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Muro pretexto

09/01/2019

La historia del muro en la frontera sur de Estados Unidos no empezó con Donald Trump. Desde los ochenta se empezaron a extender las alambradas que en un principio sólo existían cerca de las garitas. A lo largo de los años la exigencia de construir barreras más sólidas ha subido y bajado de acuerdo con las oleadas migratorias, y estas se han movido junto con los vaivenes de los mercados laborales de allá y de acá.

La amnistía de tres millones de ilegales que promovió Ronald Reagan en 1986 se condicionó a un “cierre total” de las zonas con mayor paso furtivo de personas, pero el Congreso no aprobó los fondos necesarios y la Patrulla Fronteriza no insistió demasiado porque creyó que con videocámaras y sensores podría evitarlo. La amnistía en lugar de acabar con el problema lo incentivó.

A mediados de los noventa, cuando la crisis económica orilló a muchos compatriotas a buscar oportunidades fuera y, sobre todo al empezar este siglo, cuando los contingentes de centroamericanos empezaron a ser mayores que los de mexicanos, la demanda de extender las cercas y hacerlas inexpugnables creció y se volvió un tema de política nacional. Con variaciones en el tiempo, la sostienen entre el 35 y el 55% de los americanos; entre 20 y 35% de los demócratas y entre 75 y 85% de los republicanos.

En 2006 el Congreso aprobó en forma clara (81% en el Senado y 67% en la Cámara de Representantes) la construcción de un cercado a todo lo largo de la frontera. Entre quienes votaron a favor estaban los senadores Barack Obama, Hillary Clinton y Chuck Schumer (el actual líder de la minoría demócrata, que ahora se opone). Sin embargo, el Legislativo sólo aprobó fondos para 700 millas, de las cuales en menos de tres años se edificaron 653 durante el gobierno de George W. Bush. Obama ya no le puso mucho interés a hacer las 47 restantes; en cambio deportó a ocho millones de personas.

De las 1933 millas de línea fronteriza faltan por vallar 1280, pero en unas mil millas las barreras naturales (montañas, ríos, barrancas y desiertos) lo hacen innecesario. A medida en que la cerca se fue extendiendo del Pacífico al Golfo de México y la frontera en California, Arizona y Nuevo México se fue cerrando, los migrantes fueron obligados a buscar otros accesos: de Tijuana a Tucson y de ahí a El Paso. Actualmente el grueso de las aprehensiones se produce en el Valle del Río Grande (en la frontera de Tamaulipas con Texas).

¿Para qué?

Aunque Trump ha afirmado repetidamente que requiere 25 mil millones de dólares para sellar la frontera con un “bonito” muro de concreto de diez metros de alto, en los dos años anteriores únicamente ha recibido financiamiento para mejorar o remplazar 75 millas y para este año pide cinco mil millones de dólares para 100 millas nuevas y 115 de sustitución. Él sabe que en esa zona los terrenos son privados y el proceso de compra o expropiación es muy lento. Además, de acuerdo con el Tratado de 1970 con México, no podrían levantarse estructuras que interrumpan el flujo del río.

Lo que pretende al mantener paralizado al gobierno (ya por tres semanas) es un triunfo simbólico, que lo muestre a él como preocupado por la seguridad de sus compatriotas y a los senadores demócratas como culpables de la crisis humanitaria. Por eso lleva a los líderes parlamentarios al cuarto de situación de la Casa Blanca y amenaza con declarar una emergencia nacional y ordenar al Cuerpo de Ingenieros del Ejército terminar la tapia.

Está consciente de que no cuenta con los votos necesarios para hacer cambios en la ley migratoria, que endurezcan los requisitos para aceptar refugiados o impidan que se rebasen los tiempos permitidos en las visas, que es lo que realmente ha agravado el asunto.

Entiende también que México no tiene por qué pagar el muro y nunca lo haría. Con sus amenazas de imponer aranceles, cortar el envío de remesas o cancelar la ayuda externa, trata de presentarse como un patriota que le planta cara a los malos vecinos, que no frenan las caravanas de centroamericanos. Todo ello dentro del guión ultra-nacionalista del America first.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.