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Incompetencia

07/03/2018
Actualización 06/03/2018 - 20:07

Alentado por el abaratamiento del transporte y por sorprendentes sistemas de información y comunicación, el libre comercio ha avanzado en el mundo. Prácticamente ya no hay economías cerradas. Lo que es mejor, se ha creado un marco normativo internacional para ordenar los tratos, resguardar la propiedad intelectual, abatir los costos de transacción y solucionar las disputas. Aunque hay áreas en las que se han visto resistencias, como en agricultura y servicios, el avance es impresionante.Ha sucedido así porque los beneficios de la apertura son evidentes: incremento en el volumen de negocios; oportunidades de especialización y de economías de escala y alcance; transferencia de tecnología e innovación; ingresos superiores para la mano de obra; variedad de bienes y servicios de calidad para los consumidores. La competencia presiona a los negocios a cuidar su productividad y propicia que los recursos escasos de los países se asignen eficientemente, en línea con sus ventajas comparativas.

Debido a su enfoque exporta dor, los países emergentes de Asia han ganado participación en el mercado mundial y son los que crecen con dinamismo. En México hemos tardado demasiado en aprovechar los flujos de mercancías y capitales por nuestra lentitud para liberalizar sectores clave; flexibilizar los regímenes regulatorio, laboral y fiscal; construir infraestructura avanzada y prestar servicios públicos de buen nivel (el educativo, para empezar). Aun así, las cifras de ventas externas y de inversión extranjera directa que hemos alcanzado se han traducido en un crecimiento sostenido, si bien insuficiente.

El lado feo

En el agregado los puestos son más numerosos y se ha elevado el producto per cápita. Sin embargo hay que reconocer que agrandado el pastel, la distribución de las rebanadas no ha sido pareja. Hay grupos que están peor que antes. Es el caso de los operarios de las industrias obsoletas o aquellos cuyas habilidades se volvieron irrelevantes. Tienen severas dificultades para navegar en la nueva realidad porque carecen de las condiciones mínimas para incorporarse a otras ramas o moverse a lugares con perspectivas de progreso. Sobre todo los que están próximos a la edad de retiro, frecuentemente tienen que aceptar ocupaciones precarias, con menor compensación y estabilidad.

Las poblaciones también resultan afectadas por la desaparición de fuentes de trabajo y de recaudación fiscal, por la emigración de los jóvenes y por el aumento de las adicciones, la depresión y la delincuencia.

Desde el principio se sabía que esto podría suceder; que la globalización tiene beneficios ciertos y efectos negativos indudables; que así como se requiere equilibrio macroeconómico, se necesita sustentabilidad social. Apoyar a quienes resultaron perjudicados por el cierre de factorías o por haber sido sustituidos por robots no es algo optativo. Los gobiernos y las compañías deben prever la existencia de una red de seguridad que los ampare y ayudarlos a prepararse, a encontrar una remuneración decente y, de ser necesario, a mudarse a otra ciudad.

Lamentablemente eso no ha sido tomado con la seriedad debida. De las medidas para paliar los ajustes de personal que anunciaron los tres últimos presidentes de Estados Unidos, no completaron ni la tercera parte. Simplemente no fue su prioridad.

En cambio, lo que estamos viendo allí y en otras partes es un uso político de las comunidades deprimidas y de los obreros desplazados. Se demonizan los tratados, sin reconocer que tienen incorporados dispositivos, como las salvaguardas, para defender a los productores de un repentino incremento de las importaciones. Lo que se está enmascarando con esas acusaciones es la incapacidad de competir. Por ejemplo, las automotrices han tenido que ser rescatadas varias veces y aun así venden vehículos de peor calidad que los europeos y de mayor precio que los asiáticos.

Imponer barreras comerciales es una manera absurda de preservar empleos. Es además contraproducente porque retrasa la modernización de la planta productiva y encarece todo. Hay muchas formas de enfrentar los retos de la globalización; la peor es el proteccionismo.

Esta semana, con la bandera de salvar miles de plazas en las corporaciones acereras, Donald Trump ha iniciado una guerra de tarifas. Prefirió actuar unilateralmente a dirimir sus diferencias con otras naciones conforme a las reglas de la Organización Mundial de Comercio. En vez de incentivar la actualización tecnológica de las empresas, patrocina su ineptitud. En lugar de apoyar a los asalariados, los utiliza. ¡Cuánta incompetencia!.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.