Año Cero

Los vientos del pueblo

Los vientos del pueblo, que son los que marcan el temperamento y estado de las sociedades, dictan que todo aquel que sea enemigo de la democracia, es su enemigo.

Hace muchos años, precisamente en 1937 –meses después de que la guerra civil española diera inicio–, el poeta Miguel Hernández, originario de un lugar lleno de historia e invasiones, Alicante, y quien fuera autodidacta, escribió un poema que exaltó por completo al pueblo español. En ese entonces estaba claro que lo que verdaderamente estaba en juego durante la guerra civil, más que cualquier otra cosa, era la esencia del mismo pueblo español. “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me avientan la garganta”.

Miguel Hernández era comunista e intuía que sería parte del bando de los perdedores. No obstante, él levantaba su brazo izquierdo y captaba y gritaba con ansias de obtener la libertad: “Si me muero, que muera con la cabeza muy alta. Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los dientes y decidida la barba”. Hernández fue un activista político de izquierdas que nunca supo ni imaginó que décadas después existiría un movimiento que se consagraría como la supuesta ‘cuarta transformación’ de un país que en la época imperialista fue conquistado por su propia nación.

En cierto sentido, en la irrealidad política que en la década de 1930 y que durante gran parte de la guerra civil acompañó a la República española, en el sentido práctico y no homicida –o sin que el instinto homicida de la 4T se consumara– se puede decir que ambos movimientos tenían muchas cosas en común. La corte de intelectuales, gente formada y que vivía de acuerdo con los valores morales y políticos de la Segunda República española, cometieron el enorme error de olvidar que no estaban solos y que formaban parte de un mundo en el que los extremos políticos de izquierdas y derechas estaban en su momento más determinante.

El pasado domingo 18 de febrero, el mismo día que la candidata oficial del régimen de la 4T decidió inscribirse en el INE para plasmar con letras –esperemos que de oro y no de hierro– la constancia de que se convertirá en la primera mujer que gane unas elecciones, por medio de la voluntad popular, que a su vez la convertirá en la primera representante del sexo femenino en portar la banda presidencial en nuestro país.

El 18 de febrero, bajo la consigna “Marcha por nuestra democracia”, millones de mexicanos salieron a las calles en diferentes ciudades de México. Fuera de las estimaciones reales sobre el número preciso de los asistentes a las marchas, la realidad es que fueron muchos los mexicanos que ese día salieron en busca de defender uno de los valores más preciados de cualquier sociedad. El primer riesgo que tenía esa manifestación era convertirse en un acto divisorio y que acabara en un enfrentamiento frontal de unos contra otros. La democracia, al igual que la paz, el matrimonio o la vida en comunidad, exige tener la capacidad de aguantar a sus opositores o a quienes atentan contra su preservación. La administración de Andrés Manuel López Obrador ha hecho una descalificación masiva de todo aquel que, sin importar de sus intenciones o razones de actuar, haya hecho, aunque sea el amago, de estar en su contra. El argumento implícito de que o están con él o están en su contra es la insignia y el sello que marca este régimen.

Confieso que por un momento tuve la idea y la esperanza de que el Presidente de la 4T, ese líder carismático, indiscutido y único que tan bien actuó los meses previos a rendir protesta como líder de nuestro país, en realidad fuera el cambio que por tanto tiempo estábamos esperando en México. Tuve la ilusión de que llegaría el momento en el que se apartara del camino y dejaría que el proceso democrático se llevara a cabo de manera ordenada, eficiente, pero, sobre todo, transparente. Lo que el Presidente aún no acaba de ver es que la manifestación no se hizo en su contra ni con el objetivo de poner en cuestión su liderazgo, sino que se hizo con el afán de defender la democracia y de detener cualquier acción –independientemente de donde venga– que atente contra ella.

La mesa estaba puesta. Nada hubiera sido más fácil ese día que haber bajado y asomarse desde el balcón de Palacio Nacional frente a los presentes y aprovechar la gran oportunidad que se le presentó. Ese día el presidente López Obrador hubiera podido erigirse –o tan siquiera pretenderlo ser– como el gran defensor de los valores democráticos y de los principios que fundaron nuestra República mexicana. No lo hizo ni hasta este momento ha aprovechado esta oportunidad.

Los vientos del pueblo, que son los que marcan el temperamento y estado de las sociedades, dictan que todo aquel que sea enemigo de la democracia, es su enemigo. Los vientos del pueblo señalan que ya hemos dejado de ser unos “bueyes que doblan la frente delante de los castigos”, sino que más bien somos como los leones que se “levantan y al mismo tiempo castigan con su clamorosa zarpa” a todo aquel que amenaza contra su sistema democrático. No formo parte de un pueblo de bueyes, nuestro pueblo alberga “yacimientos de leones, desfiladeros de águilas y cordilleras de toros”. Así es como tenemos que ver y entender las manifestaciones del pasado 18 de febrero. Espero que esa demostración no haya sido un espejismo ni la estela de cuando en México era posible no pertenecer o comulgar con la ideología de un líder sin ser desacreditado y juzgado con todo el peso del poder. Recuerdo, aunque cada vez más lejano, ese México en el que se podía pensar diferente sin ser masacrado socialmente o expuesto abiertamente en una mañanera. Anhelo que lo sucedido ese domingo en distintas partes del país sea el despertar de un mejor mañana en el que se respete la libertad de expresión, pero, sobre todo, que se respete la voluntad popular y la jerarquía y esencia de las leyes.

En democracia, las victorias y las derrotas son sólo hechos temporales y corresponden a la dirección de los vientos actuales de cada pueblo. Cuando se empieza a exprimirlos, el ejercicio democrático se vuelve imposible. Hoy el hecho de no compartir un gusto o preferencia en militancia política o en formas de ver la historia es suficiente para ser considerado como un enemigo u opositor del régimen. Los matices en nuestro país han dejado de existir y todo se reduce al más puro extremismo sobre que si no se está con alguien, sencillamente se está en contra y merece todas las consecuencias que ello conlleva. Empieza la elección, aunque desafortunadamente lo que verdaderamente está iniciando es el proceso que contestará si la democracia aún sigue cabiendo en nuestro país o si sencillamente la polarización, el odio social y la descalificación la han matado.

COLUMNAS ANTERIORES

¿Habrá elecciones?
Pagar las cuentas

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.