El lenguaje lo es todo
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El lenguaje lo es todo

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El lenguaje lo es todo

14/01/2019

Noam Chomsky tenía razón, el lenguaje lo es todo. No sé si será el milagro del primero de diciembre ni si de verdad con no mencionarlo, con no traerlo o evitando el uso de la palabra, el fenómeno desaparecerá. Pero la verdad es que, ya sea por lo neoliberales, por los conservadores, por los fifís o por los progresistas, este país ya no es el mismo. Desde el primero de julio la guerra contra la violencia, el crimen organizado y las drogas ha desaparecido de nuestras vidas.

Hablando del lenguaje, la crisis del combustible y del huachicoleo muestra lo que significa ser esclavo de nuestras palabras. A estas alturas queda claro, como explicó López Obrador, que la guerra contra el huachicoleo es la primera carga importante de la lucha contra la corrupción. Y para lograrlo, tal y como dijo en la entrevista hecha por El Financiero en el programa de La Silla Roja, necesita la comprensión y la ayuda del pueblo de México. Por eso es tan importante haber empezado a dar el mensaje desde el inicio como lo que es. Ya que esta crisis y sus consecuencias no se sobreponen ante las ineficiencias que el gobierno ha cometido en el tratamiento de lo que quiere hacer ni los problemas que está creando a sus ciudadanos. Esto va mucho más allá de un planteamiento ideológico, es poner en práctica lo que es la primera y trascendental oferta del programa de la cuarta transformación.

A partir del primero de julio, los muertos han sido por otra causa que en algún momento se sabrá. Después de doce años y de una matanza como la que hemos vivido, se ha decidido cambiar las calificaciones, el enfoque y ya veremos si la estrategia que nos lleve a alcanzar la victoria y esa será sinónimo de paz para todos. Aunque también, la paz siempre tiene un precio y normalmente se paga en sangre y en felicidad.

México ha invertido mucho los últimos doce años para tener un siglo de paz. No tenemos el millón de muertos mítico de la revolución, pero sí tenemos unos estándares de muerte que nos deberían hacer pensar qué es lo que ha pasado. Porque durante mucho tiempo he oído preguntas que vienen de fuera como: ¿por qué con tanta desigualdad social no arden los centros de las ciudades? o ¿acaso el pueblo mexicano es el más comprensivo, tranquilo y que aguanta más del mundo?

No, no es eso, pero lo que sí es cierto es que el narcotráfico dio una salida al gran problema social. Y no es solamente que te convirtieras en sicario porque no había ningún otro lugar para ti, es que al hacerte sicario y matar te estabas rebelando contra esa franja social que marca de los abuelos a los nietos.

Somos un país con muchas otras cosas y donde en tan sólo seis meses, la dialéctica ha cambiado, otra cosa es si la realidad ha cambiado. A veces envuelto en el manto de lo que pasó o de lo que para mí es lo que está sucediendo, tengo la tentación de pedirle al gobierno de la cuarta transformación que declare legal la realidad. No es que estemos en un país de fake news, es que estamos en dos, en tres países o en cuatro países, que necesitan un tiempo de reeducación y readaptación.

Desde López Portillo y Luis Echeverría, tan de moda en estos días por diversas razones, ante la palabra multilateralismo, los países no alineados, la búsqueda del nacionalismo, la Doctrina Estrada ha sido parte sustancial de nuestro componente como pueblo mexicano. Ahora, poco a poco, uno va entendiendo que la política exterior de la cuarta transformación llega hasta Chiapas.

Estamos en el mundo de la internacionalización y entiendo a los que usan las palabras como una explicación de por qué no quieren seguir dentro de la rueda que se volvió loca. López Obrador sabe que sus colegas de gobierno del mundo están locos y que él es presidente de México en un momento en el que hay un presidente en Brasil que el primer día que tomó posesión se dedicó a quitarle los derechos humanos a los que tienen otras inclinaciones sexuales.

López Obrador también sabe que frente a él tiene a un señor que más bien parece una película, un Ciudadano Kane enloquecido buscando a su Susan Alexander en forma de muro, llamado Donald Trump. Está al tanto de que no hay ninguna posibilidad de hacer una política con los Estados Unidos, salvo ponerse de refilón, esperar a que pase la manada Trump y ver entonces qué es lo que ocurre.

Por otra parte, los ejemplos de estos locos que ahora gobiernan, inundan de tal manera el planeta que es difícil que sus acciones no consigan llamar la atención. El gobierno italiano, compuesto de antisistemas, ofrece apoyo a las rebeliones sociales contra el gobierno antisistema de Francia. Estos son ejemplos que demuestran que, hagamos lo que hagamos, firmemos lo que firmemos o apoyemos lo que apoyemos, todo carece de importancia.

Les gusta mucho decir –y estoy de acuerdo– que no hay que ser candil en la calle y oscuridad de la casa. De igual forma les gusta mencionar que para poder incidir en los derechos humanos de los venezolanos o de cualquier otro, primero hay que tener la casa en orden, en lo que también coincido. El problema es si el mundo será mejor, independientemente de si nosotros dejemos de tener más problemas, si cada uno de los componentes del mundo actual se mira el ombligo.

Bienvenido a la construcción de una nueva era que empieza por algo tan sencillo como “primero sobrevivamos aquí y luego vemos que hacemos con el mundo”. Pero hay que ser conscientes que todo lo que nos rodea, todo lo que se ha creado, es un mundo sin fronteras, sin espacio, sin tiempos y sin países. Es el colmo de la contradicción. Nunca el mundo ha sido más en balde, más universal, pero al mismo tiempo dictado por una tendencia de políticas nacionales que, encerradas en sus fronteras, se dedican a ser un ejercicio autista.

Pero todo esto estará bien si al final, como espero que suceda, dentro de un año le pueda llegar a decir a los que hoy se levantan con dos tortillas que, gracias a todo esto, pudieron tener cuatro tortillas. Todo habrá valido la pena si los que no tienen más remedio que ser sicarios y los que no encuentran ninguna diferencia entre matar y morir consiguen tener una recuperación y una razón para vivir.

Cada día me preocupa más el desarrollo de un gen que me obsesiona y que veo crecer en nuestro pueblo. Tras mucho tiempo de estudio sobre la violencia loca y terrible de los yihadistas, llegué a la conclusión de que no es posible ganar una guerra contra un ejército que lo primero que entrega es la vida, ya que cualquier ser humano en el mundo lo que quiere es seguir vivo o al menos era lo que quería. Sin embargo, los daños en el alma humana son tan profundos que en nombre de un Dios o en nombre de una injustica social se puede llegar a tener un posicionamiento tan violento donde no exista ninguna diferencia entre morir y matar, y donde matar sea parte de cobrar la deuda eterna y permanente de la tristeza de nuestros pueblos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.