La democracia no es un problema de gustos, la democracia es un problema de números. En medio de la mayor revolución de gobernanza jamás recordada, ser verdaderamente demócrata se ha convertido en un verdadero desafío. Donde quiera que ponga la mirada, se dará cuenta de la crisis de fe popular que rodea a los sistemas de gobierno. Mire donde mire, se dará cuenta de que lo extraordinario, la ruptura, el cambio y la jubilación de los que mandaban es un hecho cada día más importante y relevante en las sociedades.
La democracia no es buena cuando se limita a cumplir con los deseos e intereses personales de algunos líderes. La democracia es buena cuando el pueblo verdaderamente participa y elige –de manera libre y consensuada– a quien lo gobernará. Un sistema democrático eficiente es aquel en el que un solo voto es capaz de hacer la diferencia y en el que esta diferencia se respeta y se acata sin importar si ello significa la victoria o derrota de los actores involucrados.
Siempre ha sido legítimo que cada país tenga la libertad de elegir su propio modelo y sistema de gobierno. Lo mismo pasa con las selecciones de futbol y los elegidos por los directores técnicos para representar a sus países. Lo que no es válido es que nos limitemos a seguir y apoyar a los gobiernos o selecciones únicamente cuando las cosas sean positivas y cumplan con nuestros intereses o nuestras expectativas. Se puede ser un buen demócrata y haberlo perdido todo. Aunque resulte difícil de creer –y más en el contexto en el que nos encontramos como país– sí se puede tener una armonía democrática a pesar de no haber ganado la contienda electoral. Sin embargo, uno tiene que reconocer cuando el pueblo –que nunca es tonto, ni pendejo, ni ignorante y que tiene todo el derecho del mundo a equivocarse al elegir un tipo de gobierno o un modelo de país determinado– toma una decisión.
Nunca creí en las encuestas. Lo reconozco y entono una mea culpa. Las encuestas, según lo que vimos el pasado domingo 2 de junio, tenían razón. La reiteración sobre que existía una diferencia de entre 20 y 30 puntos entre una candidata y la otra no hicieron más que comprobar que una cosa es lo que muchos mexicanos querían y otra la que millones de mexicanos iban a decidir sobre el futuro de México. Parecía increíble, pero sucedió.
Nadie puede protestar que el pueblo se equivocó porque, aunque se haya equivocado, éste tiene todo el poder y derecho de hacerlo. Además, hay que ser muy cuidadosos y es que al final del día –aunque uno no lo entienda y aunque esto en muchos casos pueda ser motivo para abandonar el país– lo que uno no puede hacer es poner en duda dos cosas. Primero, el pueblo de México no ha sido engañado. El modelo propuesto por el presidente López Obrador ha sido el mismo desde que alcanzó el poder. No ha sido un modelo reformista, ha sido un modelo rupturista que se ha dedicado a señalar a quienes –con nombres y apellidos– para él han sido los responsables del gran fracaso del país. Lo hizo durante seis años y lo sigue haciendo en sus últimos meses de mandato. Para López Obrador sus datos han sido unos de sus más preciados tesoros y han sido la base para llevar a cabo todo tipo de desacreditación y para repartir culpas sobre la falta de avance y desarrollo de México.
Supongamos que todo sale mal y que el plan C de la 4T termina por significar la destrucción del país que conocimos. Si hacemos esta suposición tenemos que ser conscientes de que esto no fue nada más que la elección democrática del pueblo y esa fue su voluntad. Seguramente habrá mucha gente que no votó por la continuidad de este régimen y probablemente las teorías sobre los supuestos fraudes y conspiraciones electorales no cesen, lo que es innegable es que hoy la presidenta electa Claudia Sheinbaum será la primera mujer en liderar el país. Y no sólo eso, sino que además lo logró superando algo que parecía inalcanzable que era rebasar los más de 30 millones de votos obtenidos por Andrés Manuel López Obrador. ¿Será esto bueno o malo? Eso sólo la historia lo definirá. Lo que es innegable es que el fracaso de toda una clase y de toda una oposición se culminó y se hizo evidente el pasado 2 de junio.
A estas alturas si algo no se puede hacer es acusar al presidente López Obrador de engañarnos. Él fue muy claro desde el principio y sus intenciones nunca dejaron espacio para la confusión. El problema no es lo que el Presidente pretendió desde un inicio, sino que muchos no creímos que pasaría. Una gran parte del país vivió las elecciones dentro de una burbuja, esperanzados con que la oposición sería capaz de tener el peso suficiente para hacerle frente a quien tenía todo claro y definido desde que empezó su mandato. Hoy no sólo estamos definiendo lo que pasará en México los próximos seis años. Hoy está en la mesa y en disputa la conformación y dinámica que tendrá el país en las próximas décadas.
Para bien o para mal en ningún momento podemos olvidar que lo sucedido es la consecuencia de la elección y voluntad del pueblo de México. No creo que sea inteligente ni oportuno poner en duda el hecho de que –a pesar de la infinidad de errores cometidos o provocados– lo ocurrido fue una decisión tomada por millones. Con los reconteos, impugnaciones y ajuste que están por venir podrá o no cambiar la composición de las cámaras, lo que no se podrá modificar en la historia del país es que somos la consecuencia de nuestros actos o de la falta de ellos. Por muchos análisis o formas de ver la situación que se tengan, tampoco se podrá cambiar el hecho de que esta elección fue dispareja. La intervención, directa o indirecta, fue clara y –sin duda alguna– fue un elemento clave en el resultado electoral.
Hoy sobra reclamarle a los responsables políticos y a quienes lideran los diferentes partidos del país. Hoy toca asumir las responsabilidades propias y hacer todo lo posible por luchar por el bien conjunto de nuestro país, sin importar lo que esto pueda suponer. Si la disputa era tan injusta desde un principio, ¿por qué se siguió en la batalla hasta el final? ¿Por respeto democrático? No lo creo. Y es que, al final, de lo que se trataba es que ellos siguieran con sus curules en las cámaras y eso fue lo que sucedió. Los presidentes de los partidos perdedores, quienes no supieron defender sus puntos de oposición ni convencer a su pueblo para que los votaran, serán senadores o diputados en la próxima administración y, lo que es más importante, gozarán de fuero. Para México hoy todo es confuso. Pero para ellos todo está claro.
Creo que es fundamental y muy importante que la clase política, esta clase política, sea sustituida o renovada más pronto que tarde. Y no sólo me refiero a quienes conforman o lideran los partidos de la oposición ya que –salvo la excepcionalidad política del presidente López Obrador– él con todo lo que ha heredado y se ha llevado dentro del paquete de su Movimiento de Regeneración Nacional, también tiene dentro de sus filas representantes de lo que para él ha sido la causa del gran fracaso del país. Algo ha quedado claro con todo esto y es que la clase política de México no está a la altura ni entiende ni dimensiona la verdadera realidad del país, así como tampoco comprende la forma más efectiva para ejercer el poder.
Ha llegado el momento de enterrar a la vieja clase política. Es hora de que emerjan todos esos héroes independientes que un día se atrevieron a desafiar a un gobierno fuerte como éste acudiendo a una manifestación en el Zócalo y en diferentes partes del país. Hoy más que nunca es necesario que la organización civil dé un paso al frente y no delegue la organización política que nos representa en manos de alguien que, al final del día, lo único que buscaba era obtener un fuero.
En resumen, la clase política que ha conducido al país en los últimos 30 años ya no está en condiciones ni tiene derecho o moral para seguir buscando liderar al país o una parte de él. Segundo, sinceramente no creo que se haya perpetrado una especie de fraude tecnológico. Y, tercero, en el descubrimiento de la ausencia de fraude, no se puede ocultar, tapar ni legalizar todos los elementos políticamente desiguales, injustos y antidemocráticos que caracterizaron esta campaña electoral –la más larga de la historia del mundo– que duró 24 años.