Actitudes hacia la homosexualidad
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Actitudes hacia la homosexualidad

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Actitudes hacia la homosexualidad

24/05/2019

El 17 de mayo se celebró el Día Internacional contra la Homofobia, con el reconocimiento del gobierno de México y, particularmente, del Presidente de la República. La ocasión nos invita a revisar los datos de encuestas para ver cómo han cambiado las actitudes de los mexicanos hacia la homosexualidad.

Como en otros temas sociales, la Encuesta Mundial de Valores, que se ha realizado en México desde principios de los años ochenta, ofrece preguntas que nos ayudan a documentar qué piensan los mexicanos al respecto y cómo ha cambiado nuestra manera de pensar a lo largo del tiempo. Puedo decir que entre los múltiples temas sociales que aborda la encuesta, las actitudes hacia la homosexualidad han registrado uno de los cambios más notables y significativos a lo largo de estas décadas, mostrando a una sociedad cada vez menos intolerante.

Según la encuesta, en 1983 el 72 por ciento de los mexicanos entrevistados decían que la homosexualidad nunca se justifica, tomando la postura en el punto 1 de una escala de 10 puntos. En ese año, la gran mayoría rechazaba absoluta y tajantemente la homosexualidad. En 1990, el rechazo bajó a 55 por ciento y permaneció en 53 por ciento hacia mitad de la década, en 1996. En el año 2000 el rechazo nuevamente bajó, en ese año a 46 por ciento, y en 2005 la tendencia a la baja se aceleró con una reducción todavía más notable, al registrarse 32 por ciento. En ese año, los mexicanos entre 18 y 30 años de edad, que han sido menos intolerantes en toda la serie de encuestas, registraron un rechazo de apenas 26 por ciento, mientras que entre los mayores de 50 años llegaba a 39 por ciento.

Apenas 22 años antes, en 1983, casi tres cuartas partes de los mexicanos rechazaban por completo a la homosexualidad; pero en 2005 el rechazo representaba apenas un tercio de la población adulta. El cambio fue rápido y marcado. Bajo ese contexto valorativo cambiante es que se aprobó la legislación en la Ciudad de México, que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo y que entró en vigor en 2010.

Quizás como consecuencia de ello, el rechazo a la homosexualidad subió por primera vez, en 2012, a 39 por ciento. Este aumento es probable que refleje una reacción a la institucionalización del matrimonio igualitario, principalmente entre los mexicanos de mayor edad, que registraron un rechazo a la homosexualidad de 50 por ciento entre ese grupo (11 puntos más que en la medición anterior), frente al rechazo de 32 por ciento entre los menores de 30 años.

Pero la reacción, si acaso eso fue, no duró mucho: en 2018 se volvió a observar una disminución del rechazo a la homosexualidad, llegando al nivel más bajo registrado hasta ahora en la serie de encuestas, con 31 por ciento. A lo largo de estos más de 30 años, los jóvenes han sido menos intolerantes que los mayores, pero la brecha entre ambos grupos se ha reducido, lo cual significa que incluso las generaciones de mayor edad han venido adaptando sus puntos de vista ante este cambio valorativo marcado por una baja de la intolerancia.

En la Ciudad de México, el rechazo a la homosexualidad registró 26 por ciento en 2018, menos de lo que se observa en el país (31 por ciento). Aún con esa diferencia, uno de cada cuatro capitalinos no ve ninguna justificación a la homosexualidad, y por ahí es donde se mantienen los botones de intolerancia, homofobia, potencial discriminación y hasta violencia en la capital.

Las encuestas documentan un rápido y profundo cambio de actitud en México, a una sociedad cambiante con una tendencia hacia una mayor tolerancia y reconocimiento de las minorías sexuales. Cierto, el cambio no ha sido absoluto y quedan remanentes importantes de intolerancia. Además, el aumento al rechazo que se registró en 2012, después de la legalización del matrimonio igualitario, sugiere que algunos segmentos de la población reaccionan al cambio institucional. Pero, en lo que respecta al cambio valorativo, la tendencia a la baja en la intolerancia continúa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.