Año Cero

El odio contenido de los pueblos

En América hay un odio contenido. Un odio que, de no ser filtrado y manejado correctamente, en cualquier momento puede provocar un estallido con consecuencias catastróficas.

El recién electo presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha vuelto a demostrar un hecho innegable sobre la realidad del continente americano. Colombia es el país de América en el que no solamente –en mi opinión– se habla el castellano más claro y fluido, sino que además se caracteriza por una determinación y formación de los caracteres en que constantemente se lucha y donde –a diferencia de otros lugares– la dialéctica es un elemento importante, aunque menos importante que la acción. En Colombia, como ellos dicen, “cuando toca, toca”. El día en el que mataron a Jorge Eliécer Gaitán la gente reaccionó y provocó el Bogotazo. Colombia también es un país al que le tocó ser testigo de diversos conflictos armados internos que han durado años y en los que miles de personas perdieron la vida. Es un país que le ha tocado vivir fricciones y tensiones como muy pocos han experimentado.

Colombia no es peor que otros países, tal vez es el que menos afortunado le tocó ser por los dioses por la posesión de materias primas o de recursos como el petróleo, capaces –como le pasó a su país vecino, Venezuela– de marcar su historia y destino. Con una composición étnica no muy diferente a la del resto de los países con los que es fronterizo, a Colombia lo distingue la forma en la que actúa y el carácter que tiene.

Petro es presidente. Aunque nunca tocó las armas, fue guerrillero. Es más, el gran peligro no es que nacionalice ni que le quite el dinero a sus compatriotas, es que realmente es la primera vez que la izquierda, la verdadera, la que se ha forjado por tierra, por mar y por aire, está contrapuesta por sus dos versiones. En un esquema en el que es muy fácil confundir una ciudad moderna y absolutamente desarrollada en el devenir histórico con esa otra Colombia, la mayoritaria, que es la rural y la que en muchas partes sigue teniendo un componente absolutamente cercano al país de los caciques que al país de los demócratas, Colombia pareciera que se encuentra en una encrucijada.

Estamos frente a una situación muy clara. América, toda la América que no habla inglés, está en una una situación en la que nunca antes su furia, su odio y los temas pendientes habían ocupado el poder como lo hacen ahora. Si miramos el ciclo de los últimos años, en Argentina, en Venezuela y en otros países, nos daremos cuenta de que es tanta la rabia acumulada y el odio pendiente que ni siquiera el fracaso económico, el abuso o la privación de los derechos por medio de la venganza y la dialéctica son suficientes para equilibrar la situación. En un panorama en el que, por primera vez, los de abajo, los pobres tienen el poder, en muchos sentidos, y bajo efectos prácticos la situación podría traer consigo efectos incluso catastróficos.

Que el mundo está en problemas es algo que todos sabemos y que nada ni nadie puede negar. La diferencia de esta situación en la que la llegada de Petro al poder no supone un desequilibrio o desnivel dramático –lo que es dramático es la manera en la que se ejerce el poder y la vida diaria de los pueblos– tiene una vez más un análisis pendiente por realizar. Después del milagro mexicano, del fenómeno incomprensible peronista o del fracaso bolivariano, la situación de las Américas viene a confirmar lo que alguna vez Franklin Delano Roosevelt dijo sobre el dictador nicaragüense Tacho Somoza: “Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Para los estadounidenses, un dictador centroamericano que era suyo era razón suficiente para mantenerlo con armas y enfrentado contra su pueblo. La sangre de Augusto Sandino no manchaba la relación de los gobernantes de Washington. Hoy, no es que vuelva a aparecer un personaje como Gaitán, es que finalmente un ciclo de la historia se cierra con la oportunidad y, una vez más –como pasa en tantos países, como pasó en Argentina, como pasa en Venezuela y como está pasando en México–, la dialéctica, la bendita dialéctica, está haciendo de las suyas. Además, hoy la venganza cumplida –por fin– por parte del poder de los que nada tuvieron, es superior al hecho de vivir en una situación de permanente fracaso.

¿Sabrá Petro armonizar lo que es el desarrollo de las instituciones, la política y la economía con su discurso político? Está por verse. Pero lo que sí parece claro es que, en este momento de la historia –como pasó con Somoza–, lo que importa no es el fracaso. Lo que importa es que sea nuestro fracaso. Así se van construyendo gigantes continentales que al final del día todo lo que proponen y prometen es hacer una lectura de la historia para saber por qué o cómo es que llegamos a fracasar tanto. Sin embargo, se hace teniendo mucho cuidado en que esa cuenta nunca se la hagan a ellos y que sus fracasos sean heredados de la actuación de los neoliberales o de los gobiernos que los precedieron. Y en medio de todo eso está un sentido de orfandad. Una orfandad que surge tras el abandono claro de Estados Unidos. Hace mucho tiempo que los estadounidenses han dejado de fungir como la figura paterna y como el referente tanto moral como político de las otras Américas. Todo esto ha creado un vacío en un territorio tan grande como lo es la América que no habla inglés y un déficit de referentes y modelos políticos y económicos a seguir.

Rusia está en Venezuela. Los estadounidenses argumentan que Rusia también está en México. Cualquier enemigo del que era, hasta hace muy poco tiempo, no solamente el líder de la economía y de la capacidad de destrucción del mundo, Estados Unidos, capaz de penetrar en los países que lo rodean –especialmente los fronterizos, como es el caso de México– vulnera su estabilidad y seguridad. Ha llegado a un punto en el que ni siquiera es necesario atacar a los estadounidenses desde fuera, basta con la furia instalada en los gobiernos y toda la situación que vamos conformando en la que por fin sea una nueva América, capaz de resolver sus cuentas pendientes. Una América que, más allá de dividirse y enfrentarse, sea capaz de reducir su brecha social y que tenga la capacidad de construirse y culmine la tan ansiada reconciliación pendiente por tantos años. Una América que deje a un lado la venganza latente por generaciones y que opte por el desarrollo y el crecimiento

¿Ganará Lula en Brasil? Desde mi punto de vista, es algo claro. Lo que yo no sé es qué es lo que quedará de aquel líder brasileño que fue capaz de sacar de la pobreza a más de 28 millones de sus compatriotas. Algo que, en lugar de fomentar un sentimiento de agradecimiento y de fomentar el desarrollo social, lo que terminó por producir fue un estallido de odio social y de reclamación. No bastó con haberles dado una mejor calidad y esperanza de vida, a los brasileños les faltaba contar con muchas más cosas. ¿Dónde habían quedado los hospitales, las carreteras o los colegios?

En definitiva, el mundo en el que estamos viviendo tiene una sola lectura y que es única y determinante. En internet todos podemos ver qué tiene cada país, sobre todo aquéllos que son los que más tienen y con lo que cuentan las naciones que, con gran sacrificio –o simplemente porque fueron beneficiarias de grandes recursos y supieron administrar mejor lo que tenían–, tienen un desarrollo superior a los demás.

No se computa cuánto costó llegar, lo que se computa es cuándo me llegará el trozo del pastel al que tengo derecho simplemente por estar vivo. Le deseo toda la suerte al presidente Petro y al pueblo colombiano, pero, sobre todo, en esta situación se la deseo a todas las Américas que no hablan inglés. Como se evidenció en la Cumbre de las Américas, celebrada en la ciudad de Los Ángeles, la situación política y social dista de lo ideal. El panorama es potencialmente explosivo y lo es por una razón muy sencilla, y es que los que representan a los que menos tienen, a los sin tierra, a los sin nadie –como dice Petro– están actualmente en el poder. Y la gran pregunta que estos líderes no están dispuestos a contestar es: ¿para qué quieren el poder? Y el poder que ostentan, más allá de recordarles constantemente que en el pasado fueron robados y que todo es culpa de quienes los precedieron, ¿verdaderamente en qué beneficiará a sus pueblos?

En América hay un odio contenido. Un odio que, de no ser filtrado y manejado correctamente, en cualquier momento puede provocar un estallido con consecuencias catastróficas.

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