El fin de la espera
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El fin de la espera

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El fin de la espera

14/09/2020
Actualización 14/09/2020 - 11:35

El mundo carraspea. En un sentido físico y figurado. Todos llevamos lo mismo en la garganta: la enorme duda de qué es lo que sigue a partir de aquí. Pero no le dé más vueltas, todo está claro. Es conmovedor ver cómo los partidos políticos y sus líderes siguen creyéndose dueños de las sociedades. Y es que, por encima de la palabrería, de los think tanks y de lo que conocíamos, el sentimiento y el impulso se imponen al conocimiento, y en la actualidad las decisiones políticas se toman bajo el vértice de la desesperación. El subconsciente de todos exige seguridad, sin embargo, a estas alturas eso es algo que ya nadie nos puede garantizar. Por el contrario, nuestro consciente, lo que conocemos, lo que sabemos y lo que tocamos nos repite –una y otra vez– que se acabaron las seguridades.

¡Qué suerte tienen los millennials! Ellos nunca creyeron en el Estado ni en la falsa seguridad que supuestamente debería de otorgar el bien colectivo. La mayor parte de los millennials viven no en sus rollos, sino enrollados en su propia percepción de la vida con una idea muy clara: sólo se vive una vez y lo importante es vivir bajo sus deseos y sin ningún tipo de condición. Además, esta generación le ha dicho adiós a todos los tabús, desde los sexuales hasta los religiosos y políticos.

Estamos siendo parte de un mundo egoísta y concentrado en sí mismo. Pero era peor vivir en un mundo falso que nos hablaba de las solidaridades, de la protección colectiva, que nos decía que cuando nos enfermáramos habría un sistema que nos salvaría y que cuando fuéramos viejos alguien nos cuidaría. Fin de la mentira. Fin de la espera. En esta época no hay posibilidad más que para hacer un viaje y ese es un viaje hacia uno mismo. En la actualidad no hay más que una realidad. La felicidad –un concepto siempre tan evanescente y que admite tantas interpretaciones personales– es una cosa que depende de uno y que sobre todo radica en descubrir cómo cada uno la consigue de forma interna.

El elemento más importante que todo esto ha traído consigo es la concatenación de hechos, pero como siempre, ser humano significa ser ciego. Como siempre, las personas no estamos aquí para tener un ejercicio de anticipación responsable sobre nuestro fin, estamos aquí para saber que alguien, en algún lugar, se está preocupando por nosotros. Y de esta forma –desde finales de la década de los años noventa, desde la caída del Muro de Berlín y desde el fin de la supremacía de una hegemonía sobre las demás– poco a poco hemos ido construyendo un mundo completamente fracasado y fallido. Un mundo cuya característica más importante es que sólo puede recomponer el rumbo bajo una reestructura interna que permita remediar lo que está sucediendo en el exterior.

Desde finales de la década de los años noventa sabíamos que estamos liquidando el planeta. También sabíamos que era insostenible el nivel de contaminación y que los hielos se derretirían. Éramos conscientes que había millones de bacterias y virus que han –o habían– permanecido congeladas demasiados años. Sin embargo, ahora vea usted lo que ha sucedido. Con el deshielo de los polos y con las bacterias y virus que se han incorporado al aire que diariamente respiramos, ahora el único calor que podemos encontrar se encuentra en el crematorio.

Empecemos por orden. En primer lugar, tenemos la revolución de las comunicaciones. Tuvimos que pasar de ser el rebaño, que los de arriba intentaban manipular, a ser el rebaño que con nuestros válidos manipulamos la realidad. Sin embargo, nuestra determinación ha sido tan fuerte y poderosa que, primero, no han logrado doblegarnos. Pero, segundo, quienes nos gobiernan poco a poco han aprendido que la forma más eficiente de manipularnos es por medio de inmiscuirse en nuestros pensamientos y sentimientos al desarrollar granjas de bots, compañías y demás herramientas aplicadas en Twitter, Instagram y las redes sociales en general. No lo han conseguido, seguimos siendo una explosión inconsistente de sentimientos, pero eso no es malo, es lo que es. Lo que sí es malo es no saber sumar los datos.

Fotoarte de Esmeralda Ordaz

¡Qué extraños somos los terrícolas! Pretendemos destruir todo lo que nos rodea; sin embargo, buscamos estar bien a cualquier precio. Despreciamos a los políticos sabiendo que nos usan y nos engañan; sin embargo, elección tras elección, volvemos como la manada a hacer el camino. Todo esto me recuerda a la Gran Migración que a partir de mayo llevan a cabo los ñus y las cebras. Una migración que comprende desde Tanzania hasta Kenia y que tiene un gran reto: el paso por el río Mara, lugar en cual los cocodrilos esperan ansiosamente su llegada para simplemente abrir la boca y partir en dos a todo aquel animal que pase por encima de ellos. Así son las elecciones. Los cocodrilos son los políticos y nosotros somos las cebras y los ñus que se dirigen lentamente hacia su boca. Pero a pesar de saberlo y ser conscientes de ello, cada cuatro o seis años –según sea el caso– nosotros realizamos nuestra migración. Algunos se salvan, otros mueren, pero ese es el precio de formar parte de una manada.

En definitiva, se acabó el tiempo de espera. Los partidos ya no gobiernan y a los políticos ya les dura muy poco el encanto. Al final, si no entendemos que nosotros mismos hemos sido quienes han abierto los frascos donde los virus y las bacterias se encontraban contenidos, seguiremos muriendo sin entender ni preguntarnos por qué estamos siendo castigados de esta manera. En primer lugar, nos castigan porque nunca tuvimos un verdadero instinto de conservación. En segundo lugar, porque a todos –pero especialmente a las generaciones anteriores– nos han robado y engañado durante décadas. Siendo parte de una generación ilusa, yo puedo decir que me detengo en los semáforos, pago mis impuestos y sigo obedeciendo las órdenes de la autoridad. Sin embargo, el Estado me estafó. Y es que el Estado no me ha dado nada de lo que me prometió. No me dio educación ni se la da a mis hijos, no me dio sanidad ni para mí ni para los míos y a pesar de ello, yo tengo que seguir pagando. Porque si dejo de pagar y de cumplir con mis supuestas obligaciones y responsabilidades cívicas el Estado me enviaría a la cárcel, como si esto fuera lo que es: un asalto de caminos a cargo de asaltantes con licencia para matar. Y lo peor de todo, es que esa licencia la pagamos nosotros.

Se acabó. Es necesario inventar una nueva obra. Naturalmente, lo más apasionante de este tiempo es que nadie sabe lo que está sucediendo. Rectifico, todos intuimos, pero pocos queremos saber lo que verdaderamente está pasando. Yo me apunto para ser parte de la reconstrucción del mundo. Entiendo muy bien que esta reconstrucción empieza por uno mismo y por no ofender más a mi inteligencia tratando de entender o llamar política a lo que sólo es un vulgar y casi pornográfico espectáculo de falta de clase. Un espectáculo donde el odio manifiesto es el mismo sistema gubernamental.

Confieso que hace mucho tiempo comprendí que el dicho que dice que “quien a odio mata a odio...” no es necesariamente aplicable a todos los casos, sino que es el camino del odio y todo lo que éste tiene consigo, lo que verdaderamente supone el suicidio colectivo de las ballenas contra las playas de la insensibilización.

Pero a pesar de ser conscientes de lo que puede llegar a provocar el odio, en la actualidad estamos siendo testigos de una campaña promovida por el país que llegó a ser la primera potencia del mundo –que ya no lo es–, una campaña teñida por el odio. Un odio como nunca antes se había visto. Con razón o sin ella y no sé durante cuántos años, el odio no tuvo color, pero ahora no sólo es el hecho de que el odio ha dejado de ser blanco para ser de color, sino que dentro del país que una vez lideró el mundo, lentamente se está gestando una nueva especie de guerra civil. Y al final del día cada vez que escucho convocatorias que tienen como objetivo convertirnos en seres más sociales, más cívicos y formar parte de un bienestar común, primero, no puedo evitar pensar sobre todo en lo que ya me estafaron. Segundo, me pregunto: ¿cómo se atreven a pedirme otra vez mi complicidad para la nada? Sobre todo, cuando el proyecto es sólo seguir usándome.

Con todo lo que estamos viviendo, ¿qué fue lo que verdaderamente ya se acabó? La posibilidad de vivir en la mentira. Y es que, ¿usted quiere una vida o quiere una estafa? Naturalmente siempre es más fácil destruir que construir. La humanidad lleva millones de años en situaciones como ésta. Lo importante es saber qué hacer cuando se llega al final de la espera, tal y como en la actualidad está sucediendo.

Seguirá…

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.