Racismo persistente
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Racismo persistente

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Racismo persistente

10/06/2020

Desde el principio, Estados Unidos quiso apartarse de las profundas divisiones de raza, religión y clase que había en Europa. En la Declaración de Independencia se manifiesta que “todos los hombres son creados iguales”. Sin embargo, la esclavitud era legal en las trece colonias. Washington, Jefferson y otros padres fundadores tenían sirvientes negros.

Durante tres décadas se trabajó para que se pusiera en libertad a los esclavos y se prohibiera la importación de otros. En los estados del norte fueron desapareciendo y organizaciones caritativas pagaban para liberarlos. Sin embargo, en el sur, cuya economía dependía del rudo trabajo de cultivar arroz y tabaco, no estuvieron de acuerdo. En muchos casos, los del norte, en vez de liberar a sus esclavos, los vendieron a los del sur. En el libro Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell) se narra la vida en las plantaciones; en La cabaña del Tío Tom (Harriet Beecher Stowe) se cuenta el miedo que tenían los negros de ser enviados ahí; en El ferrocarril subterráneo (Colson Whitehead) se relata cómo escapaban por las noches a través de senderos en los bosques.

Los Confederados consideraron que la abolición era una injerencia federal inadmisible y plantearon la secesión. Eso originó la sangrienta Guerra Civil, que a la postre ganaron los Yanquis. Oficialmente se prohibió la esclavitud (decimotercera enmienda de la Constitución) y se proclamó la emancipación de quienes estaban en esa situación (cuatro millones). Algunos emigraron al norte y pudieron prosperar, pero muchos otros, analfabetos y sin dinero, se quedaron en las plantaciones, que se expandieron por la creciente demanda de azúcar y algodón.

¿Libres?

Abraham Lincoln y los siguientes presidentes republicanos intentaron reformar las instituciones del sur (la llamada “Reconstrucción”), pero poco lograron. Pronto aparecieron allá ordenamientos locales que legalizaban la segregación racial. Los “black codes” establecían con quién les era permitido cohabitar o casarse, dónde vivir, en qué trabajar, cuánto ganar y dónde debían ser enterrados. Los negros sólo tenían permiso de ir a ciertas escuelas, albercas y hospitales; no podían entrar a bancos, oficinas, teatros, cines, bares o restaurantes, ni viajar en primera clase. Sólo se les autorizaba utilizar algunos elevadores, baños o cabinas telefónicas. Hasta en los parques había letreros de “whites only”. Tampoco podían votar u ocupar puestos públicos.

Los linchamientos se multiplicaron y el Ku Klux Klan los aterrorizaba. En vez de defenderlos, la policía abusaba y los jueces, todos blancos, los declaraban culpables sin pruebas y les imponían penas larguísimas. Estas no las cumplían en cárceles, sino que eran alquilados para trabajar forzadamente en puertos, granjas y construcciones.

Surgió entonces un vigoroso movimiento por los derechos civiles, que fue creciendo a través de medios no violentos (huelgas, boicots y sit-ins). La Asociación nacional para el avance de la gente de color (NAACP) estableció capítulos en todos lados y editó sus propios periódicos, con lo que fueron influyendo en la opinión pública.

Todavía en la Segunda Guerra Mundial los afroamericanos sirvieron en batallones segregados y su contribución tardó en ser reconocida. En la película El día más largo (1962) no aparece ningún protagonista de color. En cambio, en Hombres de honor (2000) y en Escuadrón rojo (de George Lucas, 2012) se recuerda la valentía de buzos y aviadores negros.

En los cincuentas, la movilización para reivindicar los derechos civiles fue retomada por la Conferencia de pastores bautistas del sur (SCLC). El reverendo Martin Luther King, uno de sus miembros, encabezó exitosas protestas contra la separación en el transporte urbano y en las universidades. A pesar de ser golpeado y encarcelado, King nunca dudó que la igualdad se podía conseguir pacíficamente, a través de leyes, políticas públicas y sentencias judiciales. Sus logros lo convirtieron en líder de esas luchas.

En el verano de 1963 organizó la “Marcha sobre Washington”, que congregó a 250 mil personas y donde pronunció el conmovedor discurso en que repite la frase “I have a dream”, para resumir los anhelos de la comunidad negra a cien años de que se les declaró libres. El presidente John F. Kennedy lo recibió y se comprometió a hacerlos realidad. Inició la batalla legislativa para cumplirlos pero se enfrentó a un congreso refractario. Su sucesor, Lyndon Johnson, hábil operador de las dinámicas legislativas, consiguió la aprobación de las leyes de derechos civiles y políticos (1964-65). Todavía faltaba mucho.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.