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05/06/2019

La idea de imponer tarifas a las importaciones mexicanas, para presionar a nuestro gobierno a contener el flujo de migrantes centroamericanos, no es algo que se le ocurriera recientemente a Donald Trump. Hace por lo menos tres décadas que él ha venido planteando la teoría de que Estados Unidos es un país del que han abusado sus aliados, compitiendo deslealmente con sus productos o incumpliendo sus leyes migratorias. Y desde entonces ha sugerido que para defenderse, habría que cerrar las fronteras al comercio y a la inmigración.

Son conceptos que han estado flotando en la opinión pública por años, que se popularizaron luego de la crisis financiera de 2008 y que, en mucho, explican su llegada a la Casa Blanca.

En ese sentido, es erróneo pensar que todo lo que hace es efecto (solamente) de arrebatos neuróticos o de acciones de distracción. La amenaza que ha lanzado es parte de una política perfectamente delineada, cuya legitimidad ha venido construyendo en sus mítines semanales y con sus tuits nocturnos. Una y otra vez ha señalado lo justo que es castigar a los que les arrebatan sus empleos a los americanos.

Aunque no todos en su gabinete están de acuerdo en los detalles, existe la convicción entre sus miembros de que es una estrategia adecuada para impulsar la economía y reordenar la migración. Desde luego también para ganar la elección presidencial del año próximo, en vista de la incapacidad de los demócratas para ofrecerle a los votantes algo mejor.

Esto lo percibimos con claridad cuando vemos quienes son los colaboradores cercanos del presidente.

Enfant terrible

Stephen Miller empezó su activismo conservador desde que cursaba la secundaria en Santa Mónica. Cuando entró a estudiar ciencia política en la Universidad Duke ya era una voz conocida en los programas de comentario político en la radio. Inmediatamente después de graduarse se fue al Capitolio a asesorar a congresistas conservadores poco conocidos. Con habilidad los hizo adoptar posiciones radicales que atrajeron el interés de la prensa. Eso llevo al senador Jeff Sessions a hacerlo su director de comunicación y a ponerlo al frente de la ofensiva contra los intentos demócratas de aprobar reformas migratorias.

Con sus trajes oscuros bien cortados, sus corbatas angostas y su prematura calvicie, que lo hace ver de mayor edad, Miller se volvió rápidamente una figura conocida en los programas de debate en la televisión y en las portadas de las revistas. La agresividad con la que se expresa (frecuentemente a gritos) lo hace aparecer como alguien seguro de lo que dice y de convicciones firmes, un creyente sincero (true believer).

Apenas se lo presentó su yerno Jared Kushner en 2016, Donald Trump hizo clic con Stephen. En semanas ya era el principal asesor de la campaña, haciendo mancuerna con Steve Bannon. A los 31 años, con sólo experiencia en los pasillos parlamentarios, se convirtió en asesor senior del presidente. De su pluma han salido todos los discursos importantes: el de aceptación de la nominación, el de toma de posesión, los anuales del Estado de la nación.

Más allá de la retórica, Miller ha sido uno de los artífices del giro que se dio al tema de la migración en la plataforma republicana. Luego de mantener una posición prudente desde la época de Reagan, conducente a acercar el voto de los hispanos, se fueron hasta el otro lado, con una línea dura anti-migrante de tintes racistas. Primero Ted Cruz y luego Trump, buscaron el voto de la población blanca pintando a la inmigración ilegal como una amenaza al american way of life.

En poco más de dos años Miller ha propiciado la renuncia de funcionarios que consideraba “blandos” (como la secretaria de Seguridad interior Kirstjen Nielsen) y ha coordinado la implantación de un gran número de medidas restrictivas: la prohibición de ingresar a ciudadanos de siete países de población musulmana; la reducción del número de refugiados; la suspensión de la ayuda federal a las ciudades-santuario; la eliminación de las visas por lotería; y la separación de los niños migrantes de sus padres.

Esto último llevó incluso al alejamiento de su familia, descendiente de judíos de Bielorusia que, perseguidos, encontraron asilo en la Unión Americana. Su exrabino, Neil Comess-Daniels le señaló que es una crueldad y va contra los valores y la ley judaica exhibir en los mítines a familiares de personas asesinadas por migrantes ilegales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.