Año Cero

Tensar la cuerda

Los comicios en México y EU no solo convocarán a más de 450 millones de personas, sino que pondrán en juicio la preservación de la esencia democrática.

Está claro que hasta el mes de enero del año 2025 el programa estrella y el más importante, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá –también conocido como T-MEC–, que a su vez representa uno de los mayores mercados comerciales del mundo, no tendrá ninguna modificación relevante en su estructura ni dinamismo. Entre otras cosas esto se debe a que, tanto en Estados Unidos como en México, celebraremos unas elecciones presidenciales únicas en su especie. No solamente serán unos comicios que afectarán a más de 450 millones de personas, sino que se trata también de unas elecciones que pondrán en juicio la preservación de la esencia democrática, sobre todo en un país como Estados Unidos que lleva más de 250 años presumiendo ser la mejor y mayor democracia en el mundo.

López Obrador nunca ha creído ni en los grandes tratados ni en los acuerdos que necesitan un nivel tal de compromiso como, por ejemplo, el que requiere el T-MEC. El Presidente mexicano en realidad nunca se ha sentido muy vinculado con el destino del país a nivel internacional, sino que más bien, en el fondo y cuando está solo, le molesta la intervención y el condicionamiento que traen consigo aquellos convenios que modificaron o modificarán la capacidad autónoma de regular, legislar o decidir sobre el destino interno del país. Al presidente López Obrador nunca le gustó ni le sigue gustando compartir el poder en cualquier ámbito o área. No le gustó a nivel interno, y por eso ha actuado como ha actuado, ni mucho menos le ha gustado hacerlo a nivel internacional; prueba de ello son los resultados de la política exterior ejercida durante este sexenio.

Si finalmente Donald Trump logra conseguir despertar de nuevo ese patriotismo intenso arraigado en los corazones de muchos estadounidenses; si logra esquivar y zafarse de los procesos judiciales en los que está involucrado; si logra conseguir el dinero para pagar los millones de dólares que debe por haber sido encontrado culpable de algunos juicios civiles, y si –como consecuencia de ello– consigue ganar las elecciones, será un presidente dispuesto –como ya ha dicho– a volcar todo lo que está en la mesa, sobre todo en lo relacionado a los grandes acuerdos defensivos, como el acuerdo de la OTAN. Además, hay que ser conscientes de que el mundo de Trump es ajeno a lo que pudiera ser lógico o normal para la mayoría de las personas. El expresidente estadounidense tuvo grandes aciertos durante su mandato, por ejemplo, la imposición arancelaria que, si bien desató una guerra comercial con China, logró contener parcialmente el avasallador crecimiento e injerencia china en el mundo.

A Donald Trump lo único que le interesa más que su propia figura es volver a hacer grande a América. No obstante, para él América empieza y termina en los límites territoriales del país con la bandera de las barras y las estrellas. Por lo tanto, con relación al T-MEC, hasta enero de 2025 no hay mucho que podamos esperar, ni de las reuniones de los paneles trilaterales ni de cualquier cambio sustancial que pudiera permitir a México no solamente continuar siendo el principal socio comercial de Estados Unidos, sino que le diera la oportunidad de colocarse como un diamante en bruto con un crecimiento significativo en el mediano plazo y un importante jugador dentro de la economía moderna. Tendremos que esperar y, sobre todo, ver si quien suceda a López Obrador y quien termine ocupando el Despacho Oval tienen las mismas intenciones y la idea de que el potencial económico de México aún está por estallar.

Como consecuencia de la revolución tecnológica y de las comunicaciones, explotaron los hábitos y nacieron las benditas redes sociales. Si Barack Obama fue el primer presidente hijo de YouTube, sin duda alguna esta batalla marca el final de lo que significa un mundo de barrio y de porteras donde cada uno puede escupir para ver quién llega más lejos sin estar vinculado a las campañas políticas y sometido a la obligación de decir la verdad ni bajo tortura. Tengo la impresión de que esta campaña –tanto en Estados Unidos como en México– va a significar un punto y aparte y será algo que dé paso a un reequilibrio entre la presión del cerco virtual y la manifestación de la actuación política para vender un producto.

De cualquier manera, el presidente López Obrador está tensando la cuerda y la está tensando hasta tal punto que ya veremos hasta dónde aguantará o si termina rompiéndose. En cualquier caso, es necesario observar que la que está efectuando es la campaña más inteligente para beneficiar a su candidata. Todo lo que él pone en peligro, compromete o presiona es lo que su candidata podría arreglar y alzarse como una heroína, sin importar lo radical de las decisiones y acciones tomadas. Por si eso no fuera suficiente y por si por momentos se le olvidara de dónde viene y hacia dónde tiene que ir, ahí está la modificación de la revocación del mandato para recordarle –si es que hubiera un milagro y no fuera Claudia la elegida– a cualquiera de las dos que esto se acaba con el núcleo duro de Morena en el momento en que el Presidente así lo quiera.

En toda época y bajo cualquier circunstancia es necesario entender y captar bien las señales. Yo me congratulo y me alegro de que ya se acabaron los fuegos artificiales y los planteamientos teóricos, esto es sencilla y llanamente una campaña que es la más decisiva de nuestras vidas. Comúnmente, eso se dice de todas las campañas, pero, con diferencia de las demás, en esta ocasión confluyen la crisis estadounidense con nuestras propias crisis, con la redefinición del papel del mundo del crimen organizado, los límites del Estado y cómo se puede construir un desarrollo económico sin garantías jurídicas, sin garantías energéticas, sin garantías hídricas y, lo que es más importante, sin garantías de que el país no se vaya pareciendo cada día más –aunque sea imperceptible– a lo que fue la Zona Verde en Bagdad después de la invasión estadounidense de 2003.

En la Ciudad de México pareciera que se tiene una engañosa tranquilidad y espejismo como si no estuviera pasando nada, pero la realidad es que está pasando de todo. Basta ir y recorrer las distintas periferias de la CDMX para saber que en el cualquier lugar te puede asaltar la ausencia de la ley y el desorden que impone el nuevo orden que, a su vez, es el que se emana de la conquista territorial de los grupos del crimen organizado.

Esa es la lección. Por una parte, arriba, en la cúspide, se está tensando la cuerda y a ver si se rompe. Por otra parte, siempre que se consiga amedrentar a los demás con la actuación, vendrá Claudia a arreglar lo hecho y, por lo tanto, todo será ganancia. Tengo la sensación de que la Ciudad de México se está dando irremediablemente por perdida. Es más, cuando leí la sentencia presidencial del aburguesamiento en la capital, entendí que ese no sería el Stalingrado de Morena. Es decir, se decide abandonar todo por la mayoría en el Congreso y en el Senado.

Suponiendo que ya no haya vuelta atrás para la Presidencia –que es mucho suponer–, que en realidad es donde todos los esfuerzos están concentrados, lo que hay que saber es que, de ninguna manera, se pueda presentar una interrupción del programa político del Presidente y de su brazo político, que es Morena, ni en el Congreso ni en el Senado. Se dejará para otro momento algo elemental, que es la ruptura del pacto federal. Desde siempre hemos sabido que el Presupuesto es igual a política. Sin embargo, en este momento los gobernadores parecen alcaldes, y es que el Presupuesto –según la confesión propia en uno de los muchos videos, que vaya usted a saber si es verídico– ya no lo manejan los gobernadores, sino que todo se maneja desde la voluntad presidencial. Y si los gobernadores no tienen presupuesto y no pueden operar con sus propios instrumentos electorales, dígame la diferencia entre un alcalde para hacer juegos florales y un gobernador sin armas, sin dinero y sin proyecto para su estado. Pero por ahora eso no es una prioridad y se dejará para después; de momento tendremos que contemplar la verdadera batalla, que será aquella que dé como ganador a aquellos que puedan imponer sus leyes, su voluntad y su modelo de país, tanto en San Lázaro como en el Senado.

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