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El infierno

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El infierno

21/09/2020
Actualización 21/09/2020 - 12:49

En la vida siempre existen muchas maneras de seguir adelante, pero lo que tengo claro es que no basta con tener las ganas de hacerlo, ni mucho menos con tener una razón para ello, sino que además es necesario buscar la manera para triunfar. Haber llegado hasta aquí –a pesar del Covid-19 y del valle de lágrimas que ha traído consigo esta situación– ha sido todo un logro. Y es que si reflexionamos sobre el despojo humano que ha sido nuestra historia y si consideramos las imposiciones y mandamientos de instituciones como la Reserva Federal de Estados Unidos o el Banco Central Europeo, nos podremos dar cuenta de que podemos considerarnos como auténticos supervivientes que en cualquier momento podrán morirse por gracia de Dios y con el estómago vacío, pero con el alma llena. Aunque todo esto, como es costumbre, en México no es suficiente y el problema es saber qué es lo que verdaderamente sigue a partir de este momento o, más bien, cómo le haremos para seguir después de aquí.

Si usted tiene hijos pequeños, obsérvelos, no como una carga ni desde la gran tragedia de la historia de la humanidad. Nadie nace preparado para lo que le va a tocar vivir ni sabemos qué es lo que nos podrá deparar en el futuro. Pero mi propia experiencia me dice que la única manera de triunfar en el oficio que seguramente es el más difícil del mundo, que es el de ser padre o madre, está acompañado de un gran truco: aprender a respetar no sólo a nuestros hijos, sino todas las circunstancias que los rodean. Y es que el mundo que usted y yo conocimos no tiene nada que ver con el que les tocó conocer a nuestros hijos. A partir de este momento, ¿qué podemos hacer por ellos? Y lo digo porque en realidad el panorama dista de lo esperanzador. Cuando nuestros hijos vean el infierno que se está desatando en California, la antigua tierra dorada, el estado más grande de la Unión y el lugar que, de independizarse, podría ser la quinta economía más grande del mundo, se darán cuenta de todo el daño que le hemos hecho al planeta. Y es que al ver el cielo rojo acompañado por el aire que huele a azufre, me resulta imposible no pensar que lo que está pasando allí se trata de representación gráfica de lo que es el infierno. 

Con las fuertes imágenes que se ven en California y en las zonas aledañas, ¿cómo le explicaremos a nuestros hijos que todo eso lo provocamos nosotros? Y es que además es necesario decirles que pertenecen a un mundo en el que, frente a esa evidencia que sencillamente te cocina y te ruste en función de los vientos, esa tragedia y ese infierno en el que viven los californianos, los habitantes del estado de Oregón y los ciudadanos de las demás zonas afectadas, está acompañado por señores que pusimos en la Casa Blanca o en el Palacio Nacional –según sea el caso– que argumentan y defienden que el cambio y debacle climático no existen. Hablando de California –y al hacerlo también me refiero a las californias que se encuentran en México– me viene a la mente la pregunta, después de haber sido una representación de lo que podría ser el paraíso, ¿no será que todo esto es una especie de anticipo de lo que nos espera en el infierno?

En realidad, haga un examen propio de conciencia y trate de responder o buscar cómo es que le explicaremos a nuestros hijos todo lo que hicimos o dejamos de hacer para llegar hasta aquí. Sin duda alguna, esta explicación debe empezar por dejar de perder el tiempo llorando o lamentándonos por todo lo que estamos viviendo. Aquí estamos. Tenemos que definir o ver si es posible retroceder frente a todo este desastre que provocamos sin que el mundo termine de destruirse. Y es que, por si no fuera poco, además de los incendios, también estamos siendo testigos del colosal desprendimiento y deshielo de cientos de kilómetros de glaciares como si se tratara de un regalo que al mismo tiempo viene acompañado de millones de bacterias que van tomando vida y que no dudo que tengan la capacidad de reproducirse.

Fotoarte de Esmeralda Ordaz.

Después de todo esto, ¿será posible salvarse individualmente? Seguramente no, ya que el aire que respiramos, lo respiramos todos por igual. Lo que también es seguro es que, si no decidimos tomar cartas en el asunto, el aire no sólo no mejorará con el tiempo, sino que su calidad irá cada vez más en detrimento, al igual que nuestra salud, y nuestro camino en esta aventura que llamamos vida será cada vez más corto. Desde este punto de vista, cuando el problema no es que nos vendan ya no las perlas de la Virgen –ya que ahora no sólo no hay perlas y a las vírgenes las matamos–, sino que el problema es que ahora no tenemos más que contaminación, enfermedades y desamparo enfrente de nosotros y hasta este momento no hay una opción clara para hacerles frente.

Seguir queriendo combatir todo esto bajo el ejercicio de la victoria de la civilización que representa el echar un papelito por una ranura llamada urna, ¿es suficiente? Claramente no. La democracia ¿nos sacará del sitio en el que nos encontramos? La respuesta es sencilla: no. Y es que no sólo es el hecho de que no existe un sistema mejor que la democracia, sino que el verdadero problema somos nosotros. El problema siempre hemos sido nosotros. El gobernante que hoy está frente a usted, ese que usted niega, maldice y al que le echa la culpa de cómo maneja y de todo lo que pasa en su vida, a ese gobernante usted lo eligió y es la representación de todas las personas que lo rodean día con día.

Hemos llegado a un punto en el que es necesario cambiar los objetivos y las prioridades. Nuestro objetivo principal, sin duda alguna, es no morir. Segundo, poder respirar mejor y el tercero es iniciar el camino de la recuperación. Cada vez que usted tenga la duda o piense que las cosas no están tan mal, por favor voltee a ver a California. Cada vez que por cinco segundos piense que está viviendo en un mundo mejor de lo que parece, dese el tiempo de recordar California. Imagínese lo que significa ver el infierno que se desata desde Sunset Boulevard, en Los Ángeles, hasta el Golden Gate Bridge, en San Francisco. Y es que, a partir de lo visto, yo propongo que se produzcan series y películas sobre lo que nos espera, aunque para ello no es necesario tener mucha imaginación, ya que lo que nos espera es el infierno. Y el infierno tiene ya una imagen que lleva por nombre California.

De factoría de los sueños a fotografía de la pesadilla. Y lo que se está viviendo en las Californias, tanto en la estadounidense como en las mexicanas, es nuestra peor pesadilla reflejada. Aunque no se puede olvidar que la parte de California que está en territorio mexicano tiene todos los problemas que su contraparte estadounidense más las drogas, el hambre, la falta de asistencia social y las clases de salvajismo representadas por una violencia suprema –de la cual los mexicanos podemos presumir que nos hemos graduado cum laude– y que a su vez nos define como pueblo. Lo que está sucediendo con el clima y todo lo que hicimos para llegar hasta esta situación, no es nada comparado con la afición que en México tenemos de descuartizar a las personas, de matar a las mujeres y de sembrar cabezas en los bailes.

Todo ya es una especie de representación de la película Apocalypse Now. Todos nos hemos convertido en el coronel Kurtz y la única manera de no acabar abiertos en canal como las vacas o frente a la crueldad extrema del hombre blanco que no es consciente de los hombres que mata, es saber que el infierno no es algo que amenaza nuestro mañana. El infierno es nuestro presente y todo lo que tenemos que hacer es evitar que se convierta en nuestro futuro. Se lo debemos a nuestros hijos. Y aquí le vuelvo a pedir que fije su mirada en ellos, que sea honesto con usted y con ellos. Le vuelvo a pedir que no se engañe más sobre que en las próximas elecciones caerán los que necesitan caer. Hemos caído todos. Necesitamos cambiar el sistema de raíz, ya que no se puede convivir ni un día más, porque este, este es el camino al infierno. ¡Bienvenido!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.