Comunicación en crisis
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Comunicación en crisis

19/02/2020
Actualización 19/02/2020 - 13:22
columnista
Ana María Salazar
Análisis sin Fronteras

El estilo de comunicación de Andrés Manuel López Obrador podría ser catastrófico ante una emergencia nacional.

Ca-tas-tró-fico.

Veamos la crisis de los feminicidios de estas últimas tres semanas, donde el presidente ha sido incapaz de demostrar que reconoce el problema de la violencia y asesinato en contra de mujeres, que tiene una estrategia para enfrentarlo, reducir y prevenir la muerte de más mujeres, y por el miedo que viven a diario.

Incapaz de por lo menos las palabras correctas o el tono adecuado o por lo menos reconocer el problema demostrando que tiene un plan de Estado y no un decálogo de ocurrencias. Su respuesta básicamente se centra en que el Estado mexicano “trabaja para atender las causas que generan los feminicidios”. O sea que en 20 años veremos si se reduce el asesinato de mujeres, por ser mujeres.

Tan no entiende el problema que durante la mañanera describió un estudio sobre sicarios y su relación con su mamá. Mujeres y niñas en este país mueren a manos de sus padres, esposos, parejas y tíos. Uno de los lugares más inseguros para una mujer o una niña es su hogar, no la calle. Las matan aquellas personas que las conocen, no extraños.

Y el presidente hizo un llamado a que no hubiera impunidad. Y sí, hace varios meses comentó que la Guardia Nacional también tendría responsabilidad en resolver el problema de feminicidios. Ah, para las que protestan, básicamente les dijo que pueden seguir protestando afuera de Palacio Nacional, pero por favor no pinten la puerta, porque él ya se desentendió del problema porque vamos a rifar el avión presidencial.

En este momento se requería un presidente sensible, no un politiquero.

Y si el presidente reacciona ante el tema de los feminicidios, donde los datos son contundentes de que sigue subiendo la violencia y el asesinato de mujeres, aun en la 4T, es difícil imaginar cuál será la reacción ante un desastre natural de gran magnitud, donde pueden morir no cientos sino miles de personas, donde será cuestionada la capacidad de él y su gobierno de reaccionar. Donde la credibilidad exige una reacción de estadista y un liderazgo que une a los mexicanos y no que divida.

A los grandes líderes se les recuerda por su reacción en situaciones adversas, donde puedan demostrar que están rodeados de expertos que aseguraran que el gobernante tenga la mejor información para tomar control sobre la situación, o por lo menos dar la impresión de que saben lo que hacen.

Y mucho de la comunicación en estas situaciones tiene que ver con la imagen no solo del presidente, sino de su equipo. Por eso, es un gran error cuando el secretario de la Defensa, el secretario de la Marina, el secretario de Seguridad, el secretario de Salud y el secretario de Hacienda se ven forzados a hablar usando lenguaje politiquero como “neoliberalismos”, o los corruptos de anteriores administraciones. Hasta usar el concepto de cuarta transformación durante sus presentaciones acaba degradando su imagen ante la eventualidad de una crisis.

Cuando hay una emergencia lo que menos necesita ver y escuchar la población son secretarios y subsecretarios “politiqueros”. Otro error es usar a los secretarios para darle credibilidad a programas o estrategias que son cuestionados por expertos o la población. Por ejemplo, usar el secretario de la Defensa para la cena donde empresarios tendrán que comprar cachitos de lotería para un avión que no se va a rifar. O exigir que el secretario de Hacienda justifique programas sociales.

Ante las posibles crisis que se avecinan, que podrían suceder literalmente de un momento para otro, como la llegada repentina de una enfermedad altamente contagiosa, un magnicidio, una crisis económica, un terremoto, una explosión de una refinería o ductos en medio de una ciudad. ¿Cómo reaccionarán el presidente y su equipo?

El culpar a gobiernos pasados de una tragedia o emergencia que se vive en el presente da entender que no saben cómo reaccionar. El decir que el problema fundamental del país es la corrupción se traduce para la mayoría de la población en que su presidente no entiende el sufrimiento y las necesidades inmediatas de la población. Y básicamente no reconocer que los cuestionamientos, que seguramente vendrán, no tienen que ver con sus opositores, sino con ciudadanos desesperados.

Con la desestructura del Estado mexicano, la diáspora de expertos, especialmente en el ámbito de seguridad nacional y Protección Civil y en Hacienda, hay que rezar para que no ocurra nada catastrófico.

Pero, si llegase suceder, señor presidente, por lo menos evite hablar del pasado, acusar a sus opositores y culpar del problema a la corrupción. Porque esto será una receta inmediata para agravar aún más la crisis por la falta de credibilidad de su gobierno.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.