Rompiendo las cadenas
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Rompiendo las cadenas

17/06/2020

La esclavitud en Estados Unidos fue una herencia de su época colonial. En ese entonces era común en Europa y en Asia. Los padres fundadores tuvieron cautivos; sin embargo, tenían claro que esa institución no era compatible con los ideales democráticos y debía erradicarse.

Pero no era fácil: a pocos les interesaba que desapareciera. La economía del Sur dependía del trabajo forzado en las plantaciones de algodón, tabaco y azúcar. En el Norte la principal industria era la textil, el primer producto de exportación era el algodón y los estibadores en los puertos rara vez eran blancos. Adicionalmente, el comercio de esclavos era una industria importante, que contaba con sus propias casas de subasta, almacenes, transportes y revistas. La demanda era alta y creciente. Era una profesión prestigiada e incluso uno de sus prósperos practicantes, Andrew Jackson, llegó a ser presidente de Estados Unidos.

En la revolución de Independencia los esclavos lucharon junto a sus amos en los dos bandos. Los que redactaron la Constitución fueron extremadamente cuidadosos para no ahondar las diferencias de criterio que había sobre ese tema.

Algunos pensaban que era “natural” que las razas inferiores se subordinaran a las superiores. Era una forma de “civilizar” a los salvajes, que ahí vivían mejor que en África. Otros alegaban que se les beneficiaba, porque aprendían a trabajar y tenían ocupación y sustento de por vida, a diferencia de los liberados en el Norte, que se sostenían mendigando y eran una carga para la sociedad. Muchos creían que era un mal necesario y que, eso sí, había que evitar vejaciones y maltratos excesivos.

Las denominaciones religiosas históricas, como los presbiterianos, estaban divididas. Sólo los metodistas y los evangélicos la combatían como pecado grave, denunciaban los abusos de los traficantes y aceptaban que tuvieran su propia liturgia, con cantos y bailes espirituales. Los católicos, migrantes irlandeses o italianos, crearon asilos y hospitales para ayudarlos. Los Cuáqueros (la Sociedad Religiosa de los Amigos) organizaron su regreso a África y hasta se creó un país para ellos (Liberia). El intento fracasó porque la mayoría ya había nacido en Estados Unidos y no les fue atractivo ir a un lugar desconocido, en el que no sería fácil progresar.

¿Cómo era?

La esclavitud era diferente en cada lugar. En ciertas regiones se les daban tierras para trabajar a cambio de la mayor parte de la cosecha. En otras se rentaban por meses o eran más bien peones o sirvientes.

Contra lo que se supone por las películas, en el Sur la mayoría de las familias no tenía esclavos. Tampoco había grandes plantaciones con cientos de trabajadores con grilletes y rara vez sus dueños eran potentados. Las mujeres eran más caras porque se les prostituía o se les consideraba pie de cría. En efecto, eran muy fecundas.

Sí eran comunes los azotes. Al terminar la jornada tenían que entregar determinadas libras de producto. Si no se alcanzaba la meta se les daban latigazos. Junto a la báscula estaba el poste de castigo. Los que tenían muchas cicatrices en la espalda eran más difíciles de vender. En donde se requería un trabajo físico muy demandante y había más intentos de rebelión los castigos eran más crueles: iban de mutilaciones y quemaduras a ahorcamiento. Por eso hubo grandes levantamientos y suicidios colectivos.

En general, se les prohibía aprender a leer y escribir, salir de las plantaciones, comerciar entre ellos, embriagarse o poseer armas de fuego.

En algunos lados les procuraban mejores condiciones de vida o les dejaba poseer corrales y huertos, para hacerlos más productivos. También hubo quien los trataba como hijos y disponía que a su muerte fueran liberados junto con toda su familia, como agradecimiento a su lealtad y años de servicio.

No todos los abolicionistas lo eran por principios morales. Algunos lo veían sólo como políticamente conveniente. No necesariamente propugnaban por la liberación inmediata. Proponían suspender la importación y comercio de esclavos, evitar la separación de las familias y que los hijos de los actuales ya nacieran libres. Casi nadie pensaba en evitar la segregación o en concederles derecho al voto.

Como sea, las banderas libertarias avanzaron gradualmente, sobre todo en el Norte. En una generación la esclavitud dejó de considerarse como parte insustituible de su cultura y se tornó intolerable. Dejó de verse como normal, indispensable o imposible de eliminar y se volvió ilegal.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.