Sueños frustrados
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Sueños frustrados

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Sueños frustrados

01/07/2020

Desde el principio se supo que la Guerra Civil en Estados Unidos la iba a ganar la Unión. Tenía mejores fortificaciones, barcos y armas; más caballos y cañones; el doble de efectivos que los Confederados. Fue absurdo que estos se atrevieran a atacar primero y pretendieran llevar su guerra al Norte, en lugar de sólo defender sus posiciones. Además, había tanta rivalidad entre sus generales que eran frecuentes las insubordinaciones, las cortes marciales y los duelos. Antes de las batallas peleaban por estar al mando y después por acreditarse los triunfos o culparse de las derrotas.

Calcularon ingenuamente que Gran Bretaña y Francia, que dependían del algodón que les exportaban, intervendrían a su favor y les proporcionarían armamentos. En vez de eso los europeos sustituyeron sus cargamentos con compras en Egipto y la India. Ningún país los reconoció. En realidad nunca tuvieron ni estrategia ni condiciones para ganar.

La táctica de ensamblar formaciones masivas y armar grandes batallas (Gettysburg, Antietam) le produjo más muertes a la Unión. No obstante, fueron avanzando en una acción envolvente que iba empujando a los sureños hacia el mar. Una a una fueron sitiando las ciudades, permitiendo a sus habitantes escapar, para luego incendiarlas y saquearlas. A su paso iban destruyendo los sembradíos de tabaco, algodón, arroz y azúcar; las fábricas, granjas, graneros y molinos; los puentes y vías ferroviarias. Se trataba de hacer imposible una contraofensiva y de crear temor en la población.

Pocos negros lucharon en esa guerra. En el norte la ley prohibía enlistarlos; muchos liberados se ofrecieron como voluntarios, pero fue hasta avanzada la contienda que se permitieron regimientos de personas de color, con comandantes blancos y con equipos, raciones y pagas inferiores. No representaron ni el diez por ciento de los efectivos y menos del tres por ciento de las bajas. Los esclavos, que eran considerados “contrabando”, eran confiscados e inmediatamente liberados. Raro era el que pedía sumarse a las fuerzas federales. En el Sur sólo pelearon algunos miles, a los que sus amos ofrecieron a cambio la libertad.

Reconstrucción

Después de cuatro años los Confederados se rindieron. El presidente Abraham Lincoln promovió enmiendas a la Constitución para abolir la esclavitud y garantizar la igualdad racial. Para restañar las heridas y evitar la hambruna se comprometió a levantar todo lo destruido.

En el llamado “verano de la libertad” (1867) el 80 por ciento de los hombres negros se empadronó para votar por primera vez. Ya empoderados, hicieron triunfar a candidatos favorables a sus intereses. En las convenciones constitucionales fueron eliminando rápidamente las leyes que los discriminaban. Lograron que se crearan sistemas escolares y escuelas normales para acabar con el analfabetismo. Durante doce años los afroamericanos progresaron como no lo habían hecho en tres siglos.

Todo cambió súbitamente cuando la Suprema Corte anuló la Ley de derechos civiles y los demócratas sureños retomaron el control del Congreso. Para quitarle la mayoría a los republicanos en las legislaturas estatales anularon la decimoquinta enmienda. El voto de los negros quedó restringido por el pago de un impuesto (“poll tax”), pruebas de que sabían leer y escribir o requisitos de residencia. Las leyes locales reestablecieron la segregación y la fuerza política de los afroamericanos se diluyó. Después de 1901, cuando hubo dos senadores y veinte congresistas, no volvió a haber un negro del sur en el Capitolio hasta 1971.

Aprobaron también la Ley Posse Comitatus, que prohíbe a las fuerzas armadas hacer labores de seguridad pública. Con eso lograron el retiro de las tropas federales, que eran las que hacían cumplir las leyes antidiscriminatorias.

Surgió un terrible revanchismo. Escuelas e iglesias integradas fueron quemadas, los negros fueron despedidos de sus empleos y orillados a vivir en las afueras de las ciudades. La segregación se reestableció y los estados competían por hacerla más severa. Inició lo que los supremacistas blancos denominaron “the white reconstruction” o “la redención”, es decir, el restablecimiento de las condiciones que hubo antes de la guerra. El esclavismo como tal no se reinstauró, pero se sustituyó por formas más sutiles de limitar la libertad y cercenar los derechos de la población negra.

Muchos huyeron hacia el norte en busca de oportunidades, pero allá tardaron muchos años en avanzar y tuvieron que competir con los migrantes europeos, mejor preparados y más aceptados. La pesadilla duró un siglo más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.