Mexicanos trabajadores
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Mexicanos trabajadores

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Mexicanos trabajadores

10/04/2019

Los límites entre México y Estados Unidos se fijaron en 1848 con el tratado de Guadalupe Hidalgo. Poco después se modificaron con la compra de La Mesilla. Con esto, miles de mexicanos se quedaron de la noche a la mañana en otra nación, pero no les importó mucho porque la frontera permaneció abierta durante décadas. La gente iba y venía sin necesidad de pasaporte.

Los campos de legumbres, frutas y algodón de Arizona y California empezaron a atraer a campesinos mexicanos del norte, siempre aquejado por la sequía. Trabajaban por temporadas y no les interesaba llevar a sus familias, por lo mismo de tener libertad de moverse y porque sólo había trabajo unos meses al año. Algunos empezaron a ocuparse en la minería (donde competían con los chinos); unos cuantos en labores domésticas (que disputaban a los negros).

La pretensión del gobierno Porfirista de extender la red ferroviaria hasta el norte, para conectarla con la estadounidense, fue decisiva para que la migración se transformara. Reclutados en el centro del país, muchos se acostumbraron a salir de sus pueblos en busca de oportunidades. Al mismo tiempo, la expansión petrolera en Texas y Lousiana y la industrialización del Medio Oeste crearon una demanda laboral que no se podía satisfacer regionalmente.

En la Unión Americana las leyes comenzaron a acotar el ingreso y permanencia de extranjeros, pero los mexicanos quedaron exentos porque no se consideraba que, por sus diferencias culturales, quisieran asentarse allá. Así por ejemplo, se les permitía entrar sin estar alfabetizados o demostrar estabilidad económica.

Paulatinamente se cerró la entrada a los chinos y nuestros compatriotas pasaron a sustituirlos como peones en el tendido de líneas ferroviarias. Lo mismo sucedió en otros sectores, en los que su laboriosidad los volvió indispensables, al grado que los contratistas les pagaban el transporte desde sus lugares de origen.

A pesar de la reforma agraria, las perspectivas para la creciente población campesina eran limitadas. Con la expectativa de encontrar una actividad con sueldo fijo, se empezaron a convencer de que mudarse a Estados Unidos tenía sentido siempre y cuando pudieran cargar con su prole.

Primer frenón

Todo cambió en 1929, cuando la Gran Depresión produjo desempleo y los sindicatos industriales presionaron para reducir el flujo migratorio. Seguía siendo fácil cruzar la línea divisoria (la recién creada Patrulla Fronteriza estaba atareada en combatir el contrabando de alcohol), pero ya no se aventuraban a llevar a esposa e hijos.

Más adelante se empezó a exigir que los que se presentaban en las garitas llevaran un permiso consular y este se hizo más difícil de obtener, por ejemplo, para los mayores de cincuenta años. Eso dio lugar a la aparición de “coyotes”, que se ponían de acuerdo con los empleadores para llevarles el personal necesario, que por su carácter de irregular, recibía menos paga que los locales.

Poco a poco fueron surgiendo los barrios mexicanos en Los Ángeles, San Antonio, Chicago y muchas otras ciudades. Los varones fueron abriendo nuevos campos laborales en la industria y en la construcción, mientras que sus esposas se convertían en sirvientas, nanas o cocineras. Empezaron a poder enviar remesas periódicas a sus hogares y, con ello, le indicaron a hermanos y primos que también para ellos, si intentaban cruzar, era posible alcanzar el sueño americano.

Su presencia empezó a inquietar y aparecieron movimientos contra la “invasión sureña”, pero los empresarios cabildearon exitosamente para que el Congreso no la limitara.

Con la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial los campos hortícolas requirieron mano de obra más segura. Washington promovió el Programa Bracero, que atrajo a miles de agricultores de los estados del Occidente y del Bajío. El programa se enfocó al campo pero también en las ciudades abundaban las vacantes. Esto impulsó la primera gran ola de indocumentados, no obstante el peligro de morir al cruzar a nado el río Bravo (“espaldas mojadas”). Fueron diez millones los que se fueron en ese período, la mitad como ilegales.

Al estallar la guerra se estableció para los extranjeros la obligación de registrarse en las oficinas de correos. A cambio se les proporcionaba un salvoconducto (green card) que evitaba que los detuvieran. Desde entonces empezó la política restrictiva hacia los mexicanos, que lo único que quieren es trabajar y sacar adelante a sus familias.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.