Análisis sin Fronteras

Populistas, reelección y 'sorry loser'

El violento ataque contra el Capitolio estadounidense es un recordatorio de lo peligroso que es para las democracias que exista la posibilidad de la reelección de un mandatario.

El violento ataque contra el Capitolio estadounidense, por seguidores de Donald Trump, es un recordatorio de lo peligroso que es para las democracias de que se permita la posibilidad de la reelección de un mandatario. Donald Trump jamás reconocerá que perdió, ya sea porque en verdad cree que le 'robaron' las elecciones, por el temor a las múltiples investigaciones penales que seguramente enfrentará o simple y llanamente no puede comprender su nueva realidad como un loser.

Trump, en lugar de tomar pasos para asegurar la posibilidad de lanzarse de nuevo como candidato a la presidencia, ha decidido salir de la Casa Blanca quemando los barcos, dejando a Washington incendiado. Hay videos de su discurso horas antes del ataque al Capitolio, donde le exige al vicepresidente Mike Pence violar la Constitución y arengar a seguidores a que lo acompañen al Capitolio para detener el reconocimiento formal de que Joe Biden es el siguiente presidente. Las imágenes del discurso, de la violencia asesina y los mensajes en las redes sociales no mienten. A pesar de las recomendaciones de sus abogados, que temen un juicio penal o una destitución, Trump se rehusó a reconocer su culpabilidad, bajar el tono de sus amenazas o reconocer que perdió las elecciones.

Tampoco le importa a Trump perder el apoyo de actores políticos y económicos importantes para una posible candidatura. En las últimas horas rápidamente hemos visto cómo seguidores abandonan el barco Trump antes de que se hunda. Y esto a Trump no le importa porque no los necesita. No tiene ni la mínima intención de promover una visión 'conservadora' o proteger su legado histórico.

Lo que Trump buscaba era mantener el poder y su imagen, y no enfrentar varios juicios.

Otra lección aprendida es recordar que estos líderes son literalmente 'radioactivos'. Continuar apoyando a líderes antidemocráticos, violentos, cuyos objetivos son mantener el poder y no los intereses de la sociedad o el país, vuelve también radioactivos a sus seguidores.

Estados Unidos es (era) una democracia sólida, donde la fortaleza de sus instituciones, la independencia de la rama judicial y legislativa, medios de comunicación dispuestos a enfrentar al Ejecutivo y sobre todo la sociedad civil fueron algunas de las razones por las que Trump no ejecutó un golpe de Estado. Particularmente importante señalar que, a pesar de todos los intentos de involucrar a las Fuerzas Armadas y el aparato de 'ley y justicia' para apoyarlo en actos que atentaban contra la Constitución, se mantuvieron ajenos. Pero no fue en balde el hecho de que hace unas semanas renunciaron el secretario de la Defensa, el procurador y esta semana el secretario de Seguridad Interna. Hace unas horas, los jefes del Comando Conjunto, los funcionarios de más alto rango en las Fuerzas Armadas estadounidenses, publicaron una carta denunciando la violencia en el Capitolio y asegurando que el siguiente comandante en jefe será Joe Biden. Hace unas semanas, más de 10 exsecretarios de la Defensa hicieron un llamado a Donald Trump de no violar la Constitución, y recordaron a los generales y almirantes que su lealtad es proteger la Constitución, no al presidente.

Y claro, hay que reconocer la decisión del acérrimo seguidor de Trump, el vicepresidente Mike Pence, quién se rehusó a seguir las exigencias de Donald Trump de violar la Constitución. Esto ciertamente puso en peligro la vida de Pence, ya que durante la insurrección en el Capitolio hay información de que agresores buscaban a Pence para lincharlo a él y a la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi. Y traían armas y explosivos.

Si Pence, las Fuerzas Armadas o policías estadounidenses hubieran decidido seguir las instrucciones del presidente Trump, tal vez la historia sería otra: una guerra civil.

Muchas lecciones nos deja la crisis constitucional que enfrenta Estados Unidos: Más allá del mal liderazgo que casi siempre deja un gobierno populista, lo más peligroso para la gobernanza y estabilidad de un país es que el presidente sea un 'sorry loser' o mal perdedor, cuando busque ser reelecto. La defensa de una democracia siempre será instituciones fuertes, legisladores y jueces independientes, oposición robusta, medios de comunicación dispuestos a informar y funcionarios dispuestos a defender la constitución y la legalidad, legisladores no los berrinches y ocurrencias de un presidente perdedor.

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