El pavimento de las buenas intenciones
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El pavimento de las buenas intenciones

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El pavimento de las buenas intenciones

18/12/2018
Actualización 18/12/2018 - 13:46

Si pensamos en darle sentido a la frase presidencial de dar prioridad a los más pobres, podremos encontrar la lógica de las acciones que emprende el Ejecutivo al impulsar los planes para el desarrollo de infraestructura en los estados del sur del país, como son la construcción de una refinería y el tren maya, porque implicarán una derrama económica para los estados menos desarrollados de México; los que más la necesitan.

Viendo las estadísticas de crecimiento del país, los estados de Chiapas, Campeche, Yucatán y Tabasco ocupan los lugares 30, 24, 23 y 19 en el índice de rezago nacional, sólo la última con un índice positivo respecto de las demás; condición que, desde luego, justifica la implementación de acciones que detonen un crecimiento que les permita ponerse a la par de aquellos que van a la vanguardia de crecimiento, como Nuevo León, la Ciudad de México, Coahuila y Aguascalientes, con un crecimiento porcentual del Producto Interno Bruto por entidad superior al resto de México.

Los proyectos que destapa Morena no son acciones novedosas, ni son planes excepcionales que no se hubieran tenido en mente anteriormente. El rezago del sur ha representado una problemática que se ha intentado atajar a lo largo de los años.

En el sexenio pasado se arrancó un proyecto interesante, que en unión del plan que ahora se ha diseñado vendrá a generar posibilidades de progreso para los pobladores de estas entidades, nos referimos a las Zonas Económicas Especiales, una de ellas en Progreso, Yucatán, un proyecto que a través de la estimulación fiscal vislumbró la posibilidad de atraer capital para impulsar la producción fabril, altamente generadora de empleo.

Los proyectos de la refinería de Dos Bocas y el tren maya, sin embargo, son cuestionables desde dos puntos de vista: logístico y ambiental.

El segundo de los mencionados es evidente, aún habiéndose llevado a cabo tan histriónico despliegue de atribuciones como el de este domingo, mediante la celebración de las festividades indígenas para pedir permiso a la madre tierra para construir el proyecto, es evidente que la afectación a la flora y fauna en la península será irremediablemente trascendente.

No estamos hablando de la tala indiscriminada de árboles y perjuicio al ecosistema de especies en peligro de extinción como el jaguar, por la construcción de las vías, sino de un daño mucho mayor que vendrá aparejado con el potencial crecimiento de actividades sociales que el trazo de ese mismo circuito ferroviario pretende consolidar.

El caso de la refinería de Dos Bocas es de la misma naturaleza, ya no por la mera construcción de la refinería y el daño que ese proyecto industrial trae aparejado, sino también, por lo que implica el arranque de un plan que tiene como propósito principal el de extraer hidrocarburos para producir un combustible fósil, que afecta la atmósfera y produce un cambio climático contra el que todo el mundo está luchando, literalmente.

Lo paradójico de todo esto es que el mega proyecto del sureste no guarda una cordura logística que se apegue al objetivo que se pretende alcanzar.

Se quiere trazar un circuito férreo cuyo costo es inmenso, que no va a conectar nada; realmente. En lugar de que los polos de desarrollo y la viveza de una cadena productiva genere como consecuencia una necesaria conectividad, el orden pensado es exactamente a la inversa; se quiere crear un circuito en la nada, con el objetivo de impulsar un desarrollo industrial posterior en tierra de nadie. Ninguna persona en sus cinco sentidos podría pensar que el turismo que acude al sureste de México sería suficiente para amortizar la inversión que se deberá despachar (el territorio es amplísimo para visitarse en quince días, y el comercio actual es virtualmente nulo).

Siendo que durante la colonización de los Estados Unidos, la idea de desplegar la infraestructura ferroviaria siguió el mismo principio, no puede apreciarse que no tuvo la misma razón: la justificación de lograr una más pronta colonización de los territorios desocupados del oeste constituía un motivo más que suficiente para emprender un gasto que, después, con el oro, se vio perfectamente solventado. Esa lógica no existe ni encontrará un mismo eco en la conectividad entre Tenocique, Escárcega y Bacalar. No existe una economía entre esos sitios, y difícilmente la habrá por el solo hecho de que existe un tren que los una.

Por otro lado, la idea ya superada de lograr producir nuestra propia gasolina para garantizar la soberanía nacional en materia energética podrá tener un sustento patriótico para efectos electorales, pero resulta insostenible si se logra ver cómo, el costo de construcción y mantenimiento de la refinería, permitirá el arranque de operaciones en una época en la que la convergencia tecnológica en materia automotriz superará la vida de la refinería misma.

En países del norte de Europa está planteada la prohibición de venta de vehículos de combustión interna a más tardar en 2030, y en España y el resto de Europa en 2040; lo que significa que el derroche económico que emprenderá esta administración tendrá una vida útil, en una economía globalizada que en este tema no tiene punto de reversión, de aproximadamente siete años.

El camino al cielo está pavimentado de buenas intenciones. En el caso del desarrollo de infraestructura, queda claro que la marcha del país no la decide el Ejecutivo, y que la comunicación y entendimiento entre lo que el gobierno pretende y la iniciativa privada está dispuesta a hacer, resulta esencial.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.