País en ruinas
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País en ruinas

07/02/2018
Actualización 06/02/2018 - 19:48

El presidente Donald Trump es dado a exagerar y su discurso sobre el Estado de la Unión fue una muestra más de esa manía. Sin embargo, cuando calificó de “ruinosa” a la infraestructura de su país, en realidad se quedó corto.

Ya pasaron diez años de que en Minneapolis un puente se colapsó sobre el río Mississippi, debido a que los que lo reparaban (después de seis años de que se declaró “sumamente peligroso”) lo recargaron con 300 toneladas de maquinaria y materiales de construcción. Luego de eso, se revisaron todos los puentes de esa basta nación y se encontró que 60 mil estaban (y siguen estando) en “condición crítica”. El estado de las carreteras es lamentable: están salpicadas de baches y frecuentemente se producen socavones y derrumbes.

La mayoría de los accidentes ferroviarios de los últimos años se atribuyen al mal estado de las vías. La red no crece y proyectos ambiciosos, como el tren de alta velocidad en California, siguen sin materializarse. Las plataformas de los aeropuertos están saturadas; las torres de control van una generación atrás en radares y equipos de comunicación; los pasajeros sufren incomodidades y la carga retrasos. No tienen comparación con los nuevos aeropuertos de China o los Emiratos Árabes.

En Filadelfia las cañerías del centro de la ciudad datan de 1824. De los 170 mil sistemas de agua y drenaje que hay en el país, la mitad están rebasados: la calidad del agua es dudosa y las inundaciones cada vez más frecuentes. Luego de tres terribles huracanes, grandes extensiones de Louisiana, Texas y Florida siguen devastadas. En Nueva Orleans ni siquiera los diques de protección se han podido reponer. El año pasado, la presa de Oroville, en California (la mayor del mundo edificada con tierra) estuvo a punto de reventar.

Las 5 mil 800 plantas eléctricas comerciales no logran emparejarse con la creciente demanda. De las 350 mil millas de líneas de alto voltaje, una tercera parte son inconfiables, lo que ha originado grandes apagones en California y Texas. Puertos como los de Los Ángeles y Long Beach ya no pueden recibir más barcos. En otros se requiere dragado a gran escala, mejores accesos ferroviarios y grúas de mayor capacidad y velocidad. El tendido de los ductos Keystone y Dakota Access avanza con gran lentitud y las refinerías de Texas operan muy deficientemente.

El transporte urbano es una desgracia y no hay para cuando mejore. Los congestionamientos, que cuestan miles horas-hombre, volvieron tan intransitables las avenidas que las compañías de paquetería y comercio electrónico han empezado a usar drones para cumplir con su promesa de entregar el mismo día. El túnel bajo la ciudad y la bahía de Boston (“the Big dig”) tardó 25 años en completarse; la fecha para abrir la línea del metro bajo la Segunda Avenida de Nueva York se ha pospuesto infinidad de veces.

Hospitales, escuelas y oficinas públicas requieren modernizarse o sustituirse. Hasta los monumentos históricos lucen abandonados. La estatua de La Libertad en Nueva York se logró restaurar, pero el obelisco de Washington nomás no queda bien.

¿QUÉ PASÓ?

Los cuatro anteriores presidentes reconocieron el rezago pero pudieron hacer muy poco para resolverlo. El gran obstáculo ha sido el financiamiento: los Demócratas no ven otra que subir los impuestos y contratar deuda; los republicanos se oponen terminantemente a ello. Se culpa también a la sobrerregulación. Obtener todos los permisos para construir una carretera puede llevarse diez años y elevar el costo al doble. Además, la construcción de obras públicas está altamente politizada.

Trump anunció la semana pasada un plan de infraestructura que supone inversiones por 1.5 trillones de dólares. Es una combinación de fondos federales, bonos estatales y municipales, créditos accesibles y estímulos fiscales para promover Asociaciones Público-Privadas. La novedad es que existe un acuerdo bipartidista para, ahora sí, echarlo a andar.

Todo lo anterior es relevante para México. En la medida en que carreteras, vías ferroviarias, tuberías y líneas eléctricas de ese país se conecten con las nuestras, la industria será más eficiente y el comercio más competitivo. En el aeropuerto de Tijuana funciona ya un “paso Express” para captar el tráfico de pasajeros de San Diego. En la costa del Pacífico de Baja California se ha proyectado un gran puerto que alivie la saturación de los muelles americanos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.