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25/11/2020

Desde que George Gallup predijo la reelección de Roosevelt en 1936, los estadounidenses se aficionaron a las encuestas electorales. Los estudios de opinión se convirtieron en una actividad indispensable para los medios y para los partidos. La gente les empezó a dar gran credibilidad a pesar de sus fallas. Gallup mismo quedó en ridículo cuando vaticinó el triunfo de Tom Dewey sobre Harry Truman. De hecho, él y sus colegas de la época clásica (Elmo Roper, Archivald Crossley, Louis Harris y Warren Mitofski) se siguieron equivocando. El historiador W. Joseph Campbell ha analizado los fiascos de 1948, 1952, 1968, 1976, 1980, 1996, 2000, 2004, 2012, 2016 y 2020. En una de cada tres ocasiones no han atinado al triunfador y rara vez se han aproximado a los porcentajes de votación correctos.

Las encuestas son una gran herramienta de conocimiento, pero hay que tratarlas con delicadeza porque un pequeño descuido puede tener efectos mayúsculos.

La población crece, envejece y se mueve. Seleccionar al grupo de personas al que se va a entrevistar no es fácil. Las fuentes disponibles para formarlo están incompletas o desactualizadas. Por ejemplo, en Estados Unidos la lista de electores registrados sólo está desagregada por edad y sexo e incluye a quienes murieron o se mudaron a otro estado seis u ocho meses antes. Indica el partido en el que se registró el votante para tener derecho a sufragar en las primarias, pero algunos estados permiten cambiarlo el mismo día de la elección.

La mayor parte de las empresas no hacen las entrevistas cara a cara en domicilio, sino telefónicas o en línea. Las listas de suscriptores telefónicos no incluyen números privados y se depuran anualmente. Se muestrea de menos (los que no tienen un aparato o no están en el directorio) o de más (los que tienen varios números o los que no son elegibles). Los operadores telefónicos quizá están en India o en Filipinas y entienden deficientemente el inglés. Los respondientes pueden confundir la pregunta o contestar con ambigüedades o mentiras.

Las áreas geográficas (zonas metropolitanas, ciudades, condados, distritos electorales) están sobrepuestas. El contorno de los distritos está definido al capricho del partido con mayoría en la legislatura, tomando pedazos de áreas urbanas y rurales con poblaciones no homogéneas.

El tamaño de las muestras se ha ido reduciendo, sacrificando precisión, la mayoría de las encuestas nacionales entrevistan de 600 a 1,300 personas. Eso implica que hay que calibrar con más de diez variables la muestra para que incluya representantes de los principales segmentos demográficos. Esto se complica mucho porque la bajísima tasa de respuesta (9% en promedio) se traduce en demasiados adultos mayores, casados y asiáticos y muy pocos jóvenes, solteros e hispanos.

FÁCIL EQUIVOCARSE

El margen de error que se señala es el mínimo esperado y no incluye factores adicionales al tamaño de la muestra. En una competencia cerrada, un margen del 3% puede significar un empate o un triunfador diferente al consignado. Por ejemplo, si el candidato A parece tener una preferencia del 51% y el B de 49% (diferencia de 2), en realidad A podría tener entre 48 y 54% y B entre 46 y 52%, lo que significa que puede ganar A con el 54% y una diferencia de 8 con respecto al otro, o bien, ganar B con el 52%, con una diferencia de cuatro respecto a su contrincante.

La dificultad mayor es que los votantes reales son una población que se forma hasta el día de los comicios. Antes, lo que hay son votantes probables, que pueden cambiar de opinión. Si la muestra es del 75% de los que afirman estar registrados y dispuestos a votar y la tasa histórica de participación apenas llega al 50%, las cifras serán, a lo más, aproximadas.

Así como a algunos ciudadanos les da pena decir que no van a votar o revelar por quién lo harán, otros carecen de herramientas cognitivas para explicar su decisión, se guían por sentimientos cambiantes (lo que les late en ese momento). Aun los que razonan, lo hacen con fluidez, reformulando su decisión de voto.

No es que las encuestas no sirvan, pero es pretencioso pensar que pueden medir toda la compleja subjetividad de la participación política. Su utilidad mayor no es señalar ganadores, sino proporcionar indicios sobre los motivos de los electores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.