¿Dueños de nuestro destino?
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¿Dueños de nuestro destino?

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¿Dueños de nuestro destino?

04/11/2019
Actualización 04/11/2019 - 14:57

Una de las cosas más difíciles para los seres humanos es la caída de los yugos, el fin de los amos y la ruptura de las cadenas. No está escrito así, pero estoy seguro de que si hubiera sido posible construir un relato paralelo al de Moisés y al de la heroicidad de ser el pueblo elegido, gran parte del levantamiento que hubo en el desierto a las afueras de Egipto contra Moisés hubiera sido distinto. Mientras él recibía las tablas de la ley, los israelíes se quejaban y lo hacían porque a pesar de llevar más de cuatrocientos años de ser esclavos, en Egipto, al final, ellos contaban con seguridad social, casas dónde vivir y un Estado que los masacraba, pero con orden. Y era con orden porque no se puede matar a todos los esclavos, porque de ser así después, ¿quién construiría las ciudades?

El éxodo y la liberación le demostraron al pueblo de Israel que eran libres y que al serlo solos se podían equivocar todo lo que quisieran. Hoy, el mundo está en éxodo y yo no sé quién sea Moisés. Aunque lo que sí sé es que hay una zarza ardiente y que soy consciente de que la humanidad, pese a todo, siempre sobrevive. Pero también sé que –como en su tiempo lo hicieron los israelíes– estamos saliendo de Egipto y nos dirigimos a esa tierra prometida que para cada país está representada de diferente manera.  

El gran problema de los ciudadanos de la actualidad es que más allá del impacto que tiene una selfie, no son capaces de articular un discurso mayor a ciento cuarenta caracteres ni de expresar una emoción que sobreviva a una fotografía. Pero hoy somos libres y ya no podemos seguir echándole la culpa al Consenso de Washington, ni al Fondo Monetario Internacional ni al Banco Mundial. Los culpables del desastre que hay a nuestro alrededor somos nosotros mismos.

En algún punto de nuestra historia, ¿seremos capaces de ser libres? No hay que olvidar que para el pueblo de Israel el éxodo le costó cuarenta años de peregrinaje por el desierto del Néguev. Un desierto relativamente pequeño, pero con un sol infernal y sólo pudiéndose alimentar del maná, que era una especie de dieta del castigo de Dios para que todos muriesen poco a poco antes de entrar en la tierra prometida. Josué –el sucesor de Moisés– fue el único que nació esclavo y logró cumplir el sueño de pisar la tierra prometida.

Con Israel como antecedente sobre el concepto de “pueblo elegido”, en 1428, después de la batalla de Tenochtitlán contra Azcapotzalco y tras quemar los libros de su historia, los aztecas también se convirtieron en un “pueblo elegido” y pasaron a llamarse los mexicas. Aunque la diferencia con el pueblo israelí fue que éstos nunca lograron tener una tierra prometida.

Miles de años después, nos encontramos en un momento sin precedentes en la historia de la humanidad. Salvo los que viven en Europa central, Asia o en Turquía, todos aquellos que no tienen la suerte de tener un imperio opresor como lo pueden ser el nuevo imperio otomano, ruso, chino o el miniimperio basado en la limpieza y la razón de Irán, todos los demás somos libres de equivocarnos bajo nuestro libre albedrío.

Ahora, mientras veo cómo en la despedida al canciller de Macri le cantan la marcha peronista al son de “Perón, qué grande sos, vos sos el primer trabajador”, me doy cuenta de que el mundo se enfrenta a un sistema pendular que nos obliga a pensar: ¿Será posible que el panorama o el pánico de la actividad económica lleve a un congelamiento del movimiento de los activos? En el caso mexicano, ¿veremos un congelamiento de los dólares como sucede en otros países? Ser dueños de nuestro destino significa que al no tener a quiénes echarles la culpa, tenemos que enfrentarnos a nuestra realidad. Y esa realidad va desde saber dónde estamos parados hasta saber qué es lo que tenemos que hacer para salir de ese lugar. Nosotros, los que vivimos en esta parte de América del Norte tenemos que ver que, desaparecido el Tío Sam y su gran garrote, ahora sí ha llegado el momento de ser capaces de reconstruir nuestra vida sin tener pretextos ni condiciones previas.

Por otra parte, considerando la situación actual, es necesario responder a la siguiente pregunta, ¿es posible tener una Europa sin Inglaterra? Teóricamente sí es posible. Aunque también se necesita ver si se podrá tener una Europa sin un proyecto de ilusión social colectiva social que permita explicar que los sacrificios y la muerte de los viejos y el fin del welfare state tengan algún sentido. Porque de lo contrario, es muy probable que nuestros hijos tengan una supervivencia en este mundo mucho más mediocre que la nuestra.

Más allá de erradicar el cáncer de la corrupción y de terminar con la leucemia de no tener la necesidad de pagar por los crímenes conocidos, la pregunta que hay que responder es, ¿dónde han quedado los proyectos del siglo XXI y en qué parte se encuentran las verdaderas señales de peligro?

Es obvio que estamos frente a una gran crisis. Y lo que pasa es que la crisis económica que está por venir es atípica, ya que va a coincidir con la mayor crisis política y social que el mundo recuerde en los últimos tiempos. Además, esta crisis estará fundamentada sobre el hecho de que a los ladrones de la crisis de 2008 no solamente no los colgamos ni no los condenamos, sino que tomamos el producto y el dinero de la rapiña de los impuestos de los gobiernos para financiarlos.

Tener crimen sin castigo significa tener tal grado de impunidad que a partir de ahí lo que se produce es un salvajismo en cadena. Ante la siguiente crisis económica que también será una crisis institucional, política y social la gran pregunta es, en esta era de la comunicación exprés sin límites, ¿cómo vamos a articular una realidad que permita que alguien en algún lugar del mundo pueda revertir la situación?

No voy a decir que me gustaría formar parte de los pobres pueblos oprimidos por los rusos, turcos o por los chinos. Pero lo que sí es que soy consciente de que vivo en una parte del mundo donde hay algo que me obliga y me condiciona a enfrentar mi vida de otra manera. Soy un dueño de mi destino y tengo que saber qué hacer con él. Los demás siempre tendrán el pretexto sobre lo que les dejaron o no hacer. Para nosotros, los que formamos parte de pueblos libres y que somos dueños de nuestro destino, el regalo de tener a alguien por encima que te obligue a hacer algo se ha acabado.

Bienvenido a la libertad, qué miedo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.