Pudo haber muerto
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Pudo haber muerto

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Pudo haber muerto

19/02/2018
Actualización 19/02/2018 - 14:13

Todos en el cumplimiento del deber, los tres en percances aéreos, sólo uno salvó la vida.

Juan Camilo Mouriño Terrazo, Francisco Blake Mora y Alfonso Navarrete Prida, los tres, secretarios de Gobernación.

El 4 de noviembre de 2008, Mouriño falleció al desplomarse el avión en que viajaba cuando regresaba a la Ciudad de México, después de una gira por San Luis Potosí

El 11 de noviembre de 2011, el 11-11-11, Blake murió al caer el helicóptero en que se transportaba rumbo a Morelos. El último mensaje de este funcionario en su cuenta de Twitter fue sobre la muerte de Juan Camilo: “Hoy recordamos a Juan Camilo Mouriño a tres años de su partida, un ser humano que trabajó en la construcción de un México mejor”.

El 16 de febrero de este año, el helicóptero en el que viajaba Alfonso Navarrete cayó de unos 30 metros de altura cuando intentaba aterrizar en un paraje de un municipio costero de Oaxaca, Santiago Jamiltepec. Salvó la vida de milagro. Aunque en el desplome murieron 14 personas que estaban en un campamento de vecinos, en donde otros 15 resultaron lesionados. Todos ellos buscando refugio por los temblores.

Los tres accidentes obligan a hacer una serie de reflexiones en torno a la seguridad personal del segundo funcionario más importante en el organigrama del gobierno federal.

Resulta inaudito que no haya protocolos de actuación y protección sobre las condiciones de seguridad en las que se desenvuelve el titular de la Segob, tanto en la logística de viaje, como el medio de transporte y, sobre todo, en la agenda institucional.

Los siniestros de los secretarios de Gobernación fallecidos en la administración del presidente Felipe Calderón, de acuerdo con los reportes oficiales, fueron accidentes por negligencia y fallas en las aeronaves; en cuanto al percance de Navarrete, fue causado por la impericia del piloto.

En el caso de Navarrete, sobre la marcha se fue definiendo el destino del helicóptero, tanto en su aterrizaje como la población que iban a visitar, y resulta totalmente irresponsable, por decir lo menos, que se haya elegido el lote baldío cercano al campamento.

Se entiende que en muchas ocasiones la propia coyuntura modifica la agenda institucional; sin embargo, en la prontitud por responder a la emergencia, tras el sismo ocurrido el pasado viernes, fue una decisión acelerada el mandar al secretario de Gobernación al lugar de los hechos, en vez de a otros funcionarios que tienen responsabilidades y atribuciones directas.

Alfonso Navarrete pudo haber muerto esa noche del 16 de febrero, en mi opinión, por decisiones equivocadas y precipitadas y por carecer de un protocolo, insisto, que también precise en qué casos se debe trasladar el titular de la Segob.

Pudo haberse convertido en el tercer secretario del Interior que muriera en el cumplimiento de su deber.

Sólo como recordatorio habría que citar algunas funciones que tiene a su cargo la Segob: vigilar el cumplimiento de los preceptos constitucionales, atender asuntos de política interior y conducir las relaciones del Poder Ejecutivo con los otros poderes de la Unión, los gobiernos estatales y coordinar acciones de protección civil y seguridad nacional, entre otras funciones de relevancia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.