Amor y paz: 38 días después
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Amor y paz: 38 días después

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Amor y paz: 38 días después

07/01/2019

Hoy hace treinta y ocho días que la historia de México empezó a cambiar. Me asombran todos aquellos que siguen tratando de analizar desde el shock qué es lo que puede pasar. Ya pasó, el cambio no está por venir, el cambio está aquí y es todo lo que quisieron que pasara los que votaron el primero de julio por López Obrador, estuviera o no en su programa.

La historia nos ha enseñado que el verdadero poder solamente es peligroso en dos ocasiones, o cuando no se tiene o cuando no se sabe usar. También nos ha enseñado que la diferencia entre un estadista y un político es que el uso del poder, si se hace bien, es la mejor base que existe para el desarrollo de las instituciones del país y si se hace mal, normalmente no sólo crea una tragedia, sino que termina quemando a quien lo mal usa. Estamos dentro de la cuarta transformación, sólo lleva treinta y ocho días y, sin embargo, los cambios que lleva implícitos por dentro y por fuera pretenden ser los más significativos e importantes que se hayan producido en los últimos cien años de la historia de la República. Y lo serán si logran cruzar dos fronteras, la primera es la del año 2019 y la segunda la del sexenio.

Hablando de las formas, olvídese lo que significa pasear por Los Pinos y abrace lo que significa vivir con un presidente que, en contra de lo que todos los demás presidentes quieren hacer creer, su tiempo es igual que el de usted o el mío. Puede llegar a hacer la cola para tomar un vuelo comercial normal y además puede llegar con el tiempo suficiente como para poderse comprar un café y tomarlo como si fuera uno de nosotros. No tengo muy claro si eso es bueno o malo y esperaré a ver qué dicta el tiempo, porque si antes era mentira la distancia que significaba tener a alguien en el Olimpo del poder, tanta normalidad puede resultar mala en el sentido en el que también se tengan resultados de acuerdo con ese uso del tiempo.

Una cosa es que usted o yo quisiéramos ser algún día el presidente de todos y otra es que lo consiguiéramos. Los símbolos han sido cambiados, sustituidos y, en muchos casos, destruidos, lo cual para muchas situaciones puede ser interpretado por nuestros compatriotas, al menos todos los que no son parte activa de la cuarta transformación, como la destrucción de valores convenidos de nuestra sociedad.

Muchos ven este momento, centrado en los doscientos mil millones de pesos que va a inyectar a la economía con el primer presupuesto de la nueva administración, como algo dirigido a los que menos tienen. Se ve como un riesgo de “mediocratización” del país y como un ataque frontal a la clase media y a los que la componemos. Pero de momento hay que recordarles a los agoreros de este tiempo y a los escépticos e incrédulos que el presidente no logró esto solo. López Obrador ha contado con el apoyo casi unánime de la clase dirigente de un país que durante muchos años fue incapaz de tener si no la inteligencia, si no la generosidad, si no la decisión política, por lo menos el instinto de la supervivencia para haber hecho ellos, por las buenas, los cambios sociales que ahora la situación puede imponer por las malas.

Demasiados años de insolidaridad, de no mirar hacia abajo nos han llevado a este momento en el que los derechos adquiridos, muchas veces de manera legítima en salarios y prestaciones sociales, han sido asaltados por los aires al grito de “primero los pobres” y sobre la base de que nuestra cuarta transformación no permite que tengamos un gobierno rico en un país de pobres.

Todo lo que estaba abajo ha sido puesto arriba, hemos invertido completamente los roles, las prestaciones y lo que el Estado daba a sus servidores.

Ahora están por verse dos cosas, primero, si todo ese cambio hará más felices a los de abajo, sin acostumbrarlos a vivir de lo que significan las subvenciones, el asistencialismo o el cheque del Estado. Y segundo, que se produzca efectivamente por la vía de los hechos y del derecho un cambio en el reparto de la riqueza nacional.

Nunca olvidaré –y no estoy comparando– que en aquel entonces, cuando llegó Fidel Castro a hacer la revolución, devolviéndonos la dignidad a los que hablábamos español, se empeñó mucho en la lucha contra la corrupción y la impunidad y que fue tarde cuando recordó todo eso debía de estar al servicio de la producción.

No estoy estableciendo un paralelismo entre ambos, pero sí me parece importante recordarle al presidente López Obrador y a los protagonistas del nuevo gobierno que además de la lucha contra la corrupción, además de la austeridad republicana, también tienen la obligación de crear el único mecanismo efectivo que se ha creado a lo largo de la historia que puede cambiar la suerte de los más pobres. Y es que la única manera de repartir riqueza es crear riqueza y para eso, además de repartirla mejor y que no sea sólo para unos pocos, el Estado tiene la obligación de crear las concurrencias que permitan que sus ciudadanos puedan tener un verdadero desarrollo y no solamente una subvención a cargo de él.

El presidente ofrece amor y paz, pero no permite ni desaprovecha ninguna oportunidad para expresar de la manera más contundente que él preferiría defender con paz y amor las conquistas sociales que le permiten hacer lo que está haciendo desde su victoria del primero de julio, pero que también está preparado, con esa amenaza latente que significa poder azuzar las consultas o la demanda de justicia popular, para vencer o arrinconar a cualquier enemigo.

La primera conferencia de prensa del año del presidente de la cuarta transformación, lo hizo rodeado y escoltado por los secretarios de Defensa y Marina.

El objeto de la convocatoria era explicar la Guardia Nacional, en qué consistía y abrir de manera oficial el proceso de enrolamiento de los cincuenta mil miembros que se busca que la conformen.

Como en tantos otros temas, las formas no es que no estén de más, es que no impiden el avance de la historia para los protagonistas de la cuarta transformación y lo que no se dijo en esa mañana del dos de enero, es que la convocatoria de ese nuevo censo de la Guardia Nacional, ni está aprobada, y que ni todos los expertos que están convocados para hablar sobre la misma tendrán ninguna incidencia final sobre el producto, puesto que, sin aprobación del Congreso y sin ellos, ya se abrió la organización plena de la Guardia Nacional.

A partir de ahí, el uso de los datos, ese terreno curioso en el que los gobernantes se colocan en una confrontación directa con los medios de comunicación, véase el caso del periódico Reforma y sus publicaciones sobre el incremento del 65 por ciento de la violencia y la contestación brutal que recibió. Primero, el dos de enero en la declaración del presidente diciendo que la libertad de expresión, cosa que estoy de acuerdo, es siempre un camino de dos direcciones y que un medio puede cometer el error, sea con la intención o sin ella, de manejar mal los datos y que tanto el presidente como el gobierno pueden contestar con toda la contundencia dentro del espíritu de la libertad de información. Al día siguiente todo el país pudimos asistir a lo que significaba el aplastamiento con datos de las posiciones del periódico.

Nunca consideré que fueran verdad los rumores existentes ni que realmente había un pacto entre los ricos y los afectados por la cuarta transformación, en el sentido de que la única defensa que cabía hasta que llegaran las elecciones intermedias era crear un gran grupo de medios que los atacara, pero dada la reacción y dado el aplastamiento que con datos se produjo, empiezo a creer que hay gente en el gobierno que cree que eso es verdad.

Es malo que el presidente de un gobierno esté en contra de un medio, es peor que los medios se pongan al servicio de alguien. Pero me parece importante recordar que el mensaje hoy va para Reforma, pero mañana puede ir para cualquiera y no es mensaje para navegantes, es un mensaje para transeúntes y para todo aquel que, sin los medios, sin los datos del gobierno ni la posibilidad de informar del gobierno, se le ocurra entrar en una discusión o en un desfase de información.

Creo que es una hora decisiva y que es fundamental el respeto de los datos, pero también creo que es importante hacer la reflexión de que el gobierno cuenta con medios que ningún medio de comunicación puede tener a su alcance.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.