El virus de la discriminación y su genoma
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El virus de la discriminación y su genoma

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El virus de la discriminación y su genoma

12/05/2020
Actualización 12/05/2020 - 14:21

En la literatura científica y de las revistas de investigación más prestigiadas, ya aparece publicado el análisis sobre el largo listado de letras que definen la conformación del complejo genoma del Covid-19. Solamente el entendimiento de su estructura y su funcionamiento, conducirá al descubrimiento y elaboración de una vacuna que sirva para enfrentar el virus –un antídoto que vencerá la pandemia por involucrar a nuestro propio sistema inmunológico como principal defensa del cuerpo.

Un fenómeno latente en el universo microscópico podría encontrar un parangón en el entorno de nuestra realidad social.

Podríamos decir que, así como la debilidad de nuestro sistema inmunológico puede permitir el acceso y efectos perniciosos del virus contra nuestro sistema vascular, neumológico o renal, de la misma manera, la debilidad de las instituciones y descomposición de nuestro tejido social puede permitir la entrada de liderazgos y agendas que amenacen la vida misma del Estado, como lo hemos concebido.

Una sociedad sana, en el entorno global al que históricamente pertenecemos, cuenta con ciertas condiciones de funcionalidad de las que depende su supervivencia. Nos referimos a las necesarias cláusulas de estabilidad con las que está dotado el Estado moderno y las sociedades que los habitan: solidez democrática; paz pública; Estado de derecho y legalidad; alto nivel educativo de su población; sana distribución de la riqueza; respeto por los derechos humanos; conciencia de solidaridad social, etcétera.

A lo largo de los años, México ha venido padeciendo los graves efectos de dos enfermedades que han carcomido una buena parte del tejido que une a ese cuerpo social en el que habitamos: los problemas de corrupción y seguridad pública.

Ambos lastres impedían, por lo menos en forma aparente, que el país despegara y creciera para generar bienestar para su población a las tasas esperadas, no obstante los esfuerzos emprendidos para lograr la conformación y puesta en marcha de todos los otros órganos que, en la modernidad, son sinónimo de desarrollo social: reformas puntuales en el ámbito democrático para dar estabilidad a la alternancia en el gobierno; reformas fiscales que mejoraron la recaudación; modificación constitucional para dar cabida a órganos autónomos para la defensa de los derechos humanos; manejo prudente y experto de la banca central; asignación independiente de concesiones de radio y televisión; control y supervisión de la competencia económica, etcétera.

Así, no siendo criticable la visión de país en términos generales, durante los últimos doce años escuchamos que la disfuncionalidad de nuestro sistema se enfrentaría con eficacia si se lograba acabar con los dos problemas latentes que, lamentablemente, no han desaparecido y posiblemente se han arraigado con mayor fuerza: los robos en el gobierno y la muerte de los mexicanos.

A pesar de que el gobierno ha contado con el mayor apoyo popular del que se tenga registro y, por ello, con la más absoluta legitimación para impulsar una agenda política que permita a México evolucionar en el camino anhelado, los resultados muestran un retroceso dramático con respecto al rumbo que la ciudadanía desea emprender. La administración de Morena y su poderosa bancada en el Congreso han aprobado reformas a la Constitución y a las leyes que destruyen un andamiaje construido a lo largo de muchos años, a través del cual se perseguía la consolidación de un plan que es congruente con relación al mundo desarrollado en el que el empleo ha probado ser un factor certero de bienestar.

Grave resulta apreciar cómo, ante la evidencia objetiva y aplastante de la realidad matemática del fenómeno, tenemos a un Presidente blindado ante un electorado que lo soporta y acompaña, a pesar de la falacia de sus postulados y afirmaciones, como han quedado al descubierto a lo largo de las últimas semanas.

En la analogía microscópica primero utilizada nos preguntamos ¿qué dolencia padece el sistema inmunológico de nuestra sociedad que, ante la contundencia de los hechos, hallamos a fieles electores empecinados en seguir los pasos de un Poder Ejecutivo dispuesto a sepultar el país antes de redireccionar o reconsiderar el rumbo?

Se ha probado que las primeras aproximaciones del caso se hallaban equivocadas: la corrupción e inseguridad pública no han sido una causa determinante ni un obstáculo para el desarrollo del país. Obviamente, tampoco puede serlo una administración autoritaria o antidemocrática del gobierno como la que se acusa que hoy existe, pues además de que esta ancla es apenas novedosa, si así se supusiera, la sola lógica ciudadana provocaría que sus seguidores abandonaran su preferencia partidaria y se convirtieran en fuertes críticos de las transformaciones que se vienen aprobando, un hecho que no acontece. El punto es que, tanto la corrupción como el fenómeno del autoritarismo no son causa… constituyen realmente un efecto.

Los vicios del pasado, así como el populismo y afianzamiento de un gobierno autoritario, provienen de un defecto esencial que todos vemos y nadie reconoce ni se atreve a cambiar.

Al enfocar su discurso en la atención a los pobres, el Presidente logró su inmediata asociación personal con un segmento mayoritario de la población que se ha mantenido en la opresión y en el olvido, que ven en el lema y su portador una única oportunidad para salir de un estado de supervivencia en el que se han encontrado a través de la historia y a lo largo de varias generaciones.

El genoma del virus que afecta al tejido social mexicano, que se debe de entender si se quiere erradicar, se halla en el complejo sistema de castas en que estamos acostumbrados a vivir; en el problema de la segmentación piramidal de nuestra sociedad gestada desde la Conquista, durante el Virreinato y ahora, inclusive, en el México moderno, en la discriminación como modelo de vida.

La razón por la que el reforzamiento del discurso divisorio de la sociedad se emplea con eficacia por el presidente de México, obedece a su entendimiento de este fenómeno en el que son más quienes han vivido en la pobreza siendo víctimas de la discriminación, que aquellos privilegiados que se han beneficiado enormemente de los frutos que arroja una economía y una sociedad disfuncional.

Ahora que muchos se plantean los métodos para desarmar un régimen de gobierno que, por acción o por omisión, amenaza con acabar con las fuentes de empleo que soportan la marcha de nuestra economía y bienestar, se soslaya la importancia que reviste, en esa riesgosa empresa, el desconocimiento del patrón que se repite a lo largo de la cadena del virus que nos aqueja.

Si queremos que México salga adelante de la crisis que arroja la pandemia, de la depresión económica que la inacción gubernativa amenaza con dejar ante nosotros, debemos de empezar a trabajar fuertemente para lograr la comprensión y unión de ese número inmenso de ciudadanos, cada uno representante de un voto, de los que depende la elección de su gobierno. La recuperación de la unidad, en México, no está en la economía, está en la desaparición de una desigualdad por razón de raza, de origen o de pertenencia a un determinado sector de la población.

Mientras los posicionamientos políticos que nuestra sociedad se haga giren entre el restablecimiento del pasado o la consolidación de una transformación, que universaliza la pobreza, prevalecerá esta última hasta en tanto los mexicanos no dejen de suponerse superiores e inferiores entre sí mismos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.