Refugiados
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Refugiados

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Refugiados

14/11/2018

Durante décadas Estados Unidos ha sido la nación que más refugiados acoge. Porque la apertura a la migración es parte de su cultura y porque ha sido una opción de su política exterior.

En los años cincuenta y sesenta el país se sintió obligado a aceptar a miles que huían de los países que quedaron tras la Cortina de Hierro. En los setenta los que escapaban de la guerra en Vietnam, Laos y Camboya saturaron los campos de refugiados en Tailandia, Malasia e Indonesia. Se decidió llevarlos a Estados Unidos para evitar que el conflicto armado se propagara a esos lugares. Cuando la contienda terminó, frente a una economía paralizada e instituciones destruidas, no les quedó más remedio que seguir recibiendo a personas de esos territorios, a pesar de no cumplir los requisitos para ser considerados como refugiados y a pesar de que se excedía el límite (17 mil 400 al año) permitido por la ley.

Para regularizar la situación se aprobó la Ley del Refugio, que incorporó la definición de las convenciones internacionales: “persona que no puede o no quiere regresar a su país porque tiene temor fundado de ser perseguido debido a su raza, pertenencia a un grupo social, opinión política, religión u origen nacional”. Se estableció también un tope anual flexible, negociable entre el Capitolio y la Casa Blanca, y se definió el papel de las organizaciones de ayuda. Se reiteraba el supuesto de que los que buscan el refugio lo hacen desde el extranjero y no llegan al país hasta que se aprueba su petición.

Marielitos

Cuando parecía que todo estaba arreglado, apenas un mes después de publicarse la ley (abril de 1980), empezaron a arribar a las playas de Florida, en frágiles embarcaciones, miles de cubanos. El gobierno de Jimmy Carter los tuvo que tratar como refugiados. Eso llevó a que grupos de nicaragüenses, haitianos e iraníes, que ya estaban en la Unión Americana, demandaran que también se les considerara así.

Se multiplicaron las contradicciones entre lo que han querido normar los legisladores y lo que el ejecutivo se ve forzado a hacer para enfrentar crisis inminentes. Dentro del mismo gobierno hay un pleito permanente entre los departamentos de Estado, de Justicia y de Seguridad Interior. Los diplomáticos ven la entrada de refugiados como una forma de contribuir a la estabilidad en diversas regiones del mundo. Los fiscales se aplican en hacer cumplir la ley al pie de la letra, sin fijarse mucho en el drama humano. Los encargados de combatir el terrorismo sospechan de más y revisan con lupa a cada solicitante. El resultado de todo esto es que no hay una política clara en la materia y el aparato burocrático tarda meses en procesar las solicitudes.

Pero en vez de inhibirse por las dificultades, los que buscan refugio allá se multiplican. En primer lugar porque en todo el mundo hay más víctimas de desplazamiento forzado. Según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, el año pasado fueron casi veinte millones, el doble de los contados en 2012. Con el agravante que más de la mitad son menores de 18 años. En segundo lugar las leyes y políticas de Estados Unidos se han ido endureciendo progresivamente, dificultando la migración legal y haciendo más azarosa la indocumentada.

En tercer lugar e irónicamente, la política de refugio de Estados Unidos es bastante generosa. No se pide que se pague una fianza o se tenga un patrocinador y una vez que se concede ese status el Departamento de Salud proporciona servicio médico gratuito y, con la participación de agencias privadas, se les da alimentación, vivienda y ayuda para continuar sus estudios o encontrar empleo. Después de un año pueden adquirir la residencia permanente y tras otros cinco son elegibles para obtener la ciudadanía. Todo eso constituye un estímulo para que muchos que desean inmigrar intenten presentarse como perseguidos aunque no lo sean.

Trump quiere reducir drásticamente el número de refugiados y ya puso un tope de 45 mil para este año, la mitad de los de 2017. No pasan de mil los centroamericanos que podrán iniciar el trámite. En ese contexto, hay pocas esperanzas de que las caravanas que se dirigen a Estados Unidos logren algo más que crear conciencia sobre una crisis humanitaria que exige la cooperación de todos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.