve México no es muy diferente a la de otros gobernantes del orden actual.

Lo cierto es que mañana a mañana, acto con acto y declaración a declaración, hay cosas que ya se pueden entender como definitorias de este tiempo. Para mí, la primera es que en México ha muerto la política, ¡viva la verdad! ¿Por qué digo eso? la política es el arte de lo posible y en el arte de lo posible existen los huecos, si todo el diálogo político empieza y termina con el presidente, la capacidad de modificar una idea, una leyenda o un chisme, es muy limitada.

La palabra del presidente en cualquier país, especialmente en el nuestro, es casi ley. Y si ese presidente además cuenta con mayoría en el Congreso, con el apoyo de la gran parte de los gobernadores y con la aceptación, hasta el momento, del 86 por ciento de los encuestados, el margen de poder hacer política no solamente se reduce, sino que desaparece.

Estamos en una situación en la que, como demostró el lunes pasado en diálogo directo con Manuel Bartlett, no solamente nos dedicamos a hacer juicios de valor sobre actuaciones legales, sino que, más importante que ello, llevamos a cabo juicios que van marcando lo que debe ser. Observe que el único mensaje concreto que López Obrador le dio a los españoles en su visita oficial fue el nuevo primer mandamiento de la cuarta transformación y de los negocios. Al presidente español y a los empresarios españoles, que tanto siguen sacando de México, les dijo que se comportaran con ética. Al resto del país, nos hizo el diferendo fundamental de que una cosa es la legalidad y otra es la inmoralidad.

Difícil cuestión. Las hogueras y los cementerios están llenos de gente que se creyó en posesión de la verdad y muchos han sufrido por la implantación de una verdad. Soy consciente de que el mar de inmundicia que llevó a López Obrador hasta donde está, está compuesto por corrupción, impunidad, desviación social y falta de solidaridad. Pero al mismo tiempo reconozco que en la era moderna no ha habido ningún gobernante que pudiese hacer las cosas de mejor manera que López Obrador.

Como he dicho en otras ocasiones no necesita cometer ninguna ilegalidad, por el momento cualquier cosa que se le ocurra es trasladable no a una recomendación de intenciones, sino a una práctica hasta legal. Por eso me parece que dado que estamos en la eliminación de los intermediarios sociales, en el principio y el final de las mañanas y en un proceso en el que sobre todas las cosas se trata de iniciar un rearme moral de la nación, me parece más importante ser respetuosos con las formas y saltar de ley a ley. Que las leyes que no sirvan se deroguen, se tiene la fuerza y la capacidad para ello, pero mientras estén vigentes que se respeten.

El primer principio de la buena política consiste en creer, aplicar y ejecutar las leyes que tenemos. La gran oportunidad de las sociedades es elegir a quienes hagan leyes que encarnen mejor el espíritu de los tiempos. No seré yo quien se sume a ese coro casi de desesperación, de estupor o sorpresa ni de calificar sobre lo que está o no está haciendo el presidente. Me basta con tratar de tener un juicio sereno sobre la situación. Eso sí, reseñar que no importa cuánto sea de suficiente para el presidente perdonar a los pecadores, pero al apuntar sus pecados públicamente por las mañanas está en una dinámica en la que no va a poder controlar la reacción legal ni popular de lo desencadenado.

Por muchas razones, Enrique Peña Nieto aparece como el consentido. Ya que en los últimos y más importantes procesos de denuncia contra los que traicionaron al país, no se encontraba ni el expresidente ni los demás autores de la reforma energética. Pero la dinámica iniciada va a obligar a que el carro de fuego, como el profeta Isaías anunciaba, comience por la presión pública y todo por un caso del sexenio de Peña Nieto.

Es necesario saber que, por las mañanas, el presidente amasa el futuro, con parte de la levadura de la frustración, de la amargura y del fracaso social, por el que él todas las mañanas puede pretender reformar al país desde su Palacio Nacional. Pero también sepan que no hay nadie –seguramente los dioses, pero no es el caso– que pueda controlar las dinámicas sociales que se están desencadenando.

Por la mañana amasamos el futuro con parte de esa amargura y esa cuenta pendiente que tienen los pecadores con la sociedad que queremos construir y cuantificamos la hiel que hemos heredado después de tanto abuso. Pero por las tardes compensamos al pueblo oprimido, a los engañados y estafados con la miel del regalo del Estado. Y en medio, yo que estoy de acuerdo con que se dé, creo que fue suicida para el país no haber previsto antes el desequilibrio social, ni haber terminado con la corrupción, así como el no haber hecho nada ante una impunidad tan ofensiva y lacerante, mi pregunta es, ¿quién seguirá pagando la piñata?

El presidente necesita un pacto y no solamente con los altaneros ni con los pecadores, perdonados de momento, necesita un pacto con los centros productivos. No ha habido ninguna revolución en el mundo que se haya podido asentar sin utilizar a los capitanes y responsables de las industrias para crear la riqueza que dio paso a la estabilización.

Durante las Olimpiadas de Barcelona de 1992 tuve la suerte de tratar personalmente a Nelson Mandela, quien todavía no era presidente y que había sido mandado como trainee por Frederik de Klerk a visitar todo el mundo con el fin tomar un curso acelerado de estadista. Un año más tarde, en una visita a su despacho en Pretoria, Mandela me hizo una pregunta directamente dirigida sobre mi intervención en la transición española. Al contestar la pregunta me dijo lo siguiente: “mis hermanos no comprenden por qué he dejado el control de la economía sudafricana en manos de la gente del apartheid” – sin referirse a ellos como los white. A continuación, añadió: “lo único que destruiría el fin del apartheid y del sueño de Sudáfrica sería la paralización económica”.

No sé si es necesaria una Nueva Política Económica como le tocó hacer a Lenin. Pero sí sé que es el momento de aplicar sin perdonar, sin ser florero y sin ser cómplice del bien superior. En este caso, el bien superior es no olvidar que el sostén de cualquier revolución son los estómagos, si no satisfechos, sí por lo menos cubiertos. Y, por último, que escrito está en todos los libros –los sagrados y los otros– que no podemos olvidar que los seres humanos vivimos anhelando, soñando y siempre queriendo mejorar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.