Coronavirus: la guerra total
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Coronavirus: la guerra total

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Coronavirus: la guerra total

04/05/2020
Actualización 04/05/2020 - 9:55

En la historia siempre tiene que haber un inicio y un final. En esta crisis, en este establecimiento del antes y el después del mundo que conocimos, sólo tenemos un posible comienzo. Fue el 17 de noviembre de 2019, cuando, teóricamente, se descubrió al paciente cero del Covid-19 en Wuhan, China. Uno de los mayores problemas que tiene la comunidad científica, la política y la inteligencia mundial es seguirle la pista al o a los pacientes cero que permita saber en qué momento, por qué y a causa de qué se desencadenó la crisis. De cualquier forma, aparentemente ya ha terminado el primer round de lo que hasta ahora –por encima de las dos guerras mundiales y de las mayores etapas de incertidumbre– parece ser el mayor desafío y ataque que hemos conocido. Este virus ha transformado nuestra vida de tal manera que resulta imposible hacer una prospección sobre cómo saldremos de esto.

Hasta ahora, el virus básicamente ha estado basado en su capacidad de destrucción de la estructura pulmonar de los humanos. Morir de neumonitis, tener la necesidad de recibir ventilación artificial y producir una crisis en la que uno no solamente muere solo, sino en medio de espantosas agonías debido a la falta de aire, es la forma en la que este virus se presenta. En cualquier caso, este alienígena, este enemigo mortal, ha demostrado una eficacia demoledora y raramente registrada en el pasado.

Esta no es la primera vez que sucede. Fuimos testigos del brote de neumonía atípica que se dio en 2009 durante la crisis de la epidemia de la influenza H1N1, pero seguimos siendo víctimas de nosotros mismos debido a nuestra falta de seriedad al llegar a dominar aquellos aspectos que nos amenazan, nos agreden y que detienen nuestras vidas. Once años después de esa crisis, seguimos teniendo muchas lagunas mentales y seguimos siendo incapaces de manejar una crisis. Pero, sobre todo, seguimos sin contar con la experiencia para hacer frente a un desafío como este.

Es tan curioso el mundo en el que vivimos, que ahora resulta importante rescatar la advertencia hecha por un personaje tan contradictorio y conflictivo como lo es George Walker Bush. En una intervención, él nos advirtió que si una situación como la que estamos viviendo llegara a darse, estaríamos aniquilados. Sin embargo, pese a todas las experiencias acumuladas, el mundo no invirtió ni hizo nada para prever y establecer términos prácticos que determinaran lo que tendríamos que hacer en caso de que ocurriera una crisis como esta ni cuáles serían los instrumentos que realmente necesitaríamos.

En el sector científico, tras ver la capacidad y preparación de la inteligencia, de la fuerza de choque y de las divisiones especiales para poder librarnos del enemigo, el resultado es muy preocupante, ya que da la impresión de que nadie sabe nada. Después de haber leído los informes de los patólogos italianos. Tras haber estudiado el informe de quien descubrió el VIH/SIDA y fue Premio Nobel de Medicina, Luc Montagnier. Y después de haber revisado los protocolos seguidos en los más de tres millones de contagiados y los más de doscientos doce mil muertos alrededor del mundo, la conclusión a la que fácilmente se llega es que seguimos sin saber nada. Que no lo sepamos nosotros es grave, pero tiene poca importancia. Que no lo sepan los comandantes y generales en jefe del ejército encargados de defendernos de este enemigo, es grave y preocupante.

A medida que avanzan las cifras de los muertos, las investigaciones y las experiencias adquiridas, vamos descubriendo cosas cada vez más aterradoras acerca de la capacidad letal de este enemigo. La primera es que se trata de un virus que muta con facilidad y que busca los elementos de destrucción no sólo en los pulmones, sino también en el hígado, los riñones, el corazón, en el sistema de riego y en la relación sanguínea, siendo un virus capaz de provocar un colapso general y demostrando sus capacidades de destrucción. Se ha podido determinar que este virus es capaz de crear una serie de alteraciones en el flujo sanguíneo de tal manera que dificulta su combate. Su difícil eliminación ha provocado que el arma más eficaz para afrontarlo sea el uso de respiradores o ventiladores.

Después de haber dedicado muchas horas a investigar las historias clínicas de muchos de los contagiados, tengo la impresión de que el tiempo en el cual se empieza a tratar la enfermedad se ha convertido en un factor clave para poderla vencer. El ochenta por ciento de las muertes se da en personas que, o bien están en un estado avanzado de la enfermedad, o bien ya se encuentran en una etapa crítica cuando llegan a las puertas de los hospitales. La cantinela de fiebre, el dolor de cabeza, el malestar recurrente y otros elementos paralelos que pueden ser síntomas de la enfermedad, hay demasiado tiempo entre que se sienten, se denuncian, se realiza el test y se inicia el tratamiento. Tal vez por eso el virus gana el tiempo suficiente para ir causando bajas en nuestro ejército, ya que el protocolo para luchar contra él no está siendo suficiente, pero, sobre todo, empieza muy tarde.

Científicamente es un escarnio y un engaño universal lo poco preparadas que estaban todas las organizaciones sanitarias de los países –desde Estados Unidos hasta cualquier otro– para enfrentar un desafío como el actual. En todas partes, el escenario ideal es contar con las armas para luchar de la forma adecuada. El soldado lo que necesita es entrenamiento, fusil, alimentación y balas. Pues bien, los soldados de la primera línea no contaban con ninguno de estos elementos para mantenerse preparados durante esta batalla. Sin embargo, nosotros a nuestros héroes los mandamos a la muerte con batas inadecuadas y sin otorgarles el material necesario. Se han necesitado la muerte de más de quinientos miembros de ese ejército compuesto por médicos, enfermeras y demás personal sanitario para saber hasta qué punto no estábamos preparados para enfrentar esta guerra.

La realidad es que el panorama no es para nada optimista y no basta con la suposición de que, si bien nos va, en un plazo de entre ocho y doce meses conseguiremos tener una vacuna capaz de combatir el virus. Si no conseguimos revertir la situación lo antes posible, seremos recordados como una generación que no fue capaz de aislar, de correlacionar, de trabajar con otros coronavirus y otras crisis. Una generación que no pudo utilizar otros elementos mutantes del virus para buscar detener, por lo menos, el número cada vez más elevado de muertos y los daños demoledores que este coronavirus está provocando.

El miedo a pagar por no haber tenido el valor político de tomar medidas radicales para evitar el contagio masivo, ha provocado que en todo el mundo se tenga una posición en la que lo primero que se hace es pararlo todo, meternos a nosotros en nuestras casas y decretar la prisión domiciliaria total a más de mil seiscientas millones de personas. Personas que, curiosamente, vivimos en países con un determinado nivel de desarrollo, factor que ha provocado que nos estemos convirtiendo en los principales paganos de vidas humanas debido al número de muertos causados por la pandemia. Pero, sobre todo, se debe al número de enfermos sociales creados por el confinamiento y bajo unas medidas brutales que sigue sin quedar claro cuántos muertos se han evitado a raíz de su implementación. Lo que sí empieza a notarse es el balance de muertos sociales y económicos estremecedores que pueden provocarse como consecuencia de estas medidas.

Nos vamos a nuestra casa. Nos encerramos. Tratamos de evitar que muramos por causa del contagio. Ha llegado el momento de reflexionar acerca de la situación, de analizar cómo fue que el número de muertos llegó a ser tan alto pese a la brutalidad de las decisiones tomadas. Pero, sobre todo, ha llegado el momento de cuestionarnos sobre si con las medidas tan traumáticas que nos fueron impuestas en realidad se evitó que hubiera más muertes o no. En cualquier caso, es evidente que el mundo que conocíamos, que nuestros doscientos cincuenta años de democracias consolidadas en muchos países, que nuestros derechos de reunión, de libre movilidad y nuestros demás derechos no valen nada frente a un virus.

Ilustración de Esmeralda Ordaz

No estábamos preparados económica, social ni psicológicamente, pero sobre todo no estábamos preparados estructuralmente. Somos una sociedad que lo sabemos casi todo, pero que nuestro conocimiento está sustentado en nuestras búsquedas en Wikipedia. Nuestras grandes catástrofes pandémicas eran películas que alguna vez fueron éxito y que normalmente estaban catalogadas bajo clasificación B. Pero la pesadilla se hizo realidad. El miedo lo inundó todo y mañana dejó de ser un adverbio de tiempo para ser una palabra que –muerto a muerto, miedo a miedo, terror a terror y fracaso a fracaso de los Estados– ha dejado de tener sentido. El gran dilema, por lo que poco a poco se está produciendo la explosión de la apertura en todo el mundo, es muy sencillo y se reduce a una pregunta: ¿qué es mejor, morir a causa del Covid-19 o morir de hambre? Está claro que morir de coronavirus por lo menos es más civilizado y, sobre todo, no hace evidente el fracaso de las sociedades.

La creación de nuestra cadena de valor, la generación de nuestra riqueza y la expansión de oportunidades creadas derivadas del fruto de nuestro trabajo, súbitamente se vieron interrumpidas. Mientras esto sucedía y con tal de procurar no morir por causa del Covid-19, fuimos abriendo la puerta al gran genocidio que se puede llegar a dar debido al hambre que el coronavirus puede provocar.

Nadie sabe cuánto tiempo durará esta situación. Tampoco sabemos los cambios estructurales que va a producir, por ejemplo, en nuestra libertad de movimiento. A partir de este momento, ¿se imagina cómo serán los formularios médicos? Después de esta crisis las grandes concentraciones de personas en hoteles que pueden recibir hasta cinco mil personas cada quince días para vivir tomando el sol y disfrutar de su all inclusive, se acabaron. Todo eso se acabó. Se acabaron nuestras libertades, así como también llegaron a su fin la consagración de nuestros derechos constitucionales.

En el nombre de que no haya más muertos por causa del Covid-19, exhortemos a las sociedades de su presente e hipotequemos su futuro. Hasta ahora van más de doscientos doce mil muertos en el mundo. Tenemos más de tres millones de contagiados. Afortunadamente se han recuperado más de setecientas mil personas. Pero no podemos olvidar las consecuencias que esta crisis traerá consigo, ya que, por poner un ejemplo, se calcula que el PIB global sufra una caída aproximadamente del uno por ciento. Es decir, se estima que el mundo tenga pérdidas económicas que rondan los 2.7 billones de dólares.

La realidad es que en este momento es imposible poder hacer una previsión numérica y sensata sobre cómo será el mundo después de aquí y qué es lo que pasará. Pero, sobre todo, resulta imposible predecir de qué manera tendremos que volver a vivir en un mundo donde las palabras 'mis derechos' tengan algún sentido. Frente al valor supremo de la vida, estas palabras han dejado de tener sentido, sobre todo porque dan lugar a que cualquier dictadura que sea preventiva y profiláctica frente a los posibles daños que se puedan presentar en una sociedad, sea posible.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.