Año Cero

El costo de los sueños

Hoy, el costo de los sueños empieza a ser notorio, las cuentas empiezan a salir a la luz y los plazos empiezan a vencer.

Resulta enternecedor ver el choque entre el sueño y la realidad del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Todas las mañanas, después de dar los buenos días –siempre con un abrigo, que siendo tabasqueño el frío le afecta mucho–, empieza a desgranar el doloroso camino que significa descubrir el fin de los sueños. El líder del país soñaba con transformar México –a su manera y sin importar lo que esto implicara–, pero siempre tuvo la convicción y el deseo de generar un cambio en el país. A costa de todo lo destruido en el camino, el presidente López Obrador ha cumplido con su misión. Sin embargo, no hay plazo que no se cumpla ni sueño que dure para siempre.

Yo soy de los que creen que los sueños dan vida y mantienen la ilusión viva. Son tan necesarios como la esperanza de que siempre hay la posibilidad de tener un mejor mañana. Soy de los que creen que la fe mueve montañas. Pero también soy de los que saben que, para poder cumplir los sueños –además de mucha palabrería, mucha ilusión y fe–, necesitas tener eficacia. Al presidente de México y a su equipo le faltó y le ha faltado la eficacia. Y ahora ya podemos empezar a sacar el costo de los sueños. Dejaré fuera el aeropuerto de Texcoco, y no por preferencia propia, sino porque cada vez que aterrizo en la Ciudad de México –cosa que hago con frecuencia– veo con dolor el hecho de que mis nietos tendrán que sufrir con lo que yo sufro. No haber hecho Texcoco nos sitúa 30 años más allá de lo que deberíamos estar. ¿Y sabe qué es lo peor? Que ya llevábamos 30 años de retraso, por lo que en realidad llevamos 60 años de sueños inconclusos y de plazos sin cumplir.

Nunca olvidaré lo que pienso en la soledad de mis noches. En ellas, una de las cuestiones que más invaden mis pensamientos es la cuestión sobre quién hizo a López Obrador. ¿Lo hizo el fracaso consecutivo de llevar 18 años de ilusiones y sueños frustrados? Probablemente. Desde hace 18 años que López Obrador llevaba prometiendo al pueblo mexicano un cambio. Al final, para el actual Presidente daba igual si en el poder estaba el PAN o el PRI, para él la oferta era la misma y los cambios nunca llegaban.

Es difícil saber cuánto valen los sueños frustrados, pero con todo lo que estamos viviendo, nos podemos dar una idea de su verdadero costo. Empezamos a verlo en el descontrol de la violencia. Empezamos a verlo con falta de ilusión. También es notable en el hecho de ser un país que ha perdido y cambiado cualquier sentido de superación, por recibir sin tener que dar nada a cambio.

Guardo en mi memoria cuando en el año 2003 tuve una conversación privada con el antiguo presidente de México, Vicente Fox, en la que le mostré mi sorpresa y le comenté que un grupo de macheteros de Atenco podrían parar el aeropuerto de Texcoco. El entonces presidente me contestó: “No exagere, licenciado. A final de cuentas sólo el 6 por ciento de la población mexicana viaja en avión”. Eso explica gran parte de las tragedias. Eso explica por qué no podemos ofrecerle a nuestro país ni la pobreza como destino ni los caballos como medio de transporte.

Después de Vicente Fox vino Felipe Calderón, y por si no hubiéramos tenido bastante con la advertencia de los mayores personajes y acontecimientos del México bronco, el entonces presidente de México desenfundó la pistola y comenzó a disparar. Y fue ahí que descubrimos lo que todos suponíamos, pero no nos atrevíamos a aceptar: que detrás de cada mexicano había alguien con un arma dispuesto a disparar. Ese paseo por la violencia y la sangre no terminó con la victoria del Estado, sino que terminó con el fracaso de la sociedad. Y, finalmente, a todos los que habíamos colaborado con el sistema y creído en su evolución, nos faltaron reflejos para entender que Enrique Peña Nieto y su régimen eran el régimen de la cleptocracia.

Los más de 30 millones de votos obtenidos por López Obrador no se entienden sin el fracaso acumulado de la transición del régimen del 2000, sin el trauma electoral ni la violencia de la administración de 2006, pero, sobre todo, sin la cleptocracia del régimen que inició en 2012. Dieciocho años de ir asesinando el sueño del pueblo nos trajo un presidente con el mayor poder político de la historia moderna de la nación.

Que nadie se queje, todos somos responsables. El poder que actualmente sustenta el presidente López Obrador es consecuencia de años de promesas inconclusas y de sexenios y administraciones fallidas. Desde que Vicente Fox llegó, en el año 2000, a Los Pinos, los mexicanos –principalmente quienes nos gobernaban– pensábamos que todo lo que se hiciera o se dejara de hacer no tendría consecuencias. Los pasados líderes y presidentes de México creían que ni esa transición que ocurrió en el inicio del siglo 21, ni los cientos de miles de muertos como consecuencia de la guerra contra el narcotráfico, ni la cleptocracia de la administración Peña Nieto, tendrían mayores consecuencias. Hoy, la consecuencia y el resultado de todo eso se llama Andrés Manuel López Obrador.

Hoy, el costo de los sueños empieza a ser notorio, las cuentas empiezan a salir a la luz y los plazos empiezan a vencer. En la actualidad, ya sabemos que el tren suburbano que pretende recorrer una ruta que lleve a los pasajeros hasta Santa Lucía tiene un costo inasumible. Ahora ya sabemos que el Tren Maya es un sueño guajiro e imposible que –además de llevarnos a La Chingada– tiene grandes dificultades para cumplir con sus objetivos logísticos y turísticos. Las dificultades presentadas para que el tren pase por Mérida, Cancún o Tulum hacen de éste un proyecto condenado al fracaso. Y al final, para poder sacar al buey de la barranca, se necesita de la colaboración de los miembros del sector privado, mismos a quienes se les acusa de boicoteadores y, en ocasiones, incluso se les acusa de ser enemigos del régimen.

Pero mientras esa colaboración se da, el buey sigue en la barranca. Y al parecer allí va a seguir durante mucho tiempo, ya que, al final, en este entreacto que supone la consulta sobre la revocación de mandato –por si nos faltaba algo y por si no teníamos ya bastantes problemas–, lo que queda claro es que a nadie le importa el futuro. Sólo nos importa el pasado y echar en cara qué, cuándo, cómo, dónde y por qué hicimos lo que hicimos.

El final del sueño siempre es amargo; es como el final del amor. Sin embargo, no se puede vivir ni sin sueños ni sin amor. No seré yo quien castigue ni quien condene al Presidente por soñar. Lo que sí seré es un mexicano más que le pedirá que, además de sueños, debería haber entendido que su función le imponía contar con una eficacia que no tuvo. Todos los que le rodean, le aplauden y lo consuelan frente al fracaso, son tan responsables como él. Sólo que al final de esta era sólo quedará la triste imagen de las mañaneras –con abrigo o sin él–, y el resto será sólo lo que pudo ser y que, una vez más, no fue.

¿Qué, cuándo y cómo seguirá? Nadie lo sabe. Según el cálculo del México que conocemos, el siguiente presidente también será de Morena. Aunque la pregunta es: ¿qué es y cuánto durará Morena? Todo lo que no sea la propia figura y la persona de Andrés Manuel, es una ficción. Y se trata de una ficción sin contenido. A partir de aquí, tenemos que empezar a vivir con la realidad, y ésta supone que ni Texcoco, ni Santa Lucía, ni el Tren Maya –ya veremos qué pasa con Dos Bocas–, ninguno de estos proyectos, por concluirse y fracasados, han sido suficientes para lograr el cambio buscado ni asegurar el tan anhelado y próspero mañana. Sin embargo, lo que sí es seguro es que el día de mañana tendremos una razón para perseguir, insultar o condenar a alguien. En México, cada mañana que sale el Sol buscamos un culpable, a quien responsabilizar de por qué las cosas no salen. Mientras el mundo se debate en un cambio de modelos y en una crisis de sistemas como nunca antes se vio, nuestro país lidia con sus propios problemas. En México, la democracia no está en crisis, ya que éste es un concepto que nadie se empeña en fortalecer. En México, el concepto de la seguridad no está en crisis, porque es un concepto que simplemente ha desaparecido en nuestras vidas.

Tras años pensando que nuestras acciones no tendrían consecuencias, hoy en México lo que está en crisis es la convivencia, y lo está en un sentido invertido. Si la corrupción había que limpiarla como las escaleras, de arriba hacia abajo, el odio social y la destrucción de la cohesión social del país también está siguiendo el mismo modelo de acción, de arriba hacia abajo. Desde la primera voz hasta la última, México se ha envuelto en un ciclo intermitente en el que diariamente se trata de buscar responsables y de criminalizar a los demás. Ya no sólo se busca a los responsables por lo sucedido en el pasado, ya se ataca a todos por igual. Y en esa búsqueda incesante de encontrar a los culpables, nunca –ni por accidente, ni por casualidad– alguien ha admitido tener la culpa de nada.

Somos un país de muchos delitos, pero de pocos responsables. De muchos acusados, pero de pocos culpables. Y en medio de todo eso, no hay un sentido de autocrítica, ni existe sentido del perdón. Sólo existe el sentido de que alguien, en algún lugar, traicionó a la 4T, a pesar de que ni siquiera el creador de la cuarta transformación podría explicar exactamente qué es lo que es o en qué consiste el movimiento. Lo único que se sabe es que llegó a donde está por culpa o a causa de quienes lo precedieron.

Pobre México. Con tanto qué soñar y con tantos plazos por vencer.

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