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04/03/2020

Hijo único de un respetado profesor de crítica literaria en la Universidad de Notre Dame, que además fue el principal traductor y divulgador de la obra de Antonio Gramsci en Estados Unidos, es entendible que Pete Buttigieg tenga una obsesión por el lenguaje político. Desde que estudiaba en Harvard sus trabajos escolares giraban en torno a la batalla retórica entre conservadores y progresistas. Entró a la vida pública con el objetivo de reclamar a los republicanos conceptos como libertad o seguridad.

Sin embargo, en la medida en que crecía su entusiasmo por construir una carrera política, le dejo de preocupar la lucha por el sentido de las palabras y se volvió un experto en su instrumentación electoral. En sus textos, declaraciones y discursos es patente su preocupación por no desviarse de la corrección política y por un uso cuidadoso del vocabulario, de forma que le sea redituables en votos.

Indudablemente Buttigieg es un tipo talentoso, siempre el primero de la clase, con facilidad para los idiomas y la música, de mente estructurada y muy articulado. Apenas egresado de Oxford se incorporó a la consultora McKinsey, en donde reconocieron su capacidad para analizar y resolver problemas complejos.

Solo que a él le atraía más la lucha electoral. Después de participar en varias campañas demócratas, intentó ser electo tesorero de Indiana, un estado mayormente republicano. No se desanimó y dos años después (a la edad de 29) se convirtió en alcalde de South Bend, la ciudad de cien mil habitantes en la que siempre ha vivido.

Como ha sucedido en muchas otras urbes, grandes y chicas, donde los alcaldes demócratas llegan con el apoyo de la población negra, pero pronto pierden su confianza al emprender proyectos de renovación urbana, Pete acabó enfrentado con ellos.

Ciertamente la fisonomía de la ciudad mejoró. Más de mil edificios fueron demolidos o revitalizados para convertirse en condominios, sedes corporativas u hoteles. El problema fue el desplazamiento de las familias pobres, afroamericanas y latinas, hacía las afueras.

La relación con esas comunidades acabó por deteriorarse cuando destituyó a un popular jefe de policía negro y luego protegió a un oficial con una historia de conductas racistas que mató injustificadamente a un anciano de color. Presionado a disminuir las altas tasas de criminalidad, apoyó la política de encarcelación intensiva, que ha llenado los penales de jóvenes de sectores minoritarios. Con todo, logró reelegirse (con apenas ocho mil votos) gracias a la alta abstención prevaleciente en esa región. Ambición y falsedad

Teniendo en la mira el senado y luego la presidencia, desde su primer período empezó a forjarse la imagen de buena persona, un político diferente, capaz de ascender a posiciones políticas más importantes.

No dejó de mostrarse como un devoto episcopaliano, un admirador de San Agustín que continuamente injerta citas bíblicas en la conversación. Incluso para añadir a su historia de vida un antecedente militar, como lo han tenido muchos presidentes, pidió un permiso de seis meses para irse a Afganistán como oficial de inteligencia naval.

Escribió un libro autobiográfico en el que intenta presentarse como alguien altamente preparado y exitoso en todo lo que ha emprendido. Un tecnócrata con sentido común, que lo mismo puede eliminar los baches de las calles que dirigir la política exterior. Es la forma de decirle a los electores: “no se preocupen, aunque solo tengo 38 años, la mitad de los que tienen mis contrincantes, puedo manejar la Casa Blanca”.

Hace casi un año, cuando anunció su candidatura, presentó una plataforma que pretendió retomar los temas “vendedores” del moderado Joe Biden y del radical Bernie Sanders. Conforme pasaron los meses y vio la oportunidad de arrebatarle el voto centrista a Biden, se fue alejando de los temas de Sanders, a quien hace veinte años admiraba tanto que ganó un concurso con un ensayo en que se resaltaba su posición independiente.

Esos vaivenes, sus respuestas demasiado estudiadas y su arrogancia elitista le impidieron convertirse en el candidato de la clase media del Medio Oeste. Sus posiciones conservadoras lo alejaron de la comunidad LGBT, a pesar de ser el primer precandidato abiertamente homosexual. Tampoco logró convencer, con planes muy elaborados, a negros o hispanos. Y a pesar de su juventud nunca conectó con los millenials, que en vez de identificarlo como “Mayor Pete” (Alcalde Pete), por blandengue, le pusieron “Mayo(nnaise) Pete”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.