Fuera de lugar
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Fuera de lugar

22/01/2020

Thomas Steyer y sus hermanos crecieron en una familia acomodada con sensibilidad social. Su padre abandonó sus estudios universitarios para alistarse en las fuerzas armadas luego del ataque a Pearl Harbor. Finalizada la guerra y ya graduado como abogado, auxilio a los fiscales en el Juicio de Nuremberg. Su mamá fue durante años alfabetizadora en un centro de detención juvenil en Harlem. Su hermano Jim es un activista en pro de mejores contenidos de televisión para niños.

Provenir de ese hogar quizá explica porque, luego de graduarse con honores en Stanford, destacar en firmas como Goldman Sachs o Morgan Stanley y volverse un magnate de los fondos de inversión, un día decidió reorientar su carrera hacía la banca social, que brinda comisiones reducidas y crédito accesible a personas con baja calificación crediticia. Además, junto con su esposa, Kate Taylor, legó un centro de investigación sobre energía sustentable a su alma mater (el TomCat Center), estableció un rancho que produce orgánicamente y organizó un movimiento juvenil (NextGen America) para crear conciencia sobre el cambio climático.

Habiendo conocido desde dentro al sector financiero, se convirtió en un crítico feroz del capitalismo desenfrenado, que maximiza las ganancias de los accionistas sin importar las consecuencias sociales; que recompensa con bonificaciones exageradas a los ejecutivos; que produce niveles históricos de desigualdad.

Al culpar de ello a los gobiernos republicanos, “entregados a los intereses corporativos”, se convirtió en uno de los principales donantes al Partido Demócrata. Lo han recompensado permitiéndole ser delegado y orador en las convenciones y considerándolo, sin mucho entusiasmo, entre los prospectos para secretario del Tesoro o de Energía.

Candidato simbólico

Sin ninguna experiencia electoral o de gobierno, fue sorpresivo que decidiera incorporarse a la actual carrera presidencial. Alega que lo hace porque personajes que ha apoyado, como Bill Clinton o Barack Obama, no han cumplido lo prometido en campaña.

Sus propuestas no son diferentes a las de los otros contrincantes y han despertado poco interés. Al igual que ellos plantea acciones que dependen de contar con un Congreso favorable. Por ejemplo, legalización total de los migrantes indocumentados o declarar una emergencia climática.

En lo que único que se ha distinguido es en un peculiar uso de la semiótica. Siempre porta una corbata de tartán escoces con los colores del clan de William Wallace, quien en el siglo XIII lideró a sus compatriotas en la primera guerra de independencia contra el rey Eduardo I de Inglaterra (épica que inspiró la película “Corazón Valiente”, protagonizada por Mel Gibson). Según Tom significa que está “vestido para luchar”.

También usa permanentemente un cinturón de cuentas de colores, típico de la étnia Maasai de Kenia. Dice que simboliza que “el mundo es un mejor lugar cuando educamos a los niños”. Lo más extraño es que cada mañana se pinta en el dorso de la mano izquierda una cruz de Jerusalén. Asegura que lo hace para recordar que “siempre hay que decir la verdad, aunque te sacrifiquen por ello”.

Tan fuera de lugar como eso, resulta su pretensión de querer comprar la presidencia. Ya ha apoquinado 124 millones de dólares en anuncios en televisión, cable y medios digitales y está dispuesto a “invertir” más. Se ha metido en un duelo de chequeras con Michael Bloomberg. Entre los dos billonarios suman el 78 por ciento del gasto total de los precandidatos que sobreviven. En comparación, los punteros han desembolsado poco: Biden, 10 millones; Sanders, 21; Warren, 14. Esta disparidad tan tremenda fue resaltada por Cory Boocker, que por falta de fondos no pudo participar en el último debate y abandonó la justa.

Lo peor es que a Tom no le sirvió de nada ser admitido al debate en Des Moines. Cuestionado sobre su experiencia, argumentó que podría desempeñarse bien en política exterior “porque ha viajado mucho”. Al final, al despedirse de los otros participantes quedó en medio (fuera de lugar) de una agria discusión entre Elizabeth Warren y Bernie Sanders.

Aunque él asegura que poner tanto dinero en la elección es prueba de su buena fe, la relación que ha tenido con las grandes petroleras, tabacaleras y farmacéuticas despierta muchas dudas. A estas alturas solo el dos por ciento de los votantes demócratas lo quieren de candidato. El resto piensa que está fuera de lugar y que mejor respalde económicamente a otros aspirantes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.