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Partido Trumpublicano

21/02/2018
Actualización 20/02/2018 - 20:45

Donald Trump se autopromociona por ególatra y narcisista, pero también porque es negocio. Siempre se ha preocupado por tener bien protegidas sus marcas. Después de todo, muchos de los edificios Trump que hay en el mundo no son de su propiedad, pero sí percibe regalías por el uso de su apellido. La frase que usaba en su reality show El Aprendiz (“you’re fired!”) le ha dado también buenos dividendos.

Por eso a nadie extrañó que en enero de 2015, cuando aún no revelaba su pretensión de obtener la candidatura a la presidencia de Estados Unidos, ordenó matricular todas las variantes posibles de su nombre, para que no pudiera utilizarse, sin su autorización, en camisetas, corbatas, mascadas, anteojos, aretes, mancuernillas, llaveros, plumas y toda la parafernalia de las elecciones americanas. También registró su emblemático gorro rojo con las siglas MAGA (por “Make America Great Again”), su lema para la campaña de 2020 (“Keep America great!”) y la expresión “basket of deplorables” con la que Hillary Clinton insultó a sus seguidores. Lo interesante es que entre todas las variantes de su patronímico en las que se le concedió uso exclusivo, estuvieron: trumpmania, trump power, trumpgate, trumpocrat y trumpublicans.

Precisamente trumpublicans es como se está identificando al creciente número de políticos republicanos que consistentemente están apoyando las políticas del mandatario. Los mismos que en las primarias se apuntaron con alguno de los otros aspirantes, porque no lo consideraban un verdadero “republican”; los que lo llamaban demagogo y cuestionaban sus propuestas poco ortodoxas; los que se deslindaban de él cada vez que se revelaba algo negativo de su pasado, agraviaba a un nuevo grupo social o daba muestras de vulgaridad y misoginia. Sin importar que declararon una y otra vez “never Trump”, los congresistas del “Grand Old Party” han favorecido las iniciativas y posiciones del presidente en nueve de cada diez votaciones. Incluso lo ha hecho así John McCain, su principal crítico en el Capitolio.

DIERON EL CAMBIAZO

Desde 2009 la corriente que dominaba el partido era la del Tea Party. Inspirada en el pensamiento de Ayn Rand y Fiedrich Hayek, promovía la apertura comercial y un conservadurismo fiscal extremo, enemigo de los impuestos y escéptico sobre el papel del Estado en la economía. Demandaban el equilibrio presupuestal y la reducción de la deuda, así como la eliminación de los programas sociales. Su héroe era Paul Ryan, al que llevaron al liderazgo en la Cámara.

Esa misma fracción legislativa es la que, contra las advertencias de la Oficina Congresional de Presupuesto (CBO), le ha aprobado a Donald dos presupuestos deficitarios y una reforma fiscal que llevará la deuda al equivalente del 100% del PIB. La que no ve con malos ojos un programa de infraestructura de 1.5 trillones de dólares. La que le dio su respaldo tácito para abandonar el Acuerdo Transpacífico y renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Ese mismo grupo parlamentario ya no tacha de populistas sus propuestas. Dejó de oponerse a la ampliación del permiso por embarazo pagado. Ahora habla de fortalecer el programa Medicaid (de salud para los adultos mayores) y de expandir el subsidio federal a los hogares de bajo ingreso (earned income tax credit). Ya no sólo no le intentan retirar el subsidio alimenticio (food stamps) a 30 millones de estadounidenses, sino que, siguiendo la extraña lógica de la Casa Blanca, se los quieren otorgar en especie.

¿Cómo explicar esas actitudes? En noviembre habrá elecciones y casi todos los legisladores quieren reelegirse. Necesitan el apoyo del segmento del electorado que votó por el magnate y se ha mantenido fiel a él. No sólo para ganar las primarias, sino también las elecciones generales, dado que por la polarización política que se vive en Estados Unidos, les será muy difícil convencer a los que tradicionalmente han votado por los demócratas.

En ese contexto hay que entender el anuncio -el viernes- de la candidatura al Senado de Mitt Romney. El exgobernador de Massachusetts, y aspirante presidencial en 2008 y 2012, es un “real conservative” que ha mantenido su independencia frente al gobierno. Tratará de recuperar la línea tradicional de su partido y posicionarse para conseguir la candidatura en 2020.

Mientras tanto, Trump ya registró, con una melena amarilla sobre su cabeza, la figura del elefante que identifica a “su” partido.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.