El argentino impasible
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El argentino impasible

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El argentino impasible

16/12/2019
Actualización 16/12/2019 - 15:07

El 9 de mayo de 1983 fue un día en que la primavera rompía en Buenos Aires. Faltaban cuarenta y ocho horas para que se hiciera público que la dictadura, el horror y el paseo de los demonios por las calles de Argentina habían provocado la desaparición de más de treinta mil personas. Ese día era la primera vez que yo pisaba el suelo de un aeropuerto que me llamó la atención cuando lo anunció previo al aterrizaje: bienvenidos al aeropuerto Ministro Pistarini de la ciudad de Ezeiza en Buenos Aires.

Cuando una persona llega a la India se da cuenta de que está en otro planeta. En cambio, cuando alguien viaja a Argentina, habla con los argentinos y ve su comportamiento, se da cuenta de que se encuentra en otra galaxia. No sé qué es más difícil, si un paseo por la superficie lunar o un encuentro contigo mismo entre la Recoleta y la Alvear, pensando en ese pueblo tan curioso donde simplemente por ser y estar da un carácter y un comportamiento que significa en sí mismo una marca de actuación política, económica y social.

Mi estancia en Argentina duró del 9 de mayo hasta el 10 de diciembre de 1983, partiendo después de que el doctor Raúl Alfonsín me distinguiera con su amistad y me invitara a su toma de posesión como presidente de Argentina. Es imposible describir en un artículo o incluso en un libro las emociones encontradas en ese momento. Igual de difícil es explicar lo que significa ir a comer como si uno fuera normal, y sobre todo como si Ernesto Sabato o el país de Jorge Luis Borges formara parte de la normalidad. Resulta también imposible explicar que en esa época cada argentino tenía un proyecto de país de transición, de perdón o de castigo.

A partir de ahí he visto todas las crisis de Argentina. Es más, cuando me marché esa tarde del 10 de diciembre, comprendí que Argentina es un país que sólo es feliz entre crisis. Entendí que Alfonsín y la Unión Cívica Radical intentarían hacer las cosas bien, pero que era difícil lograrlo en un país donde cada uno de sus habitantes son una lectura de todo el país. Esa tarde también comprendí que Argentina no es como Alemania, donde la personalidad individual es capaz de convertirse en una personalidad colectiva. En Alemania, todo lo que dice el Estado está bien. En Argentina es muy difícil encontrar un país, ya que cada argentino es en sí mismo un continente.

Muchas veces me he preguntado si es posible ser argentino y vivir sin soñar. Siempre he obtenido la misma respuesta, no es posible. Y no lo es porque Argentina no es sólo un país que se sustancia entre crisis, sino que es un país forjado y hecho bajo lo imposible. Si uno ve sus campos, su demografía y sus riquezas, se dará cuenta que si hay un lugar donde Dios jugó a repetir el paraíso para los hombres y las mujeres, ese lugar es Argentina. Y, sin embargo, los argentinos buscan su felicidad una y otra vez entre crisis. Pero entonces, ¿qué es lo que falla en un país tan rico en salud, educación y cultura? La respuesta es sencilla, los argentinos.

Argentina fue un país que en la crisis de diciembre de 2001 conoció cinco presidentes en uno de sus periodos de mayor inestabilidad política, económica y social. También fue un país que fue testigo de la imposición del Corralito –que fue la restricción de la libre disposición de dinero en efectivo– y que en medio de este escándalo, el presidente tuvo que salir no por tierra, sino por aspas de helicóptero desde el techo de la Casa Rosada para evitar ser literalmente asaltado.

En ese sentido, ¿por qué Alberto Fernández es una esperanza para Argentina? Primero, porque él tuvo, conoce y tiene el sueño. Segundo, porque sabe el precio de sus sueños. Tercero, porque tuvo la oportunidad de conocer a un hombre proveniente de un Estado pequeño sin grandes atributos intelectuales que resultó ser un gran gobernante para la crisis de Argentina, Néstor Kirchner. Quien no venía solo, sino que –como si se tratara de una matrioshka rusa– estaba acompañado por una sorpresa llamada Cristina. Además, Alberto Fernández fue jefe de gabinete de Néstor Kirchner, quien también fue alguien que logró ganar la presidencia obteniendo poco más del veinte por ciento de los votos.

Haber sido jefe de gabinete de Néstor, de Cristina y de haber roto y reencontrado con Cristina, convierte a Alberto Fernández en el argentino impasible. Él puede entender que ahora no se puede ser esclavo de la demagogia ni del sueño imposible. Que para que el país siga existiendo y evitar considerar los últimos cincuenta años como referencia, habrá que arreglar y solucionar lo que sea necesario para evitar ser un paréntesis entre crisis.

En ningún sitio como en Argentina es entendible lo que supone el final de las palabras. Porque más allá de los caballos, de Perón, del hambre y de Evita, Argentina sobre todo es palabras. Es un país lleno de las palabras de Borges, de Gardel y las palabras perdidas por una cabeza. Y ahora, cuando las palabras han llegado a su fin, tanto el deudor como el acreedor están igualmente quebrados. La negociación con el Fondo Monetario Internacional es de época, porque sabido es que si uno debe diez, tiene un problema, pero si se debe cien mil, el problema es del otro. Y si además el préstamo otorgado sirvió para intentar apoyar la política neoliberal de Macri y para que sus amigos robaran lo que ha sido el mayor préstamo de la historia del Fondo, vaya ahora esta institución a dar lecciones de moral y de buena administración a un país como Argentina. Un país donde, según dijo el presidente Fernández en su toma de posesión, uno de cada dos niños pasan hambre y donde no hay pan, no hay futuro ni progreso.

Para el nuevo presidente argentino bastará con no deslizarse en la danza de los siete pleitos con Wall Street y que el mundo entienda lo que también dijo, que es que los argentinos sólo podrán pagar si crean riqueza, llamando a hacer un pacto con el objetivo de que Argentina pueda ganar y los acreedores cobrar. Bienvenido sea Alberto Fernández, el presidente del final de las palabras.

Argentina no será la cámara de resonancia de Nicolás Maduro, ni tampoco será el lugar donde Evo Morales pueda vivir cómodamente para hacer la proyección política sobre el resto de la América que ya pasó. La América del ALBA es cosa del pasado y ya no es posible tal y como la conocimos. En este momento sólo es posible reescribir la historia de las Américas desde realidades concretas.

Para lograr lo anterior, hace falta un hombre impasible que sea capaz de entender el hambre, la frustración y la condición social y psicológica de su país para poder armonizarlas con el movimiento internacional y conseguir lo que nunca ha habido en Argentina, estabilidad. En ese sentido, Alberto Fernández es el argentino impasible, porque viene de vivir todos los sueños y sabe que el único sueño que le queda es el de estabilizar su país. Dios le dio a Argentina estabilidad natural a cambio de la inestabilidad de sus habitantes para jugar con las finanzas.

En la política, los balances siempre son importantes. En el caso argentino, la verdad es que el balance uno siempre lo tiene que establecer cincuenta años atrás. Los macristas, al igual que los peronistas de Fernández, dirán que recibieron el país en una situación horrorosa. Hubo un momento en el que la carne, el grano y la soya bastaban para alimentar el sueño redentor de los pueblos. Pero a partir del dominio financiero que vino después del golpe de Estado, para alimentar ese sueño ya no era suficiente la soya, la carne o el grano, sino que además se incluyó el juego indecente de las monedas.

En ese sentido, lo único que hay que esperar del nuevo presidente argentino es que haya aprendido la lección. A Fernández no le corresponde corregir los últimos cuatro años de su país, le toca corregir los cincuenta años de errores que han provocado que Argentina entre sus características tenga incluido el ser un país imposible desde el punto de vista financiero.

No hay manera de hacer un balance del kirchnerismo sin hacer un balance del Corralito. Nunca ha existido una historia separada de su contexto, todos estamos acompañados de nuestras circunstancias. Qué más da si eran más o menos populistas que Evita, la verdad es que comenzaron a tener el poder desde el asalto a la Casa Rosada y tras levantar unas rejas que ahora han sido removidas. El balance que se puede establecer del kirchnerismo es un balance que es imposible separar del neoliberalismo de Fernando de la Rúa, y me temo que lo que pase a partir de aquí, nos podría llevar a la misma situación. Es necesario hacer un corte de caja, limpiar los libros y establecer una nueva situación donde de un lado se pongan los últimos cincuenta años, y del otro lado, los cincuenta años por venir.

Fernández, el argentino impasible, puede usar el tramo final de la situación política en su país para darle por primera vez en los últimos cincuenta años una estabilidad financiera y funcional. Aunque sigue habiendo personas como el gobernador de la importantísima provincia de Buenos Aires y que fue el antiguo ministro de Economía de Cristina, Axel Kicillof, que están al acecho. Si se llegara a desencadenar la guerra para ocupar el poder sobre la inestabilidad argentina, existe el riesgo de que esta vez ni siquiera la propia mano de Dios sobre la naturaleza de Argentina sea capaz de salvarlos. En ese sentido, la normalidad del argentino impasible es la única esperanza. ¿Conseguirá el argentino impasible estabilizar su país? Yo creo que sí.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.