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20/05/2020

Desde los ochenta el Congreso de Estados Unidos ha estado más o menos dominado por los conservadores fiscales. En una primera etapa por los que se propusieron acabar con la inflación (el ofertismo de la era de Ronald Reagan); más adelante, por los que aborrecen el déficit y proponen la reducción de la carga tributaria y un gasto público austero (el Tea Party). A pesar de ello, el déficit y la deuda pública se fueron a la estratósfera. Tanto a las administraciones demócratas como a las republicanas, el Capitolio les restringe los presupuestos y las acusa de manejar irresponsablemente los fondos públicos.

Ahora, para enfrentar la recesión, provocada por la pandemia del Covid-19 y la política de confinamiento para frenarla, apenas discutieron algunos detalles antes de aprobar un paquete de estímulo económico colosal, que lleva aquellos indicadores a sus máximos históricos.

Desde luego, nadie pone en duda que, para acabar lo más pronto posible con la crisis, el desembolso en salud pública debe elevarse lo que sea necesario. Hay que aumentar rápidamente la capacidad instalada de clínicas y hospitales; contratar enfermeras y médicos adicionales y dotarles de equipos de protección personal; hacer pruebas y rastrear a posibles contactos de los que presenten síntomas; montar instalaciones para cuarentenas; acelerar la investigación clínica para encontrar tratamientos y vacunas eficaces. Todo eso importa mucho (como 200 mil millones de dólares) pero puede irse financiando con ahorros y reasignaciones.

El problema es que, además, hay que evitar que la economía se colapse y eso va a costar por lo menos diez trillones de dólares (10 más 12 ceros), de los cuales ya se liberó la mitad en menos de tres meses.

La desocupación está a punto de superar el nivel que alcanzó en la Gran Depresión (25%). Para auxiliar a las familias, se les está enviando mensualmente cheques de 1,200 dólares y subió en 600 dólares semanales el beneficio de desempleo. También incrementó la ayuda alimentaria y el apoyo para pagar rentas e hipotecas.

A los negocios pequeños se les concedieron préstamos (que seguramente les condonarán) para que pudieran seguir pagando la nómina. A los grandes, como las aerolíneas, les abrieron créditos preferenciales. Para los sectores más afectados (turismo, restaurantes, entretenimiento), vienen programas de soporte a largo plazo.

Los gobiernos estatales y locales están recibiendo menos recursos de los gravámenes al ingreso y a las ventas. Para evitar que despidan empleados o interrumpan servicios se les está rescatando a través de diferentes fórmulas.

¿SE VOLVIERON LOCOS?

Normalmente, cuando se enfrentan erogaciones imprevistas o se abaten las entradas fiscales, se trata de subir las contribuciones antes que adquirir más compromisos. Máxime si el monto de lo que ya se debe es alto en relación con el PIB. ¿Por qué, entonces, casi todos están de acuerdo en esa estrategia tan inusual? Simplemente, porque hay condiciones que la hacen posible.

No existe gran riesgo de una crisis financiera porque los bancos tienen solvencia y hay escasez de activos seguros en el mundo. Aunque será inevitable que se produzcan alzas de precio moderadas (por el aumento de costos en los sectores perjudicados y por el aprovechamiento de la demanda alta en los no afectados), es improbable que se desate la inflación; más bien hay que estar atentos con la deflación.

La Reserva Federal puede crear dinero ahorita porque los inversionistas están nerviosos y lo van a conservar hasta que encuentren que pueden hacer algo mejor.

Con tasas de interés que casi llegan a cero (y se espera que permanezcan por mucho tiempo por abajo de las de crecimiento) la deuda gubernamental difícilmente desplazará a la inversión privada y el impacto de su servicio en el aumento de impuestos (que pagarían las siguientes generaciones) no es tan inquietante.

Tener un débito grande o chico no es lo importante. No hay una razón deuda/PIB ideal. Lo que cuenta es la capacidad y la voluntad de cubrir las obligaciones. Las agencias calificadoras y los expertos aprueban un plan de rescate tan gigantesco porque es creíble. Evita que haya daños duraderos y acelera la salida de la crisis.

Los americanos aprendieron de su error en la crisis financiera global de 2008: por cuidarse del pasivo frenaron la recuperación. Preocuparse por la deuda en esta etapa es como afligirse porque los bomberos gasten mucha agua para apagar el incendio.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.