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12/02/2020

Estamos acostumbrados a clasificar a los políticos dentro de un continuo izquierda-centro-derecha, pero nadie tiene realmente claro lo que significa ese parámetro. Lo vemos nítidamente en el caso de las elecciones estadounidenses. Los candidatos descalifican a sus rivales al llamarlos “liberal” o “conservador”, pero su oferta política está muy lejos de ser homogénea y lo ordinario es que incluya temas de uno u otro lado del espectro. Por ejemplo, Donald Trump, a diferencia de la mayoría de los republicanos, defiende muchos programas sociales, lo que lo ubicaría como “progresista”.

Los que buscan el voto son pragmáticos y suelen modificar sus posturas siguiendo las variaciones de la opinión pública. El mejor ejemplo de ello es la actual competencia por obtener la nominación presidencial del partido Demócrata. Todos los participantes han cambiado sus prioridades a lo largo de su vida pública, e incluso en los meses que han transcurrido desde que anunciaron su candidatura.

Es cierto que Bernie Sanders y Elizabeth Warren sostienen una plataforma más a la izquierda que Joe Biden, Pete Buttigieg y Amy Klobuchar, pero en cuestiones muy acotadas y que difícilmente pudieran catalogarse de “radicales”.

La verdad es que los cinco (y los demás) coinciden en casi todo. Son mínimas sus discrepancias en los asuntos de moral social (permitir el aborto tardío, legalizar la marihuana, extender el matrimonio homosexual y aceptar el ingreso de personas transgénero a las fuerzas armadas) o de política migratoria (no al muro fronterizo, a la separación de niños migrantes de sus familiares o a la prohibición de conceder visa a viajeros de naciones musulmanas; sí a otorgar la ciudadanía a los “dreamers” y a los indocumentados ya establecidos).

Están completamente de acuerdo en prohibir la venta de rifles de asalto y en la verificación obligatoria de antecedentes de los compradores de armas, así como en el aumento del salario mínimo y en el empleo garantizado.

Solo en la idea de crear grandes programas ambientales y de salud (“Green new deal”) tienen pequeñas divergencias, relativas a la forma de financiarlos y a los plazos de ejecución.

Los únicos temas en que marcan una clara diferencia los que transitan por el carril izquierdo (Sanders y Warren) son el incremento impositivo a los hogares con mayores ingresos y la cancelación de las deudas de colegiaturas en las escuelas vocacionales estatales. No son planteamientos “atrevidos”. La mayoría de sus partidarios tampoco los consideran de gran importancia

¿Al socialismo?

De hecho, los votantes no creen que esos aspirantes sean “socialistas” y, en todo caso, 42 por ciento de ellos tienen una visión positiva del socialismo. (“American trends panel”, Pew Research Center, 2019). Lo ven como un sistema más justo, que promueve la igualdad. Ponen como ejemplo a Dinamarca y Finlandia. El 33 por ciento juzga que el capitalismo propicia una mala distribución de la riqueza, favorece a unos cuantos y destruye al medio ambiente.

Por el otro lado, 65 por ciento valora que el capitalismo es mejor porque respeta la libertad, promueve las oportunidades y es el origen de la prosperidad de su país. El 55 por ciento estima que el socialismo crea dependencia gubernamental, anula la ética laboral y los incentivos a la innovación; es incompatible con la democracia, como lo muestra lo sucedido en Rusia, Cuba y Venezuela.

Los más informados piensan que en la Unión Americana hay en realidad un sistema mixto desde hace mucho tiempo y que, si bien el capitalismo es superior, resulta necesario que haya regulación económica para evitar los abusos y una política social amplia para atemperar la pobreza.

En conclusión, ni los aspirantes demócratas corren tan a la izquierda como parece, ni los electores favorecen un giro en ese sentido. Por eso, Sanders, Warren, Biden, Buttigieg y Blouchar no se preocupan demasiado por precisar sus propuestas, que en todo caso son contingentes a la suficiencia presupuestal y al consenso bipartidista, casi imposible en la actual polarización legislativa. Más bien buscan presentarse como “el único que le puede ganar a Trump” y tratan de sumar simpatía en las diferentes tendencias de la base demócrata, desde los muchachos más contestatarios hasta los veteranos de guerra, tratando de compatibilizar las demandas particulares de los grupos identitarios. El que consiga la nominación seguramente modulará sus posiciones para acercarse a otros segmentos sociales.

Caracterizar a los contrincantes como “peligrosos comunistas” o “capitalistas desalmados” es un recurso meramente propagandístico.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.