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Compañero Presidente

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Compañero Presidente

26/10/2020
Actualización 26/10/2020 - 11:58

Con independencia de quién será electo para sentarse en la Casa Blanca la próxima semana, a partir de ese día un hecho político de especial relevancia reformará nuestro entorno más cercano, y es que Estados Unidos está de vuelta. Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos tuvo que coger su fusil e ir a librar guerras –todas perdidas– para defender, por una parte, la sangre derramada, pero, sobre todo, para preservar lo que era el fin de la invencibilidad de Estados Unidos de América. La batalla de Tora Bora, que se dio con el objetivo de cazar en las cuevas de Afganistán a Osama bin Laden, tuvo como consecuencia la liberación y el abrir de ojos de América. A partir de ese día, Estados Unidos se dio cuenta de que no tenían ni tiempo ni posibilidades de seguir interviniendo como hasta ese momento lo habían hecho.

Toda una generación de políticos, entre ellos la mayoría de los presidentes actuales, crecieron bajo el pensamiento de que lo que hicieran no sería permitido sin la previa autorización de Estados Unidos. Pero Hugo Chávez demostró que los estadounidenses ya eran tiempo pasado y que bastante tenían con no volver a experimentar con otro atentado como el de 2001. El camino cuesta abajo que empezó en Tora Bora y que le costó a todo el mundo un precio impagable, llegó al summum de la degradación el 20 de enero de 2017, cuando un especulador neoyorquino pronunció que había llegado el fin de la carnicería. Trump lo hizo declarándose en guerra contra todos los valores que habían cimentado a Estados Unidos. Desde el momento en que prometió defender la Constitución, Trump traicionó el espíritu constitucional de Estados Unidos de América.

Aunque el 3 de noviembre llegara a ganar Trump, ya nada será igual. Los militares estadounidenses están vilipendiados por él. Los servicios de inteligencia –la CIA y el FBI– están ofendidos y menospreciados por él. En el cumplimiento de Estados Unidos de entregarle la destrucción del mundo que lideraba al Kremlin, el poderío estadounidense llegó a su fin.

Hay un personaje emblemático y que ha formado parte de la cultura y del contexto de la mayoría de los presidentes americanos –de aquellos que no forman parte de Estados Unidos– que es el compañero presidente Salvador Allende. Allende era un médico, culto, de ideología izquierdista que, con un frente popular y con un movimiento de reorganización, ganó las elecciones de Chile en 1970. Hasta ese momento, Chile era un país sin antecedentes de golpe de Estado y un país donde el espíritu nacionalista era superior al espíritu militarista. En ese entonces Chile también era el gran equilibrador del precio del cobre y el ejemplo de lo que no se le podía permitir a las clases populares, que era llenar no sólo las paredes de eslóganes que dijeran “el pueblo unido jamás será vencido”, sino que, además, Allende de verdad pensó que en su alianza con los comunistas de verdad podía tener el poder en un país de este hemisferio. Si bien Chile estaba físicamente lejano de Estados Unidos, la historia es conocida.

Primero, la clase media se levantó y empezaron las caceroladas. Iniciaron las concentraciones frente al Palacio de La Moneda y con ellas empezaron los problemas. Al mismo tiempo, Estados Unidos –con Richard Nixon en la Casa Blanca y Henry Kissinger en el Departamento de Estado– estaba en la recta final en contra de los experimentos populistas. Lo único que Salvador Allende jamás pensó era que el Ejército chileno pudiera terminar sirviendo más a los estadounidenses que a Chile mismo. De hecho, antes de colocarse un gorro de guerra y coger una ametralladora, su última llamada fue a Augusto Pinochet, a quien le pidió que llegara minutos antes del ataque dirigido contra el Palacio de la Moneda y que le ayudara a reinstaurar el régimen constitucional chileno. Ese día de 1973, Pinochet bombardeó la sede presidencial y Allende terminó suicidándose.

A partir de ese momento, quedó claro que la larga mano de Estados Unidos volvía a marcar la política como lo había hecho desde James Monroe. Es decir, “América para los americanos”, y el que se saliera del guacal, moriría. Por eso, hay una generación de políticos que entienden que la estabilidad de sus gobiernos no pasa por ponerse de acuerdo con los ricos locales ni con las clases medias de sus países, sino que el verdadero eje del poder para hacer triunfar al pueblo es ponerse a la orden del enemigo del mismo. Es, por una parte, ponerse al servicio de Estados Unidos y, por la otra, comprar la lealtad del Ejército, si es que esto es posible.

Este equilibrio se ha mantenido en muchos países. De hecho, Jair Bolsonaro es hoy presidente de Brasil porque es un militar golpista vestido de civil. Sin embargo, después de un abandono tan prolongado y enterrando la era de Trump –por las buenas o por las malas– en Estados Unidos el Ejército, el Comando Sur y los servicios de inteligencia han decidido poner fin a la pantomima. No hay colaboración, no hay confianza, pero, sobre todo, no hay respeto institucional de las necesidades defensivas de Estados Unidos hacia sus socios o hacia los que comparten con ellos –como le pasa a México–: tres mil ciento cuarenta y cinco kilómetros de frontera.

Fotoarte de Esmeralda Ordaz.

Hemos llegado a un momento en el que la sombra del compañero Allende es un ejemplo para recordar, por dos razones. Primero, porque el golpe efectuado por Pinochet fue diseñado y planeado por Estados Unidos. Segundo, porque antes de ese golpe hubo una campaña para conseguir sacar al general Prats o al general Bachelet –padre de la expresidenta Michelle Bachelet– de los puestos de mando hasta colocar a un militar normal, que nunca se había caracterizado por algo particular, llamado Augusto Pinochet. Rota la unidad del Ejército, creada la diferencia entre los buenos y los malos, señalado quién viviría y quién moriría, y sembrando la discordia dentro del Ejército chileno, lo más fácil era llevarlos a pegar el golpe.

Estados Unidos está volviendo y lleva veinticinco años –desde la muerte de Kiki Camarena– viviendo una situación de falsa colaboración con México. Ni el Plan Mérida ni el fallido operativo Rápido y Furioso, ni la relación con el Chapo ni el Comando Sur ni la Escuela de las Américas han dado el resultado apetecido de poder controlar el narcotráfico, suponiendo que Estados Unidos alguna vez de verdad lo haya deseado controlar. La industria del narcotráfico es uno de los grandes negocios de Estados Unidos. Primero, porque nutre de todas las degeneraciones de su pueblo al ejercicio supremo constitucional del derecho a suicidarse.

Segundo, porque como resultado de eso –siempre y cuando no llevemos la basura a sus calles y los muertos nos los quedemos nosotros– se ha generado una industria paralela financiera y armamentista que es a su vez uno de los negocios más claros y brillantes que tienen.

Salvador Allende murió porque en aquellos tiempos el cobre era un factor determinante de la actividad económica y porque él representaba la primera victoria del movimiento popular de la Guerra Fría. En ese momento la lucha entre la Unión Soviética y Estados Unidos era muy intensa. En este momento, la lucha es entre China y Rusia, y lo es por las áreas de influencia en el mundo y en América. Al final del día, los narcos y la estructura del poder económico que se ha generado en torno a ello es también una clara zona de influencia que hay que defender del uso o mal uso que puedan hacer los chinos en la reorganización mundial.

La clave de cualquier tensión geoestratégica cuando se cuenta con un amigo interno de la dimensión del narcotráfico, es que el Estado siempre debe de ser más fuerte que quien lo desafía. En México hace mucho tiempo que esto no es así. Si además de este problema tuviéramos que construir para lo que pueda pasar el próximo 4 de noviembre, o lo que Washington decida que se tiene que hacer a partir de que el próximo presidente tome protesta el 20 de enero de 2021, la declaración de Estado fallido hacia México es perfecta. Lo es porque esta declaración permite –sin dar ninguna explicación ni solicitar permiso al Congreso y sin respetar nada– ir, venir, llevarse o detener en cualquier momento y lugar a quien Estados Unidos considere un peligro nacional para sus intereses.

La disyuntiva es clara, hay que redefinir toda la colaboración. Pero, lo más importante, hay que definir las características del nacionalismo posible en la historia actual de los dos países. Dicho de otra manera, si se aprueban las acusaciones contra el general Cienfuegos, todos los altos mandos están en peligro. Si no se aprueban y si no se le defiende, el problema es poder contestar, como el compañero Allende, ¿con quién está usted, compañero Presidente?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.