América para los chinos y los rusos
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

América para los chinos y los rusos

COMPARTIR

···

América para los chinos y los rusos

03/06/2019

Desde el presidente Monroe, la política del Gran Garrote definía de manera clara que América era para los americanos. Eso quería decir que, desde el río Bravo hasta el fin del Amazonas, era territorio de Estados Unidos de América. No podía caer ningún plátano que no fuera para United Fruit Company ni podía haber ningún teléfono, de oro o normal, que no perteneciera a AT&T. Al final toda América era un territorio al que se le trataba como si fueran poblaciones indígenas insignificantes del Amazonas. Ni siquiera era necesario tener un censo de cuántos eran, ya que la única razón de su vida era estar y desarrollar el territorio que haría más grande a Estados Unidos.

Desde lo sucedido en Cuba, siendo este el único ejemplo de enfrentamiento frontal con Estados Unidos y donde los Marines no pudieron acabar con la situación en países como República Dominicana, Panamá o Chile, la Unión Americana dejó claro que no permitiría este tipo de sucesos en lo que era su territorio ni mucho menos en su patio trasero.

Cuando a las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001 Mohamed Atta enfiló el avión contra la torre norte de las Torres Gemelas no sabía, ni le importaba, pero estaba provocando el fin de “América para los americanos”. La consecuencia de la ruptura de nuestro mundo nos dejó la herencia de una situación en la que el presidente George Walker Bush no quiso, no pudo ni se dedicó a seguir manteniendo América para los americanos. A partir de ahí, los Chávez pudieron proliferar y Argentina siguió siendo lo mismo desde que se creó, siempre en ese estado ideal que consiste en vivir una crisis con la certeza moral de que el objetivo será superar esa crisis hasta que surja la siguiente.

Hugo Chávez fue posible gracias a lo sucedido el 11 de septiembre. Con él nació la nueva Cuba, dejando a un lado un cálculo importante, que es que las mayores reservas de petróleo del mundo no tuvieran ni padre ni madre y que no fueran por derecho natural de Estados Unidos. Después del golpe de Estado fracasado de 2002 contra Chávez, se abrió de manera definitiva la puerta de la consolidación hegemónica de Cuba sobre Venezuela. Y lo que es peor es que a medida que se iban incrementando los problemas y el discurso se iba volviendo más antiamericano, Estados Unidos desaparecía más del escenario. Esto permitió abrir las puertas a los chinos y a que hoy, en la nueva América, no tengamos que considerar lo que hasta ahora era un acto de fe.

Resulta una falacia que en América se puede hacer todo lo que Estados Unidos te permita. Los estadounidenses han permitido y consentido el dominio y la hegemonía financiera y económica china sobre las mayores reservas petroleras del mundo. También, debido a su política para actuar, Estados Unidos ha consentido y permitido que Rusia hoy forme parte de la resolución del problema venezolano como si fuera una Siria cualquiera.

América se está esculpiendo de nuevo y está basada en dos cosas. Primero, en los errores y la debilidad norteamericana en la zona. Y segundo, bajo la decisión del presidente que dice “América primero”, olvidándose que la América que no habla inglés también es América. Además, hemos creado situaciones como la de Venezuela, en la que tenemos un problema muy claro, y es que una intervención militar norteamericana no es posible. Estados Unidos tiene muy pocas opciones militares y posibilidades de volver a enviar a sus ciudadanos a una guerra. Pero, sobre todo, tiene a un presidente que se ha encargado de explicar a su país que en las guerras son unos perdedores y que la única manera para ser ganadores es a través del correcto desarrollo de la política interior.

Es un hecho que para Venezuela no habrá una solución sin considerar a China ni a Cuba. También hay que considerar que no era lo mismo una Cuba desconectada de un Putin travieso como con el tema de los mails de la campaña demócrata en las últimas elecciones, al Putin que solamente lo arrinconan sus fracasos de su política interior. Pero también a un Putin que, sin embargo, lo estimula mucho su éxito en la política exterior, ejemplo de ello es el papel que está consiguiendo jugar en sitios que eran impensables.

En Argentina, Macri, a pesar de sus buenas intenciones, va a perder la elección por una razón muy sencilla; porque al final, lo que él representa ya no cuenta con el soporte norteamericano. Este soporte se terminó el día que los fondos buitre recuperaron el dinero que le debían los argentinos.

México es otro tema. México es la cantera de la mano de obra y era, hasta que Donald Trump nos eligió como el elemento del odio coyuntural y del racismo, un territorio donde la apuesta fue nunca ser lo suficientemente fuertes como para ser un problema para Estados Unidos. Pero también que nunca llegáramos a tener tantos problemas como para provocarle problemas a nuestro vecino del norte.

Salvo la posición del nuevo gobierno mexicano que consiste en que, si uno no quiere dos no se pelean –cosa que con Trump siempre será un fracaso–, todos los demás países del mundo pueden vivir sin importar qué piensa Estados Unidos. El caso más visible es el venezolano que seguramente acabará bien, si finalmente Maduro se exilia en México, pero si no, con el paso del tiempo será difícil explicar por qué México hizo lo que hizo.

Pero la gran pregunta es: ¿qué podemos esperar de nuestro país? México puede ser el nuevo referente ideológico de la nueva América que –en mi opinión– va a girar hacia la izquierda. México está apostando a que la mejor política exterior es la interior y, por lo tanto, ni sabe ni se pronuncia ni tiene ninguna presencia en la reordenación del continente americano.

Mientras tanto, en la OEA ya suenan las campanas del cambio y por alguien doblan las campanas y yo no veo un mundo en el que los países del ALBA vuelvan. Pero lo que sí veo es un ALBA de América en la que, por encima de todo, la principal diferencia es que Estados Unidos ni está ni se le espera.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.