Proteccionismo electoral
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Proteccionismo electoral

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Proteccionismo electoral

08/05/2019

La variación en la oferta y la demanda lleva a las empresas a aumentar o disminuir su producción. La competencia las obliga a introducir nuevas tecnologías o formas de administrar; a descontinuar o a inventar productos; a abrir, cerrar o mover plantas o sucursales. Sólo así pueden conservar o aumentar su clientela, sobrevivir y prosperar.

Esa dinámica tiene un gran impacto sobre los trabajadores. Se les contrata o despide; se les aumenta o congela el sueldo, se les reorganiza, capacita o pide mudarse a otra ciudad. Para amortiguar sus efectos se han tendido redes de protección social que incluyen seguro de desempleo, colocación temporal y asistencia para encontrar otra posición, para moverse a donde la haya, reentrenarse y adaptarse a las nuevas condiciones.

Al crear y abrir mercados, la globalización promueve la ocupación; al mismo tiempo la competencia más intensa incentiva a las compañías a elevar la productividad de los factores. Eso implica reducir el costo del trabajo, sustituyéndolo por capital (automatización) o contratando mano de obra en jurisdicciones con menores salarios o mayor cercanía a los compradores.

Cuando esto se vuelve una tendencia generalizada, los desplazados se van quedando sin opciones de corto plazo y es una catástrofe para las poblaciones en que estaban las plantas cerradas, ya que dependían de ellas como fuente de ingresos personales y fiscales. Fácilmente la situación es aprovechada por demagogos que, explotando un nacionalismo ramplón, denuncian que los extranjeros les “roban” los empleos. Y si en esos lugares son deficientes las condiciones laborales, añaden un tema de justicia para ser más convincentes. Por eso la transferencia de plazas a otras partes se vuelve tan políticamente conflictiva.

Sentimiento anti-comercio

En un reciente estudio (“Labor market shocks and the demand for trade protection: evidence from online surveys”, National Bureau of Economic Research working paper 25705, Marzo 2019), Rafael Di Tella y Dani Rodrik investigan por qué los votantes perciben un efecto relativo tan exagerado de los shocks comerciales y dan menor peso a otros factores. Tratan de comprender por qué el reclamo de proteccionismo se ha extendido tanto.

Diseñaron un experimento en el que se les hace leer a los encuestados un reactivo: una de seis versiones de una nota periodística que informa sobre la separación de un alto número de empleados en una firma. Cada una le atribuye un motivo diferente al despido: fluctuaciones en la demanda interna, cambio tecnológico, mala administración, traslado de la planta a un país desarrollado, a uno en desarrollo o a uno en desarrollo con condiciones laborales precarias). Luego se les pide que digan cuál debe ser la respuesta del gobierno, eligiendo entre: no hacer nada, otorgar transferencias económicas o gravar y limitar las importaciones. Por último, se analiza la correlación de sus respuestas con diferentes variables socioeconómicas y políticas.

Como era de esperarse son muy pocos los que suponen que el gobierno debe abstenerse pero sorprendentemente en los seis casos son mayoría los que piensan que el proteccionismo es la solución que debe aplicar.

Previsiblemente los que piensan así son los que se ubican en un menor nivel educativo. Evidentemente no tienen conciencia de las grandes distorsiones que produce esa política, al volver ineficiente la producción, ni alcanzan a ver como los perjudica, al orillarlos a comprar artículos caros y de baja calidad. Tampoco entienden que el offshoring y las importaciones dislocan menos el empleo que las variaciones cíclicas del mercado doméstico y los cambios de largo plazo en la manufactura (desindustrialización).

Lo más interesante es que ese prejuicio lo comparten los que votaron por Hillary Clinton y los que lo hicieron por Donald Trump. Eso explica que, en diferentes grados, ambos se manifestaron contra los tratados comerciales y por favorecer a los proveedores nacionales en las compras gubernamentales (“buy american”).

En ese contexto se desarrollará la campaña presidencial del año próximo y la ratificación del T-MEC. Los demócratas están muy presionados a mostrarse inconformes con lo acordado. Ante los sindicatos tienen el compromiso de sacar más de lo ya conseguido. Ante los votantes que culpan al comercio del paro tienen el desafío de mostrarse más proteccionistas que el mismo Trump. Lo cual les resultará verdaderamente difícil ya que el presidente, con su narrativa victimista y su guerra de tarifas con China y con Europa, se ha posicionado como el campeón de ese deporte.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.